
Samantha Villanueva
En las composiciones de Pedro Friedeberg, la perspectiva puede conducir a un lugar imposible. Las líneas prometen orden; la acumulación de formas vuelve incierto el recorrido. Entre arquitecturas imaginarias, simetrías y referencias culturales, la mirada encuentra una estructura precisa que, al mismo tiempo, parece conspirar contra cualquier explicación definitiva.


Ese universo se despliega en la retrospectiva que reúne más de 500 piezas del artista en San Miguel de Allende. Abierta desde el 10 de octubre de 2026 y hasta el 28 de febrero de 2027, la exposición ocupa el Centro Cultural Ignacio Ramírez “El Nigromante”, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura; la Casa del Mayorazgo de la Canal, de Fomento Cultural Banamex, y Galería Casa Diana. Bajo la curaduría de Michel Blancsubé, los tres espacios proponen aproximaciones particulares a una producción que vinculó arte, arquitectura y diseño.
La revisión pone especial atención en la pintura y la gráfica, acompañadas por objetos y mobiliario. Esta distribución ofrece una oportunidad para observar cómo sus ideas atraviesan superficies, escalas y usos: el punto de fuga organiza una imagen; la ornamentación altera la percepción de un volumen; un objeto cotidiano adquiere una presencia desconcertante. En ese tránsito, la función también se vuelve materia de juego.
Aunque el recorrido abarca siete décadas, la mayor parte de las piezas pertenece al siglo XXI, con énfasis en sus últimos años de trabajo. Esa concentración permite examinar la persistencia y las variaciones de su lenguaje. El texto, la geometría y la perspectiva articulan composiciones atravesadas por la literatura, la música y una erudición que encuentra en el humor una forma de irreverencia. Cada detalle exige tiempo: mirar implica acercarse, perder el hilo y comenzar otra vez.
Tras el fallecimiento de Friedeberg en marzo de 2026, la muestra adquiere también el carácter de una revisión de su legado. CAM Galería participa con obras de su acervo y préstamos de coleccionistas que se presentan en El Nigromante. Ante la amplitud del conjunto, surge una pregunta fértil: ¿qué ocurre cuando una obra tan reconocible recupera su capacidad de extrañarnos? Sus imágenes ofrecen una respuesta abierta. Cuanto más rigurosa parece su construcción, más espacio dejan para la incertidumbre.