
Laura García del Río
Para grabar un collar de cuarzo ahumado que pareciese tatuado directamente sobre la piel fue necesario inventar más de 200 herramientas: no bastaba con grabar las piedras; la luz tenía que atravesarlas y revelar el dibujo desde su interior. La técnica, llamada glíptica, es un arte ancestral que consiste en incidir profundamente la piedra para crear un bajorrelieve. Pero en su versión tradicional no admite color, lo que llevó a los artesanos a construir los detalles de amapolas, rosas, carboneros, cigarras, serpientes y mariposas de estilo victoriano por el reverso de las gemas mediante variaciones casi imperceptibles de profundidad, relieve y textura, de forma que cada línea atrapase la luz de una forma distinta. Más de 1,000 horas de trabajo. La pieza, de nombre Tattoo, pertenece a la última entrega de alta joyería de Boucheron: un despliegue de cinco sets que se inscribe en la serie Carte Blanche, una de las dos que la casa presenta cada año. Primero, Histoire de Style, donde revisita su legado y sus archivos.
Luego, Carte Blanche, que concede a Claire Choisne, directora creativa de la maison desde 2011, libertad para experimentar y, de paso, cuestionar qué puede considerarse precioso. En 2018, subvirtió la idea de belleza efímera montando pétalos de flores reales perfectamente preservados en estructuras de titanio. En 2020, reflexionó sobre la libertad y lo inasible, encapsulando en el interior de un collar de cristal de roca un trozo de cielo en forma de aerogel, un material compuesto en un 99,8 por ciento por aire y sílice.

En 2022 dinamitó las fronteras de un taller más bien inmovilista conjugando materiales aparentemente incompatibles como oro y ratán, diamantes y guijarros, meteorito y madera quemada. Y en este 2026 plantea que lo verdaderamente valioso es lo humano. Bajo el nombre de Human Being, la colección es la materialización de un saber hacer que solo las manos pueden trazar, de un tipo de creatividad que ninguna tecnología puede reemplazar.
Que llevara 14,000 horas de trabajo manual apuntala esa premisa. Todas las piezas reproducen la misma silueta arquetípica, pero usando materiales y técnicas diferentes. En Rain, encapsularon a mano 4,800 diamantes en gotas huecas de cristal de roca para emular la lluvia suspendida. Para Flower, una pintora de miniaturas dedicó una media de 10 horas a decorar cada cuarzo rosa con motivos florales. Y mientras Light reúne 1,547 quilates de morganitas, Checkers traslada la pata de gallo al ónix mediante un láser de femtosegundos —una tecnología tomada de la relojería— en un guiño a la alta costura.

La de Boucheron, de hecho, no es la única colección que esta temporada ha hilvanado con la moda. En manos de Bulgari, el diamante se convierte en encaje. La extensión de Eclettica, presentada durante la alta costura parisina, reúne 26 piezas construidas como tejidos de luz: mallas abiertas, articulaciones diminutas y estructuras que se drapean sobre el busto antes de pasar al taller, igual que un vestido. El collar Gabarit en Ajour consta de 185 módulos; Mélange Précieux, de 200 módulos de platino casi tan finos como una oblea alrededor de un diamante de 6.20 quilates; Serpenti de Tulle cuenta con 350 elementos articulados. Pero el récord lo ostenta el choker Dentelle Lumineuse: 475 piezas para conseguir que el diamante abrace el cuello como una blonda.
La joyería mira a la costura con una intención que va más allá de la metáfora. En Hidden Garden, Tiffany & Co. trenza platino y oro amarillo hasta hacerlos pasar por rafia. Louis Vuitton dispone miles de diamantes en una malla que recuerda a su flor Monogram y Chopard recupera un reloj de 1984 y esconde una caja de oro y diamantes de 24 milímetros entre los pliegues de una mariposa de tafetán de seda. Sin embargo, mientras los lazos creativos con la costura se estrechan, el vínculo con su calendario se disipa. Hasta hace poco la semana de la alta moda parisina era el eje sobre el que giraban las presentaciones de alta joyería. Pero, en otro guiño a la industria del vestir y sus desfiles, las casas joyeras han decidido expandir su radio de acción temporal y geográfico.

