Foto: Secretaría de Turismo.

Para comenzar un deshilado es necesario retirar una parte de la tela. Hilo por hilo, la superficie pierde su estructura original y abre pequeños claros que después serán unidos, anudados y transformados en figuras. El gesto contiene una de las paradojas esenciales de esta tradición: crear a partir de lo que se quita.

Aunque sus antecedentes remiten a técnicas europeas de encaje, el deshilado comenzó a arraigarse en Aguascalientes durante el siglo XIX. Con el tiempo, las artesanas de la región lo hicieron propio y desarrollaron un lenguaje reconocible en manteles, servilletas, blusas, vestidos, pañuelos y ajuares. La llegada del ferrocarril amplió su circulación: muchas mujeres vendían sus piezas cerca de las vías, entre viajeros que llevaron consigo la delicadeza de aquel trabajo. El Museo Regional de Historia de Aguascalientes conserva textiles deshilados de los siglos XIX y XX, testimonio de su presencia en la vida cotidiana y ceremonial del estado.

Foto: NW Noticias

Calvillo se convirtió en uno de sus territorios fundamentales. Allí, la técnica ha pasado de madres a hijas mediante la observación, la repetición y una enseñanza que rara vez necesitó manuales. Cada pieza exige contar los hilos, mantener la tensión y conocer la resistencia de la tela; también requiere una paciencia capaz de medir el tiempo en puntadas. Un trabajo complejo puede prolongarse durante semanas o meses.

Foto: Met Museum

Su historia también pertenece al trabajo femenino y a las economías familiares. Durante décadas, estas piezas dieron sustento a numerosos hogares, aunque la destreza de sus creadoras quedó con frecuencia oculta detrás de la categoría genérica de “artesanía”. Mirar el deshilado con atención implica reconocer autoría, conocimiento técnico y valor artístico; comprender que la delicadeza de una pieza descansa sobre años de aprendizaje y sobre un esfuerzo que alcanza la vista, la espalda y las manos.

Nina Miano

Hoy, su permanencia depende de la transmisión entre generaciones, de una remuneración justa y de su capacidad para dialogar con el diseño contemporáneo sin perder la identidad de quienes lo sostienen. El deshilado continúa vivo porque todavía existen manos dispuestas a abrir cuidadosamente la tela y volver a reunir sus hilos.


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