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Carolina Chávez Rodríguez

Hay flores que se adoptan por decreto y flores que se eligen por historia. La dalia pertenece a lo segundo. Su presencia recorre códices, relatos orales, petroglifos y la arquitectura novohispana, y sigue apareciendo hoy como si nunca hubiera tenido otro origen que el suelo volcánico del altiplano. Atlcocotlixochitl, “flor de los tallos de agua” en náhuatl, fue durante siglos parte de la vida cotidiana mucho antes de convertirse en símbolo nacional en 1963.

La botánica moderna la sitúa como un género endémico, con más de 35 especies silvestres documentadas en México. Su extraordinaria diversidad —miles de variedades creadas a partir de híbridos— no ha borrado su raíz ancestral. Cavanilles, el botánico que la describió por primera vez, la llevó a Europa, donde la fiebre ornamental estalló. En Londres y París se pagaron fortunas por conseguir un ejemplar perfecto. A nadie le sorprendió después que surgieran asociaciones dedicadas exclusivamente a estudiarla, cultivarla y coleccionarla.

En tiempos prehispánicos, la dalia se utilizaba para cocinar, como medicina y como forraje. Sus tubérculos, ricos en inulina, ya se consideraban nutritivos; hoy se estudian por su efecto en la digestión y su potencial para regular glucosa y lípidos. No es casual que comunidades rurales comiencen a producir té a partir del camote de dalia para personas con diabetes. Mientras tanto, sus pétalos reaparecen en recetarios contemporáneos, en quesadillas, postres y ensaladas, sin pretensión de exotismo, solo de continuidad.

El simbolismo es más complejo. Alvarado Tezozómoc escribió que en Aztlán, Huitzilopochtli sostenía una “flor blanca de suave olor”, y muchos la han identificado con la dalia. El gesto atraviesa lecturas religiosas, políticas y poéticas. La flor se multiplica en fachadas de iglesias de Xochimilco y en casas antiguas del país, quizá porque representa algo difícil de precisar sin trivializarlo: resistencia, abundancia, renacimiento.

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Aunque México la declaró Flor Nacional y celebra su día cada 4 de agosto, su lugar más fuerte sigue siendo el campo. Morelos, Puebla, Ciudad de México, Estado de México y Michoacán concentran su producción, aunque crece con facilidad en patios, chinampas y jardines domésticos. Las raíces gruesas se abren paso incluso en suelos desgastados, recordando que la dalia no sobrevive por capricho ornamental, sino por una genética hecha para persistir.

En un mundo saturado de símbolos vaciados, la dalia conserva el suyo intacto. No exige interpretación, solo atención. Y como ocurre con la mayoría de las flores que parecen simples, su historia termina siendo la más profunda.

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