Bulgari abrió la veda a finales de marzo, cuando reunió en Milán a un selecto elenco de clientes, celebridades y periodistas para mostrar Eclettica en Villa Arconati; en mayo, Cartier presentó Le Chœur des Pierres en el Château Saint-Maur, cerca de Saint-Tropez; Louis Vuitton llevó Mythica a la Kasbah D’If, a las afueras de Marrakech; Chanel abrió La Pausa, la villa que Coco mandó construir en Roquebrune-Cap-Martin, para desvelar Signes & Symboles; y Damiani hizo lo propio en la Villa Pliniana, en el lago de Como.
En Messika, el viaje sigue otras coordenadas para transformarse es el origen de las gemas el que marcan el rumbo creativo de la colección. En 2025, Terres d’Instinct convirtió Namibia en el punto de partida del 20° aniversario de la casa. Este año Terres de Contrastes continúa el viaje en Botsuana; de la inspiración que sale de los canales del delta del Oka- vango, el Kalahari y las salinas de Makgadikgadi, al diamante azul en torno al que se construyó la pieza central de la colección. Bautizado Le Okavango Blue, es el diamante Fancy Deep Blue más grande encontrado en Botsuana y el octavo mayor descubierto en el mundo. Su propietaria, la empresa estatal Okavango Diamond Company, confió a Messika el diseño de su primera montura. “Diamantes azules como este representan en torno al 0,01 por ciento de la producción mundial. Ser la primera joyera en recibir la responsabilidad de dar voz a un tesoro tan antiguo, de transformar 1,000 millones de años de historia en una creación que pueda llevarse sobre la piel, no es simplemente un trabajo”, asegura Valérie Messika. En un sector obligado a demostrar no solo el valor, sino también la legitimidad de sus materiales, la trazabilidad ha dejado de ser un sello para incorporarse al discurso creativo.

La joyera ensayó 30 versiones antes de encontrar una montura que acompañase la gema sin imponerse sobre ella: una rivière flexible de más de 500 diamantes unidos mediante articulaciones ocultas cuyo dibujo reproduce los cauces sinuosos del delta del Okavango. “Mi visión fue siempre la misma: orientar el diseño únicamente hacia la exaltación del azul”, continúa Messika. Si para la Bauhaus la forma seguía a la función, en la alta joyería el diseño suele seguir a las piedras. Encontrarlas es solo el principio y son las gemas las que deciden qué sucede después. Así sucede con la colección Le Chœur des Pierres de Cartier, una colección de más de 125 piezas creadas en el curso de 85,000 horas de trabajo y con los 30 diamantes de los que partió el collar Tellura, cada uno con una forma particular: ante lo imposible de tratarlos como una serie, esa disparidad de cortes se convirtió en el quid, creando un juego de ramilletes del que cuelga cada piedra. Y también con la imponente esmeralda de Zambia del collar Tutti Kanya que, con sus 30,33 quilates y grabada con motivos vegetales, es el eje de una composición de corolas, hojas y bayas esculpidas en rubíes, zafiros y esmeraldas que revisita el colorista estilo Tutti Frutti.
El despliegue llega en un momento peculiar. Mientras la ropa, los bolsos y los zapatos atraviesan un reajuste, la joyería fue la categoría que lideró el crecimiento del lujo en 2025. Según Bain & Company, sus ventas aumentaron ese año entre un 4 y un 6 por ciento, hasta alcanzar los 32,000 millones de euros, aunque el tirón convive con la escalada del precio de los metales preciosos y la volatilidad del diamante. La exclusividad siempre ha sido la base del sector, y hoy la singularidad puntúa doble. Por eso la creatividad ha empezado a aparecer en lugares menos obvios y en piedras como la morganita, la sugilita, el circón, el lapislázuli, la turquesa, la piedra de luna, el jade y el cristal de roca, materiales que hace unas temporadas habrían desempeñado un papel secundario.

