Foto: cortesía de Casa Arrona.

Carolina Chávez

Oaxaca está hecha de ritmos pausados, de fachadas que guardan historias familiares y de un vocabulario arquitectónico que parece resistir cualquier moda. En ese tejido silencioso aparece Casa Arrona, un proyecto que recupera una propiedad de mediados del siglo XX para convertirla en una casa de huéspedes contemporánea que respira desde la memoria hacia el presente. Todo en ella se mueve con un respeto casi litúrgico por el contexto, por la vida que alguna vez habitó esas paredes y por la materialidad que da forma a este territorio.
La casa, ubicada en el callejón de Boca del Monte, había funcionado durante décadas como hogar y hospedaje. Hoy renace con la dirección de Vicente Reyes —oaxaqueño y fundador de Hermano Maguey— y el diseñador Raúl Cabra, figura detrás de proyectos emblemáticos como Casa Oaxaca o Rubra Palapa Bar. Ambos encontraron en esta propiedad una oportunidad para pensar la hospitalidad desde la cercanía, no como un servicio sino como un relato.

Foto: cortesía de Casa Arrona.

La restauración no busca imponer novedades estridentes, sino reactivar la esencia original de la casa: muros sobrios, proporciones moderadas, una atmósfera mid-century que se traduce en muebles de líneas limpias y objetos curados con la calidez de lo doméstico. Cada habitación, cada pasillo, se lee como una pausa, un pequeño refugio donde la luz natural se filtra con la misma delicadeza que en las casas tradicionales del centro histórico.

El patio central, reinterpretación contemporánea de la vecindad mexicana, funciona como corazón del proyecto. No es un gesto decorativo, sino un dispositivo social que articula lo privado y lo común, recordándonos que México siempre ha sido un país que habita alrededor del patio.

Foto: cortesía de Casa Arrona.
Foto: cortesía de Casa Arrona.

Uno de los gestos más reveladores de Casa Arrona es la integración de objetos realizados con fibra de agave espadín, desarrollados por FIBRA —iniciativa dirigida por Verónica Valdés dentro de Hermano Maguey—. La fibra, proveniente de las pencas que la industria mezcalera suele desechar, se convierte aquí en piezas funcionales y elegantes.

No es solo diseño; es un manifiesto silencioso sobre sostenibilidad, circularidad y territorio. Oaxaca vuelve a mostrarse como un laboratorio donde tradición y contemporaneidad se encuentran sin tensiones forzadas.

A pocos metros del Templo de Santo Domingo, Casa Arrona propone una forma de habitar que tiene más que ver con la contemplación que con la prisa. Es una casa que invita al silencio, al olor de las maderas, al roce de las fibras, a un tipo de descanso que no necesita grandes gestos para quedarse en la memoria.

No es un hotel, ni una galería, ni un simple alojamiento. Es una microgeografía donde la historia familiar se conserva sin museificación y donde la sensibilidad actual se incorpora sin violencia. Un punto intermedio, preciso y raro, donde lo íntimo se vuelve experiencia.


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