
Carolina Chávez
En 1902, cuando el cine todavía era una anomalía técnica y una atracción de feria, Georges Méliès decidió mirar hacia el cielo. El resultado fue Le Voyage dans la Lune, una obra de apenas catorce minutos que modificó radicalmente la imaginación visual del siglo XX.

La película, inspirada parcialmente en las novelas de Jules Verne y H. G. Wells, narra la expedición de un grupo de astrónomos que viaja a la luna dentro de una cápsula disparada desde un gigantesco cañón. Hoy la premisa parece familiar, incluso ingenua. En su momento representó una ruptura absoluta. Méliès comprendió que el cine podía deformar el tiempo, fabricar ilusiones y construir universos enteros sin necesidad de obedecer la lógica de la realidad; esa visión en realidad aún sostiene los proyectos visionarios, arriesgados y con el carácter suficiente para marcar antecedentes en el cine y en las artes en general.

La imagen de la luna con el proyectil incrustado en el ojo continúa siendo una de las escenas más reconocibles de la historia del cine. Existe algo profundamente moderno en esa herida. La luna deja de ser símbolo romántico, obviamente en términos clásicos, y adquiere una dimensión industrial, teatral y humana; una superficie donde la fantasía tecnológica empieza a proyectar sus obsesiones.
Méliès provenía del ilusionismo y del teatro. Esa formación resulta visible en cada encuadre pintado a mano, en los decorados artificiales y en la coreografía exagerada de los cuerpos. Antes de que Hollywood perfeccionara los efectos especiales digitales, Le Voyage dans la Lune ya entendía que el artificio también puede producir asombro.
La película aparece además en un momento atravesado por la expansión científica, las ferias universales y el entusiasmo mecánico de la Belle Époque. Europa imaginaba el futuro como una promesa brillante, impulsada por locomotoras, telescopios y máquinas. Méliès absorbió esa energía colectiva y la transformó en espectáculo cinematográfico.


Más de un siglo después, la película conserva una cualidad extraña. Sus imágenes siguen pareciendo sueños coloreados manualmente, fragmentos de un futuro antiguo que todavía respira dentro de la cultura contemporánea. Directores como Martin Scorsese, Tim Burton o Michel Gondry han reconocido la influencia de Georges Méliès en su manera de entender la fantasía, el artificio y la construcción visual.