
Por: Kurt Soller
Fotografía por Rafael Gamo
El arquitecto mexicano Fernando Romero siempre quiso construir aeropuertos. Diseñó uno en La Unión, El Salvador, cuyas obras están a punto de terminar, siete años después de que otro, que codiseñó junto con el arquitecto británico Norman Foster en la Ciudad de México, su ciudad natal, fuera cancelado a mitad de la obra tras un referéndum público sobre su presupuesto (casi 190,000 millones de pesos). También ha concebido museos, como el imponente Museo Soumaya (2011), en la capital mexicana, con su característica forma de yunque, creado para albergar la colección de arte del multimillonario Carlos Slim, quien fue suegro de Romero; y salas de conciertos, en particular la asimétrica Casa da Música (2005), en Oporto, Portugal, en colaboración con Rem Koolhaas. Romero, de 54 años, trabajó con el arquitecto neerlandés durante los primeros cuatro años de su carrera y después regresó a México para fundar su propio despacho.

OBRA EN LA PARED, DERECHA: GABRIEL OROZCO, BLACKBOARD DRAWING (#2), 1998. CORTESÍA DEL ARTISTA Y DE MARIAN GOODMAN GALLERY
Lo que aún no ha hecho es construir una gran residencia privada desde cero. “Los mejores arquitectos logran obras maestras en las casas”, dice una soleada tarde de octubre en la Ciudad de México. “Cuando haces un aeropuerto u otro proyecto público, interviene mucha más gente. Pero cuando haces una casa, tienes libertad”. Desde hace 15 años, Romero vivía en una villa modernista en forma de L, terminada en 1955 por el arquitecto mexicano Francisco Artigas. Escondida tras un muro en una elegante zona residen-cial junto al Bosque de Chapultepec, la casa había sido el hogar que compartió con su exesposa, Soumaya Slim, y sus cinco hijos. Sin embargo, a principios de esta década encontró otra vivienda de mediados del siglo XX en la misma calle. Aunque era más rectilínea, menos singular, y había sido diseñada por un arquitecto desconocido, creyó que la casa podía convertirse en el lienzo perfecto para poner a prueba sus ideas coloridas y futuristas. Cuando el precio de la propiedad, de casi 1,300 metros cuadrados, bajó durante la pandemia, hizo una oferta, pasó seis años reinventándola y finalmente se mudó el pasado enero. “Era una casa moderna que no tenía ningún valor porque era genérica”, dice. “Lo único que hice fue reorganizar la relación entre el interior y el exterior”.

Para lograrlo, Romero sustituyó la pared de vidrio que antes formaba el largo borde posterior de la estructura rectangular por una superficie de cristal de calidad museística, muy transparente y sin el tono verdoso característico del vidrio que suele usarse en las casas. Sus pronunciadas curvas crean perspectivas conforme se recorre la casa, desde la sala y la biblioteca, que dan a la entrada y funcionan como espacios para recibir visitas, hasta las áreas privadas (la cocina y tres dormitorios) situadas al fondo. Romero dice que la casa tiene una “distribución líquida”, con paredes curvas y largas cortinas que suavizan el efecto del cristal y de los nuevos pisos de resina brillante. Se oye a los visitantes antes de verlos, incluso desde el recibidor y, cuando llegan sus amigos a cenar, primero se reúnen para tomar un coctel en una sala con muebles bajos de color gris antes de pasar por un jardín interior, parecido a un terrario, hasta que finalmente llegan al comedor magenta. Muy cerca hay un clóset revestido de alfombra morada y concreto texturizado, concebido exclusivamente para jugar al ajedrez, al que se accede por una puerta secreta.

Aunque la casa originalmente estaba distribuida en dos plantas, Romero trasladó el área habitable al antiguo nivel superior, al que ahora se accede por una rampa suavemente inclinada. (Lo que antes albergaba los dormitorios y las habitaciones del personal en la planta baja, hoy funciona como área de almacenamiento). Al tener una distribución más compacta, esperaba que la gente pasara más tiempo al aire libre, en los jardines, poblados de helechos, cactus, suculentas y viejos árboles frutales, de los que suele agarrar una mandarina para atraer la buena suerte y traerla en el bolsillo todo el día. “México tiene el mejor clima del mundo”, dice. “En un año, ese jardín se habrá tragado la casa”.

Tanto en el interior como en el exterior recurrió a colores intensos porque creía que podían darle energía tanto a él como a su despacho. El revestimiento metálico de la fachada es de un naranja brillante porque, según explica, “ese es el color de los templos japoneses, y tu casa es un espacio sagrado”. El comedor, pintado y amueblado en rosa, evoca la obra de Luis Barragán: en 2017, Romero adquirió la Cuadra San Cristóbal, el célebre complejo que el legendario arquitecto mexicano diseñó en la década de 1960 y que actualmente Romero está transformando en un centro cultural. La biblioteca, pintada de verde Kelly, reproduce el color de las plantas que se extien-den al otro lado del cristal, aunque ahora al arquitecto le preocupa que el tono resulte demasiado estridente junto a los cafés y beige de los libros. Él y su equipo de más de 60 personas cambian constantemente las cosas de lugar, concibiendo el espacio más como un laboratorio que como una casa. Como él mismo dice: “Esta no es una obra maestra. Es más bien un pabellón: una casa temporal”.

Aunque suele recibir invitados aquí, también disfruta de estar solo. Arrastra una silla de comedor neerlandesa antigua de la década de 1930 hasta el patio trasero, donde escucha el murmullo de la fuente, diseñada para sonar como una cascada. Romero puede pasar todo el domingo leyendo y dibujando al aire libre, lo que considera “el mayor lujo” de su fin de semana. Ahora quiere diseñar un barco, un catamarán similar a la maqueta que tiene enmarcada en una de las paredes de la sala de ajedrez. Pero siempre vuelve a pensar en la residencia que espera construir para sí mismo, si es que consigue encontrar un buen terreno en la ciudad o quizá en la costa mexicana. “Si tienes libertad, una casa debe representar su época”, dice. “Yo transformé lo que ya existía. Pero mi próxima casa, la casa de mis sueños, se construirá desde cero”.

OBRA EN LA PARED, DERECHA: GONZALO LEBRIJA, UNFOLDED, 2015. © GONZALO LEBRIJA. CORTESÍA DEL ARTISTA Y DE MICHAEL KOHN GALLERY.