Club discreto (2022), instalación de Alan Sierra.

Kira Alvarez

En el corazón de Monterrey, una ciudad cuya identidad se ha forjado entre la industria y la vanguardia, el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) se transforma hoy en el epicentro de esta metamorfosis con la exposición Constelaciones y derivas: arte de América Latina desde la Colección FEMSA, un manifiesto de cinco décadas de coleccionismo que decide mirarse al espejo y redescubrirse bajo una luz radicalmente contemporánea. Con 174 obras de más de 100 artistas, esta muestra representa la revisión más ambiciosa y extensa del acervo realizada en México hasta la fecha, marcando el inicio de una celebración que trasciende lo efímero para situarse en la vanguardia absoluta del pensamiento curatorial del continente.

La génesis de la Colección FEMSA es una historia de visión y compromiso que nos lleva a la apertura del Museo de Monterrey en 1977. Eugenia Braniff, historiadora, curadora asociada de la colección y miembro del patronato de arte latinoamericano del MoMA, señala que la colección surgió con la donación de El maizal (1955), de Dr. Atl, por parte de la promotora cultural Rosario Garza de Zambrano. “Eso dice mucho del espíritu con el que nace la colección”, dice Braniff. Desde entonces, la colección ha evolucionado desde un acento profundamente mexicano hacia una apertura total a las expresiones latinoamericanas.

Entender el peso de la Colección FEMSA requiere descifrar un legado familiar y de género que ha sido el motor silencioso de su prestigio. Bárbara Garza Lagüera, madre de Eugenia Braniff, ha desempeñado un papel clave en el desarrollo y consolidación del acervo, ocupando posiciones fundamentales en sus órganos de dirección. Representa la segunda generación de mujeres que han custodiado y expandido este patrimonio, siguiendo la estela de Garza de Zambrano. Bajo su gestión, la colección no solo creció en volumen, sino que adquirió una proyección internacional sin precedentes, impulsando adquisiciones de artistas de todo el continente y fomentando colaboraciones con instituciones de élite. Su labor, reconocida en 2016 con el Premio Iberoamericano de Mecenazgo, ha sido la de tender puentes entre el arte latinoamericano y el público global, una visión que ahora Braniff —tercera generación de este legado femenino— continúa refinando desde la curaduría crítica.

Este linaje de tres generaciones de mujeres habla de herencia patrimonial, pero también de una sensibilidad compartida que ha permitido que la colección se mantenga joven, audaz y profundamente comprometida con la identidad regional.

Club de collage especulativo, instalación de Ad Minoliti.

Esta naturaleza itinerante ha definido su ADN: tras el cierre del Museo de Monterrey en el año 2000, la institución se volvió viajera, llevando el arte de la región a los rincones más insospechados del globo. Así, esta muestra en el MARCO es un ejercicio de exégesis visual orquestado por un equipo que incluye a Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez y Adriana Melchor, además de Braniff.

Juntos, han decidido romper con la dictadura del tiempo y el espacio a través de una estructura basada en constelaciones. Díaz Suárez explica que este concepto parte de un proyecto de Mari Carmen Ramírez, curadora pionera que empezó a repensar la historiografía del arte en Latinoamérica para entenderla como estos puntos que se conectan y permiten entender que, apunta Díaz Suárez, “no existe una sola historia, sino una red de conexiones que se pueden reconfigurar continuamente”.

Esta metodología genera lecturas transversales, demostrando que en el arte los puntos de contacto son infinitos y que la historia es un mapa de relaciones móviles.

La exposición se despliega a través de cinco líneas de investigación que actúan como brújulas en este cosmos: Territorios, Estructuras coloniales, Debatiendo la abstracción, Alquimia e Identidades. Bravo, curadora en jefe, destaca que esta aproximación permite revisitar el acervo desde la urgencia de la inmediatez, pues “más que presentar una revisión histórica, nos interesa mostrar cómo las preguntas que atraviesan el arte latinoamericano continúan resonando en el presente”, explica.

Al poner en diálogo obras emblemáticas con lenguajes contemporáneos, se crea un cortocircuito temporal en el que figuras canónicas como Jesús Rafael Soto, Rufino Tamayo o Diego Rivera conviven con piezas que desafían las narrativas heredadas. Melchor, cuya investigación se centra en la crítica de arte como productora de teorías, aporta una capa de rigor que permite que la muestra se transforme en un ensayo crítico sobre cómo las exposiciones construyen la propia historia.

