Edie Sedgwick no fue solo la musa de nadie, sino el eslabón más frágil y brillante de una época que devoraba a sus ídolos. Su vida, atravesada por el glamour y la devastación, revela la cara menos cómoda del mito pop: la fama como espejismo, el arte como refugio precario y una mujer que intentó sobrevivir a todos sus nombres.