
Redacción T Magazine México
La obra de Oscar Murillo ha estado siempre atravesada por una pregunta insistente sobre el cuerpo y su relación con el mundo. En El pozo de agua, su exposición más reciente en kurimanzutto, esa pregunta adopta la forma de un reservorio profundo, una cavidad simbólica donde se acumulan tierra, pigmento, gestos y tiempo.
El título no opera como metáfora decorativa. El pozo aparece como estructura material y conceptual, un espacio donde confluyen recursos, experiencias y saberes que circulan entre lo íntimo y lo colectivo, lo local y lo global, lo tangible y lo invisible, como apunta Magalí Arriola en el texto curatorial.


Murillo trabaja desde esa profundidad, entendida como acumulación y fricción, donde la pintura deja de ser superficie para convertirse en campo habitado.
Las obras reunidas en la muestra provienen de distintos momentos de los últimos quince años. Fragmentos de lienzo que han permanecido largo tiempo en su estudio, materiales del archivo Frequencies, capas de pigmento, palabras impresas y huellas físicas se superponen hasta conformar terrenos densos, cargados de historia. La pintura aquí no se presenta como resultado final, sino como proceso continuo, una negociación constante con la materia y con quienes la activan.

Ese énfasis en la colectividad atraviesa toda la práctica de Murillo. Sus proyectos han convocado a miles de participantes, han involucrado caminatas, performances, celebraciones y acciones comunitarias en museos y espacios públicos. En El pozo de agua, esa dimensión social se condensa en la superficie pictórica. Cada marca remite a una presencia, cada mancha conserva la memoria de un gesto compartido.
Hay en estas obras una relación directa con la tierra, con el maíz, con los cuerpos atravesados por sistemas económicos y culturales que dejan marcas. El paisaje aparece herido, pero activo. La pintura sostiene esa tensión sin dramatizarla, desde una materialidad que insiste, que se acumula y permanece.

El pozo de agua confirma a Murillo como uno de los artistas más lúcidos al pensar la pintura desde el presente. Su trabajo no busca respuestas cerradas. Abre cavidades, permite que el tiempo se deposite y deja que la experiencia colectiva encuentre forma en la materia. En ese fondo oscuro y fértil, la obra respira.