Uno de los puntos más potentes es el eje Tramas, donde se concentra el geometrismo de la región. Aquí, el equipo ha trabajado para descolonizar la mirada, entendiendo la geometría como el lenguaje milenario de los textiles y la cosmogonía de los pueblos originarios. Esta perspectiva se nutre de diálogos con figuras como Elvira Espejo, permitiendo que la abstracción deje de ser una influencia europea para ser reconocida como una raíz profunda de América. “Las constelaciones permiten relacionar obras que históricamente no se habían leído juntas”, dice Braniff, un ejercicio que permite proyectar cómo quieren seguir construyendo hacia el futuro.

Nint’ani, volver a casa (2024), de Salvador Xharicata;

Esta visión se expande hacia la formación de una comunidad crítica a través de proyectos disruptivos como el Club de collage especulativo, de Ad Minoliti, una obra comisionada que utiliza la estética queer y el humor para desmantelar la rigidez de los formatos académicos y que está físicamente instalada dentro de la exposición.

La experiencia se desborda incluso fuera de las salas con el proyecto Rutas metabólicas, que habita la cocina de MARCO. Planteando el proceso digestivo como un paralelo del pensamiento, este programa invita a diferentes colectivos a explorar la cocina como un acto de cuidado del territorio.

Conformado por mujeres de distintas edades y oficios, Amasijo utiliza la cocina colectiva para visibilizar la interdependencia entre lengua, cultura y territorio. Al integrar lo culinario con la contemplación estética, se propone una museología afectiva que reconoce que la cultura es una red de interrelaciones y no una mera mercancía. Es un recordatorio de que el arte, como la comida, se incorpora y se digiere antes de que nos transforme biológicamente.

A medida que el espectador recorre las salas, se enfrenta a un panorama del devenir artístico que incluye intervenciones performativas y poéticas. Un ejemplo es El sonido de la tierra al ser abierta, de Guadalupe Alonso Vidal, una lectura en la que cruza reflexiones con la obra de Ana Mendieta, Donna Conlon y Salvador Xharicata.

Inauguración del Museo de Monterrey, 1977.

Alonso Vidal, artista de Ensenada descendiente de migrantes internos dedicados a la construcción, traza una cartografía personal que une la promesa del progreso con la realidad del suelo habitado. Este diálogo entre una artista joven y figuras históricas como Mendieta ejemplifica la deriva que busca la exposición: un movimiento que abre paso a la tierra y al sol a través de sombras y palabras, conectando el norte de México con las raíces caribeñas de la serie Silueta realizada por Mendieta.

La muestra también aborda las estructuras coloniales como un sistema de representación que el arte contemporáneo debe desmantelar. Aquí, la colección muestra su madurez al incluir piezas que cuestionan el extractivismo y la imposición de estéticas externas.

El equipo curatorial ha sido meticuloso en seleccionar obras que, a pesar de haber sido producidas en décadas distintas, comparten una preocupación por el lugar desde donde el que se enuncian. Esta honestidad intelectual es lo que permite que una colección de origen corporativo se convierta en un espacio de resistencia y pensamiento crítico.

La itinerancia planeada para los próximos tres años llevará este diálogo por diversas ciudades de México y Latinoamérica. Este proyecto es ambicioso porque la colección misma lo es. El programa público, con sus talleres de collage, residencias culinarias y seminarios de investigación, es lo que garantiza que la muestra sea un organismo vivo en cada sede o museo que visita.

Como concluye el equipo curatorial, esta es una apuesta por reconfigurar nuestra propia historia, permitiendo que el pasado y el futuro de las nuevas generaciones se encuentren en el espacio del ahora.

En el MARCO, el arte latinoamericano se vive, se digiere y se reinventa. Nos recuerda que somos, ante todo, una constelación en perpetua deriva hacia lo nuevo, hacia lo inexplorado, pero siempre con los pies bien plantados en la tierra. Es el triunfo de la memoria activa de tres generaciones de mujeres sobre el olvido, consolidando a la Colección FEMSA como el faro que seguirá iluminando las derivas de nuestra creatividad en el futuro.

Al salir de las salas, queda la sensación de haber recorrido un continente entero comprimido en una red de ideas. El Club de collage sigue funcionando, la cocina de Rutas metabólicas sigue humeando y las obras de la Colección FEMSA continúan su viaje. Monterrey, con su mirada puesta en el futuro, es el escenario perfecto para este inicio de festejos.

Porque si algo nos enseña esta muestra es que el arte latinoamericano es un viaje infinito.


TE RECOMENDAMOS