
Tamara Cervantes
El cempasúchil empieza a anunciar octubre y noviembre con el olor, al acomodar un ramo, el aroma queda en las manos; después ocupa la mesa donde se prepara la ofrenda. Sus cabezuelas amarillas y anaranjadas, de bordes revueltos, parecen despeinadas. Esa apariencia familiar conduce a una pregunta que también pertenece al campo: ¿de qué semilla viene la flor que llevamos a casa?
México es centro de origen y domesticación de Tagetes erecta, una de las especies asociadas con el nombre cempasúchil. Durante generaciones, los agricultores han seleccionado sus semillas para favorecer características como el color y el olor. La flor que reconocemos en las ofrendas también es resultado de decisiones agrícolas transmitidas entre generaciones.

Su nombre procede del náhuatl: cempoalli, veinte, y xóchitl, flor. La expresión suele traducirse como «veinte flores». Botánicamente, lo que tomamos por una sola flor es una cabezuela que reúne numerosas flores pequeñas.

Una flor despeinada, un aroma reconocible
Muchas variedades tradicionales de corte presentan tallos largos y cabezuelas de contorno menos uniforme, con una apariencia suelta o despeinada y un olor pronunciado. Algunas variedades comerciales de porte bajo, frecuentes en maceta, muestran flores más compactas y regulares, y un aroma menos intenso. Son rasgos orientativos: el tamaño, la forma y el perfume varían entre cultivares y no certifican, por sí solos, la procedencia de una planta.
Conviene distinguir tres aspectos: el origen mexicano de la especie, la procedencia de la semilla y el lugar de cultivo. Una variedad desarrollada en el extranjero puede sembrarse, cuidarse y venderse por productores mexicanos. La denominación popular «cempasúchil chino» reúne materiales comerciales diversos; investigadores del Instituto de Ecología han documentado también semillas adquiridas mediante compañías neerlandesas y desde Estados Unidos. Una maceta compacta puede contener meses de trabajo realizado en Xochimilco.

Conservar lo que vuelve cada noviembre
El valor de las variedades tradicionales reside también en la diversidad que mantienen. Sus semillas reúnen una larga historia de selección, cultivo e intercambio. Cuando el mercado privilegia unas cuantas apariencias, conservar otras formas, colores y aromas se vuelve una tarea cultural y agrícola.
Al comprar, preguntar dónde se cultivó la planta y si procede de una semilla criolla o comercial ofrece información más útil que juzgarla únicamente por su aspecto. Buscar variedades tradicionales y comprar directamente a sus productores puede ayudar a sostener su cultivo. Esa elección vincula la ofrenda con las condiciones que permiten prepararla cada año: tierra disponible, agua, semillas y una remuneración para quienes trabajan el campo.
La literatura también ha reconocido esa presencia. En «Florido laude», Salvador Novo escribe:
te miro, Cempasúchil,
flor de los muertos y de los pobres,
enriquecer y resucitar a mi raza.
—Salvador Novo, «Florido laude», fragmento; recogido en Poesía, 1915–1955.
Los versos sitúan a la flor junto a quienes la usan para honrar a sus muertos. Hoy, esa cercanía invita a mirar también a quienes la siembran. Antes de extender los pétalos sobre el suelo, alguien eligió una semilla y cuidó su crecimiento. Preservar el cempasúchil empieza en ese gesto.