
Carolina Chávez
Hay trayectorias creativas que no nacen de una ambición ruidosa, en vez de eso, llegan de un giro. En el caso de Sveva Doodles, ese giro tuvo forma de pausa forzada. Una etapa de salud, en 2023, la obligó a desacelerar y a observar su vida desde otro ritmo. Fue ahí cuando el dibujo dejó de ser un gesto ocasional y se convirtió en un refugio diario, casi ritual.
Nacida en Milán y criada desde los dos años en una zona remota de Suiza, entre montañas y naturaleza, Sveva creció en una relación íntima con el silencio, la repetición y los ciclos. Invierno de esquí, verano de caminatas largas, una infancia atravesada por la contemplación. Esa educación sensorial aparece hoy, sin estridencias, en cada una de sus ilustraciones. Hay algo respirado, en la manera en que observa el mundo.



A los dieciocho años se mudó a España para estudiar Comunicación y branding. En ese momento, el dibujo no era todavía un eje central, pero sí lo era la narración. Escribir, hornear, fotografiar, contar historias desde distintos lenguajes. Esa formación amplia explica en parte por qué sus ilustraciones funcionan como pequeñas escenas narrativas, fragmentos de una vida reconocible, nunca idealizada, siempre cercana.
Durante ese periodo de pausa, dibujar se volvió una forma de habitar mundos íntimos. Personajes que sostienen miradas, mujeres que descansan en su propio cuerpo, gestos mínimos que condensan emoción. Sveva habla de los glimmers, esos destellos cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos. Su trabajo insiste ahí. En lo que ocurre entre dos personas en la calle, en una pareja anciana que se toma de la mano, en la decisión consciente de quedarse con una emoción en lugar de huir de ella.
El crecimiento fue orgánico. Hoy, su comunidad digital ronda los 200 mil seguidores y su práctica se ha expandido hacia colaboraciones con marcas como la de la doctora Barbara Sturm, Boots Pharmacy en Inglaterra, proyectos con diseñadores de interiores y clientes privados. Le interesa la variedad, el cruce de disciplinas, la posibilidad de que sus personajes entren en espacios distintos sin perder intimidad.


Lo que permanece, incluso en el trabajo comercial, es una ética clara. Dibujar no como ornamento, sino como lenguaje. No como consumo rápido, sino como invitación a mirar con más atención. En un ecosistema saturado de imágenes, el universo de Sveva Doodles propone otra cosa. Una forma de romanticismo discreto, sin artificio, donde lo ordinario recupera su peso emocional.
Para cerrar ese universo íntimo hay una historia que lo sostiene desde la memoria: Mimi, su gata negra. La rescataron siendo apenas una cachorra de tres meses, en un campo perdido entre montañas, y desde entonces se volvió parte orgánica de la vida familiar. Mimi no conocía el miedo. Caminaba junto a la familia y los perros, entraba y salía de la casa a su antojo, se dejaba cargar como un bebé, viajar en carriola, habitar el mundo con una confianza absoluta. Llegó cuando Sveva era una niña y murió hace seis o siete, pero su presencia sigue activa, no como nostalgia sino como forma de estar. Esa libertad, esa dulzura sin resistencia, ese ir con el flujo, se filtran en la sensibilidad de su obra. Mimi no es solo un recuerdo, es una pedagogía afectiva que atraviesa los dibujos y los llena de una calma rara, de una ternura que acompaña, como la cotidianidad de millones de mujeres en el mundo.
