Foto por Flor Garduño

Carolina Chávez

Desde hace más de cuatro décadas, Flor Garduño ha desarrollado un universo fotográfico que ocupa un lugar singular dentro del arte mexicano. Formada en la Antigua Academia de San Carlos y, posteriormente, asistente de cuarto oscuro del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, Garduño encontró muy pronto una voz propia, alejada del registro documental y orientada hacia una fotografía donde lo cotidiano adquiere una dimensión simbólica.

Su obra transita con naturalidad entre el retrato, el desnudo, la naturaleza muerta y el paisaje. Mujeres, animales, árboles, flores, piedras y frutos aparecen como protagonistas de escenas cuidadosamente compuestas, donde cada elemento parece responder a un orden ancestral. El blanco y negro elimina cualquier referencia temporal inmediata y concentra la atención en las formas, las texturas y la relación silenciosa entre los cuerpos y su entorno.

Foto por Flor Garduño
Foto por Flor Garduño

La naturaleza ocupa un lugar central en su imaginario. Lejos de utilizarla como escenario, Garduño la convierte en un personaje con el que los seres humanos establecen una relación de igualdad. Caballos, aves, serpientes, toros, cabras o árboles aparecen integrados a las figuras humanas como si compartieran un mismo origen. En muchas de sus fotografías resulta difícil distinguir dónde termina el retrato y dónde comienza el mito.

Esa capacidad para construir imágenes cargadas de simbolismo tiene parte de su origen en los años que recorrió comunidades rurales e indígenas de México bajo la dirección de la fotógrafa Mariana Yampolsky. Aquella experiencia fortaleció una mirada profundamente respetuosa hacia las culturas originarias, alejándose del exotismo para explorar sus rituales, su vínculo con el territorio y la permanencia de sus formas de vida.

Foto por Flor Garduño

Aunque suele relacionarse con la tradición de la fotografía mexicana inaugurada por Manuel Álvarez Bravo y continuada por Graciela Iturbide, Flor Garduño desarrolló un lenguaje propio. Sus imágenes proponen una experiencia visual donde el tiempo parece suspendido y donde la realidad se transforma en una escena abierta a múltiples interpretaciones.

Foto por Flor Garduño

Libros como Magia del juego eterno, Bestiarium, Testigos del tiempo y Mesteños consolidaron una obra que ha circulado ampliamente en América, Europa y Asia, convirtiéndose en una referencia indispensable de la fotografía contemporánea. Sin recurrir al artificio digital, Garduño ha construido un lenguaje visual que continúa dialogando con la tradición, la espiritualidad y la imaginación.


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