Foto: cortesía de la artista

Anna Sánchez

A primera vista, resulta difícil confiar en lo que estamos mirando. Las flores de Jennifer Latour parecen pertenecer a una botánica desconocida, pétalos que conviven con formas que jamás encontraríamos juntas en un jardín, tallos convertidos en pequeños organismos fantásticos, especies reconocibles que de pronto parecen haber seguido una línea evolutiva distinta. Son imágenes suficientemente extrañas para hacernos sospechar de ellas.

La sospecha pertenece también a nuestro tiempo. Hemos aprendido con extraordinaria rapidez a mirar una fotografía y preguntarnos si aquello que aparece frente a nosotros realmente existió. La inteligencia artificial generativa ha alterado nuestra relación con la imagen hasta introducir una nueva pregunta en el acto cotidiano de observar: ¿esto ocurrió? En el trabajo de Latour, la respuesta es particularmente interesante porque sí ocurrió, aunque haya sido apenas durante un momento.

Foto: cortesía de la artista
Foto: cortesía de la artista

La artista canadiense, establecida en Vancouver y formada de manera autodidacta, trabaja desde 2003 en maquillaje de efectos especiales para cine y televisión y comenzó su práctica fotográfica en 2006. Esa convivencia entre fotografía, cine, diseño, escultura y construcción de personajes atraviesa series como Bound Species, Shapeshifter y WildFlower, donde la naturaleza aparece menos como un paisaje que como una materia susceptible de imaginar otros cuerpos.

Las criaturas que vemos en sus fotografías son construidas físicamente. Latour crea esculturas orgánicas temporales y después las fotografía en estudio o en espacios abiertos; algunas de esas composiciones híbridas incluso regresan posteriormente al entorno natural. El procedimiento importa porque devuelve materialidad a una época fascinada por la posibilidad de producir imágenes sin necesidad de construir aquello que muestran.

Ese gesto modifica nuestra lectura de la obra. Saber que esas flores estuvieron allí, que alguien tuvo que tocarlas, cortarlas, ensamblarlas y colocarlas frente a una cámara, introduce el tiempo dentro de la fotografía. Antes de convertirse en imagen fueron objetos vivos y perecederos. Su existencia estaba condenada desde el comienzo a ser breve.

Foto: cortesía de la artista

Quizá ahí reside una de las tensiones más sugerentes del trabajo de Latour. La fotografía nació también de nuestro deseo de conservar aquello que inevitablemente desaparece; sus flores llevan esa condición al extremo. La escultura se marchita, mientras la imagen permanece.

Pero sería limitado leer estas piezas únicamente como una defensa nostálgica de lo artesanal frente a lo digital. Su interés está precisamente en otra parte: en preguntarnos qué sucede cuando la imaginación interviene sobre aquello que consideramos natural.

Porque la naturaleza nunca ha sido estática. Muta, mezcla, adapta, selecciona, descarta. Las formas de vida que conocemos son consecuencia de millones de años de transformaciones y accidentes. Las criaturas de Latour exageran esa capacidad hasta construir pequeñas ficciones evolutivas: flores que parecen preguntarnos qué otras formas habría podido adoptar la vida.

En Bound Species, esa imaginación adquiere además una dimensión relacional. Las piezas exploran la renovación, la transformación y los vínculos que atraviesan el mundo natural. Cada organismo conserva una identidad particular, pero pertenece simultáneamente a una red donde las diferencias y semejanzas entre especies determinan las posibilidades de evolución y supervivencia.

La idea resulta especialmente pertinente en una época marcada por la crisis ecológica. Durante siglos hemos organizado nuestra comprensión del mundo separando categorías: humano y naturaleza, animal y vegetal, organismo y paisaje. Buena parte del pensamiento ambiental contemporáneo ha comenzado precisamente a desmontar esas fronteras para recordarnos algo elemental: ninguna especie existe de manera completamente autónoma.

Foto: cortesía de la artista

Las flores imposibles de Jennifer Latour contienen esa intuición sin necesidad de convertirla en consigna. Frente a ellas, reconocer una especie resulta insuficiente; hay que aceptar la mezcla, la anomalía, la posibilidad de que una forma pueda contener rastros de otra.

Y entonces aparece una paradoja hermosa. En el momento histórico en que una máquina puede inventar en segundos miles de flores inexistentes, una artista dedica tiempo a construir una sola con sus propias manos.

Tal vez por eso sus fotografías resultan tan extrañas y, al mismo tiempo, tan profundamente físicas. Sabemos que esas criaturas ya desaparecieron. Sabemos también que alguna vez estuvieron frente a una cámara.

Entre ambas certezas queda la imagen: el registro de una forma de vida que nunca existió y que, durante unos minutos, fue completamente real.


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