Foto: Belén Pardo.

T Magazine México

Primero se escucha la banda. Después aparecen las flores, los gigantes que bailan por encima de las cabezas y la gente que avanza al mismo ritmo, una calenda anuncia que la fiesta está por comenzar. En Oaxaca, esa invitación se hace caminando.

Ligadas a las fiestas patronales, las calendas recorren las calles para convocar a vecinos e invitados. La música de viento, los cohetes y los personajes que acompañan el recorrido forman parte de una celebración cuyas expresiones cambian según la localidad y la ocasión. Cada comunidad tiene sus maneras de salir a festejar.

Foto: Belén Pardo.
Foto: Belén Pardo.

En las mayordomías —la organización de las fiestas religiosas a cargo de integrantes de la comunidad—, la calenda abre la celebración. Su preparación incluye canastas y velas adornadas con flores que se llevan durante el trayecto. Lo que vemos pasar por la calle empieza mucho antes, con personas que organizan, preparan y aportan para que la fiesta suceda.

Ahí está buena parte de su importancia cultural: celebrar requiere de los demás. La música reúne, el recorrido acerca y la participación convierte una fecha del calendario en una experiencia compartida. Desde esa mirada, la calenda permite reconocer cómo se construye comunidad a través de la fiesta.

Foto: Belén Pardo.

Su presencia continúa también en las celebraciones de la Guelaguetza, donde las Calendas de las Culturas llevan a las calles de la capital música y danzas de las ocho regiones del estado. Esa visibilidad permite acercarse a la diversidad de Oaxaca y recuerda que cada expresión tiene personas y comunidades que la sostienen.

Mirar una calenda invita, entonces, a prestar atención a quienes la hacen posible. Su vigencia cultural se juega en esa participación: organizarla, acompañarla, volver a reunirse. Mientras la banda avanza, la calle se convierte en el lugar donde una comunidad celebra el gusto de estar junta.


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