Foto: Wikimedia.

Carolina Chávez

En octubre de 1927, Mercedes Gleitze entró en las aguas del canal de la Mancha con un Rolex Oyster suspendido del cuello. Después de más de diez horas de inmersión, el reloj seguía funcionando. Aquella escena reunió dos fuerzas que definirían la identidad de la casa: la resistencia de un mecanismo y el poder de una historia para volverlo deseable.

La anécdota merece contarse con precisión. El 7 de octubre, Gleitze se había convertido en la primera mujer británica en cruzar el canal a nado. Las dudas que circularon después, alimentadas por la falsa declaración de otra nadadora, la llevaron a intentar una segunda travesía. Fue durante ese nuevo desafío, el 21 de octubre, cuando llevó el Oyster. El frío la obligó a abandonar; el reloj conservó su funcionamiento. La hazaña deportiva y la demostración técnica pertenecen, por tanto, a dos jornadas distintas.

Foto: Wikimedia.

Hans Wilsdorf comprendió el alcance de aquella prueba. El fundador de Rolex convirtió el episodio en un anuncio de página completa en la portada del Daily Mail. La hermeticidad adquiría así una imagen memorable: una mujer enfrentándose al mar con un pequeño mecanismo que resistía junto a ella… La escena anticipa una fórmula central de la comunicación del lujo: asociar un objeto con las capacidades excepcionales de quien lo utiliza.

Foto: The history press.

Una historia que comenzó en Londres

Aunque su identidad está estrechamente vinculada con Suiza, los orígenes empresariales de Rolex se encuentran en Londres. Allí, Wilsdorf fundó en 1905 una compañía dedicada a distribuir relojes. Su apuesta consistía en desarrollar la confianza en el reloj de pulsera, cuya precisión todavía despertaba reservas. En 1910, un Rolex obtuvo el certificado suizo de precisión cronométrica del centro oficial de evaluación de Bienne; en 1914 llegó una certificación de clase A del Observatorio de Kew. La empresa se trasladó a Ginebra en 1919.

El Oyster, presentado en 1926 y centenario en 2026, respondió a otro problema cotidiano: proteger el movimiento del agua y el polvo mediante una caja hermética. Cinco años después, Rolex patentó su mecanismo de cuerda automática con rotor Perpetual. Las dos palabras que aparecen en tantas de sus carátulas, Oyster Perpetual, condensan esa historia: protección y autonomía.

Foto: Oyster Perpetual.

La función se vuelve estilo

En 1945 apareció el Datejust, que reunió hermeticidad, cuerda automática y certificación cronométrica con una fecha visible en una ventana a las tres. Su brazalete Jubilee fue creado para acompañarlo. La lupa Cyclops, hoy uno de los detalles más reconocibles de la casa, se incorporó en 1953: una solución de lectura que acabaría convertida en firma visual.

Foto: Datejust. Rolex.

Ese mismo año llegó el Submariner, con hermeticidad hasta 100 metros de profundidad. Su origen como instrumento de buceo permite entender una parte de su atractivo: la apariencia comunica una capacidad concreta. Incluso lejos del agua, el reloj conserva las señales de aquello para lo que fue concebido.

Foto: Submariner, Rolex.

En esa transformación de la utilidad en lenguaje puede leerse el prestigio de Rolex. La técnica aporta argumentos; el diseño permite reconocerlos; la publicidad los instala en la memoria. Volver a Mercedes Gleitze devuelve una dimensión humana a esa construcción: detrás de uno de los grandes relatos de la relojería permanece una deportista que entró al mar para defender su propio nombre, qué gusto que hoy la sigamos nombrando. 


TE RECOMENDAMOS