Acrobates (1952).

Abraham de Amézaga

“Un cuadro debe ser como un buen sillón en el que descansar”, afirmaba Henri Matisse (1869-1954), protagonista de la modernidad cultural francesa a quien el surrealista Louis Aragon admiró hasta el punto de definirlo como un símbolo de esperanza en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque, lejos de detenerse, durante aquellos años su obra continuó creciendo pese a la dureza de la guerra y su posguerra. Matisse, quien durante la contienda se encontraba en Niza, zona liberada, nunca contempló la posibilidad del exilio, una forma de resistencia que el Estado francés le acabaría reconociendo tras los acuerdos de paz y que el Grand Palais de París homenajeará hasta el 26 de julio con la exposición Matisse 1941-1954. “La exposición aborda los últimos años de su creación, su obra tardía. Nunca hubo una exposición de esta amplitud dedicada a ese periodo, y en ella hemos querido dejar en evidencia las diferentes facetas del trabajo de Matisse”, explica Claudine Grammont, comisaria de una exposición que reúne más de 300 obras procedente de un amplio conjunto de colecciones públicas y privadas de todo el mundo, como el Hammer Museum de Los Ángeles, el MoMA de Nueva York, la National Gallery of Art de Washington D. C., la Fundación Barnes de Filadelfia y la Fondation Beyeler de Basilea, entre otras instituciones internacionales. “Partimos de las del Centre Pompidou. En el recorrido hay 53 obras que se presentan, que se unen a los 62 prestadores de obras del artista”, señala Grammont.

Intérieur rouge, nature morte sur table bleue, (1947).

En Matisse 1941-1954, centrada en una época del pintor caracterizada por la síntesis, la radicalidad, un lenguaje propio y potente y la invención formal, destacan obras como el álbum Jazz y su maqueta; las series Thèmes et Variations; los dibujos a pincel y tinta vinculados al programa iconográfico de la capilla del Rosario de Vence; o los grandes paneles monumentales —La Gerbe (1953), Acanthes (1953), L’Escargot (1953), Mémoire d’Océanie (1953)—, junto a un conjunto de obras inéditas. Asimismo, se propone una inmersión en el último taller del pintor, un espacio habitado por pinturas, dibujos, libros ilustrados, textiles y gouaches, y por la presencia, ya icónica, de sus desnudos azules. “El azul es el espacio, el agua y el aire, como también es de ese color el manto de la virgen”, recuerda Grammont sobre uno de los elementos más reconocibles en la obra de un pintor que la comisaria define como “muy femenina”. “Se habla mucho de mujeres artistas. Él fue un artista muy femenino en su lenguaje, en campos como las artes aplicadas y el textil, por ejemplo. En la época, ese carácter decorativo sería considerado algo peyorativo”, añade Grammont.

Visage (1952).

Fiel a sus convicciones, Matisse siempre permaneció en Francia a pesar de la opresión nazi —su hija Marguerite fue torturada por la Gestapo y deportada a Alemania antes de ser liberada en 1944—. En Niza, donde tuvo su atelier durante siete años, encontró la luminosidad, además de sus queridas gamas de azules, que le atrapaban desde el cielo y el mar. “Cuando comprendí que cada mañana vería esta luz otra vez, no podía creer mi felicidad”, dijo en alguna ocasión, asociando esa claridad física con una experiencia casi espiritual, similar a la que Friedrich Nietzsche encontró en la misma ciudad, donde pasó varios inviernos. En 1943 se trasladó a Vence, también en la Costa Azul, donde fue vecino de Marc Chagall. Allí alquiló una casa de nombre revelador, Le Rêve (el sueño) y concibió una de sus creaciones fundamentales: la capilla del Rosario, considerada una obra total por la integración perfecta de arquitectura, pintura y luz en una única experiencia. El 3 de noviembre de 1954, solo dos días después de terminar la maqueta de una vidriera de colores para Nelson A. Rockefeller, Matisse falleció a causa de un fallo cardíaco en el Hotel Regina de Niza. “Solo hay dos pintores en el mundo: Matisse y yo”, dijo de él Pablo Picasso, entonces habitante de la vecina localidad de Vallauris.

Zulma, (1950).

Revolucionario en el uso del color, Matisse marcó de manera decisiva el rumbo del arte moderno posterior. No deja de ser significativo que alguien nacido en Le Cateau-Cambrésis, en el frío y nuboso norte francés, desarrollara una sensibilidad tan intensa hacia la luz, quizá como respuesta a esa carencia inicial. Desde sus primeras obras hasta los recortes de Jazz, asistimos a la evolución de un artista que transformó la pintura moderna y dejó una huella profunda en el arte de los siglos XX y XXI. “Los artistas de hoy se fijan mucho en su obra, porque su lenguaje es universal, impactante y simple al mismo tiempo”, apunta Grammont. “Es uno de los pintores más audaces de nuestro tiempo”, dijo el poeta y dramaturgo Guillaume Apollinaire, miembro de una generación posterior.

Nu bleu IV, (1952).

La muestra del Grand Palais se une a otras dispersas por el mundo como Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, que podrá verse en Barcelona hasta el 16 de agosto; o Matisse’s Jazz: Rhythms in Color, una exposición que reúne por primera vez en muchos años el conjunto completo de su célebre libro Jazz y que estará abierta al público en el Art Institute of Chicago hasta el próximo 1 de junio. Un tributo a un artista que desde Francia llegó a convertirse en uno de los más creativos del siglo XX, que exploró nuevos soportes más allá de la pintura y que regaló al mundo un arte de lo más variado y vitamínico.


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