
Redacción T Magazine México
Cuando Brett William Schultz llegó a la Ciudad de México en 2007, el término “epicentro artístico global” aún no formaba parte del vocabulario local. “Fue una mezcla de suerte y oportunidad”, dice hoy. “Llegué con la posibilidad de colaborar con una amiga y con mi entonces pareja para empezar a hacer exposiciones en una casa medio abandonada en la Condesa. Algo que hoy sería casi imposible de imaginar”.

En ese momento, la escena era pequeña y fragmentada. “Había muy poco sucediendo en términos de arte contemporáneo”, recuerda. Kurimanzutto apenas consolidaba su espacio permanente, Labor y Gaga comenzaban a surgir, y la idea de una ciudad atravesada por múltiples ferias, inauguraciones y circuitos todavía parecía lejana. “La escena era muy chica”, resume. “Pero justo por eso había una sensación de posibilidad enorme”.


Esa casa en la calle de Yautepec se convirtió rápidamente en un punto de encuentro. Las inauguraciones eran tan intensas como improvisadas. “Las fiestas eran gigantes”, dice entre risas. “Y limpiar la casa al día siguiente siempre era un terror”. Más allá de la anécdota, ese periodo definió una ética de trabajo basada en la cercanía, la colaboración y el riesgo. De ahí surgiría Yautepec, galería que Schultz codirigió entre 2008 y 2017, y que marcaría a toda una generación de artistas y agentes culturales.
Con el paso de los años y después de participar en distintas ferias internacionales, apareció una pregunta inevitable. “Sentíamos que lo que necesitaba la Ciudad de México era otra feria para nuestra generación”, explica. Zona Maco ya había logrado algo fundamental: colocar a México en el calendario internacional. “Pero en ese entonces no era la Semana del Arte como la entendemos hoy”.

La inquietud no era competir, sino ofrecer otra lógica. “Queríamos una feria con más coherencia con los artistas y las galerías con las que trabajábamos nosotros y nuestros colegas, tanto locales como internacionales”. Esa necesidad cristalizó primero en Materia Prima, un proyecto colaborativo entre cinco galerías jóvenes de distintas ciudades. “Fue un experimento que nos emocionó muchísimo”, recuerda. “Y funcionó”.
De ahí a fundar Feria Material hubo solo un paso —aunque uno mucho más complejo de lo previsto. “Fue muchísimo más difícil de lo que imaginamos”, admite. “Pero cada año, casi por milagro, lo logramos”. Doce ediciones después, Material se ha convertido en una de las plataformas más influyentes del ecosistema artístico latinoamericano.

Sin embargo, Schultz insiste en que la feria nunca se pensó como un fin en sí mismo. “Desde el inicio entendimos que nuestro trabajo aquí iba a ser distinto al de una feria en París o Basilea”, dice. “En México no existía una infraestructura sólida que apoyara de manera constante a artistas jóvenes o a espacios independientes. Entonces había que hacer más”.
De esa lectura crítica nacieron proyectos paralelos que hoy definen a Material como un ecosistema: Proyectos, un programa de mentoría de dos años para espacios independientes; Estación Material en Guadalajara; e iniciativas más recientes como Itinerary, que propone viajes curatoriales para coleccionistas fuera de los circuitos tradicionales. “Cada uno responde a observaciones muy concretas sobre lo que hace falta”, explica. “Si quieres que el sistema crezca, tienes que crear herramientas”.

El programa Proyectos ocupa un lugar central en esa visión. “Son estos espacios gestionados por artistas los que dan las primeras oportunidades”, dice Schultz. “Ahí es donde los artistas jóvenes aprenden a exponer, a dialogar, a construir comunidad”. Para él, apoyar estas iniciativas no es un gesto romántico, sino estructural: “Sin eso, no hay un ecosistema sano”.
La edición 2026 marca un nuevo capítulo con la llegada de Material a Maravilla Studios, en la colonia Atlampa. El cambio de sede responde a una reflexión profunda sobre escala, experiencia y ciudad. “Nos permite repensar la feria por completo”, explica. “El recorrido, los encuentros, la posibilidad de tener vida propia dentro del espacio”.

En un contexto global saturado de ferias, Schultz es claro sobre lo que hoy vuelve relevante a una plataforma cultural. “Una feria tiene que tener sentido de lugar”, afirma. “No puede sentirse igual que cualquier otra feria del mundo”. Para Material, eso implica una identidad marcadamente latinoamericana —más de la mitad de los expositores provienen de la región— y una conexión activa con la ciudad: performances en Casa del Lago, circuitos como Material Monday, programas públicos y propuestas para infancias.
“Si no se siente que esta feria solo podría suceder aquí, entonces algo falla”, dice. “La Ciudad de México tiene una energía, una complejidad y una escena que no se pueden replicar”.

Más allá de los números o la visibilidad internacional, Schultz entiende Material como un espacio de encuentro. “Arte, gastronomía, música, comunidad: todo está conectado”, señala. En Maravilla Studios, esa visión se materializa en patios abiertos, zonas de convivencia y una feria que invita no solo a mirar, sino a habitar.
A doce años de distancia, Brett William Schultz no habla de consolidación, sino de proceso. “Nunca hubo una fórmula”, dice. “Solo la intuición de que, si queríamos que esto existiera, teníamos que construirlo nosotros mismos”. Y en ese gesto —persistente, colectivo, profundamente situado— se juega buena parte de la transformación cultural que hoy define a la Semana del Arte en México.