Ese giro hacia el maximalismo formal y cromático, explicaba a T México Vincent Grégoire, analista de la consultora parisina NellyRodi, responde a “un deseo por algo inesperado” espoleado por la perfección manufacturada de las gemas sintéticas, el algoritmo y la inteligencia artificial (IA). “Con la IA estandarizando tantas cosas, la creatividad radical se vuelve aún más urgente y necesaria. Porque el lujo, y la joyería en particular, es, ante todo, una cuestión de emoción”, defiende Grégoire. Piaget hace de esa expansión cromática el asunto de Colours of Extraleganza, el cierre de una trilogía inspirada en la efervescencia creativa de los años sesenta y setenta.
El collar Blue Illusions necesitó cerca de 900 horas para reunir el azul de un zafiro de Madagascar, el verde laguna de una turmalina Paraíba y los reflejos de un ópalo negro de 13.98 quilates. El juego con la pantonera se declina en el jardín de Tiffany & Co., donde, guiadas por el imaginario de Jean Schlumberger, las aves de Paradise Bird se posan sobre ópalos australianos, crisoprasa o calcedonia púrpura. “Esta colección celebra la riqueza de las piedras de color”, apuntala Nathalie Verdeille, vicepresidenta sénior y directora artística de joyería y alta joyería de la casa. “Es un tríptico tropical donde formas, tex- turas y tonalidades destacan por su exuberancia”, añade. También ocurre en el recorrido sinestésico de A Journey Through Nature, de Chaumet, que convierte el té en esmeraldas de verde intenso y el frescor de la menta en aguamarinas y perlas de azul glaciar, y en el homenaje que Damiani rinde a ocho obras maestras: de los 731 zafiros y 63 turmalinas Paraíba que colorean el degradado de La gran ola de Kanagawa en la gargantilla Impetuosa, a la estructura de oro rosa, alejandritas y diamantes negros y marrones que dibuja las serpientes de la Medusa de Caravaggio.

Cuando no recurre a la historia del arte, la alta joyería excava en la suya propia. Van Cleef & Arpels llevaba prácticamente un siglo reuniendo los materiales necesarios para Fascinating Egypt. El descubrimiento de la tumba de Tutankamón inspiró ya en 1923 y 1924 brazaletes, broches y collares de estética egipcia y poco después llegaron los encargos de la familia real: para la boda de la princesa Fawzia, en 1939, la casa creó un juego de diadema, collar y pendientes, y a su madre, la reina Nazli, le hizo un im- ponente collar de platino y diamantes. Las cerca de 180 piezas de la nueva entrega recuperan aquel vínculo sin entregarse a la reconstrucción arqueológica ni a la autorreferencia constante. Están el collar Princesse du Nil y el Déesse ailée Mystérieuse, donde el Engaste Misterioso patentado en 1933 vuelve a hacer acto de presencia. Pero también el trío de pulseras de Paysage y el collar Ornement de Saphir, cuyos motivos redondeados y sus asociaciones de lapislázuli, rubíes y diamantes apuntan explícitamente a la estética Memphis.
Abrir el archivo no es un ejercicio de mera recreación y nadie lo hace mejor que Chanel. Signes & Symboles es una forma de arqueología personal donde la camelia, la estrella, el sol y el león —sus flores, su signo zodiacal y buena parte de sus supersticiones— reaparecen en 85 piezas concebidas como talismanes. “Una colección que une pasado y presente, legado y creación”, se lee en las notas de prensa de la marca. Es una premisa recurrente en un métier concebido con una dimensión de eternidad, basado en técnicas centenarias pero hecho para trascender el paso del tiempo. Lo apuntala Dolce & Gabbana con La Divina Devozione Siciliana, una colección que habla de herencia, raíz y transmisión, y no en balde pre- sentó en San Domenico, el antiguo convento dominico de Taormina, en Sicilia.

Mellerio lleva esa pulsión genealógica hasta el Renacimiento, periodo en el que hunde sus raíces. Con Fiorenza recupera su gusto por la ornamentación profusa en un jardín de cuarzos, topacios, amatistas, morganitas, turmalinas, perlas y esmalte que evoca manuscritos iluminados, tejidos bordados y joyas cortesanas sin su solemnidad histórica. Y en Hermès el diálogo entre legado e innovación se hace a lomos de su tradición ecuestre. ,“En la alta joyería, también trabajamos para revelar la belleza de lo que a primera vista puede parecer sencillo”, explica Pierre Hardy, director creativo de joyería de la maison.