
Carolina Chávez
Arturo Ripstein eligió no filmar héroes. Desde sus primeras películas entendió que las historias más reveladoras suelen encontrarse en quienes viven lejos del triunfo, en personajes atrapados por el deseo, la pobreza, la violencia, la soledad o las estructuras sociales que determinan su destino.
Nacido en Ciudad de México en 1943, Ripstein debutó en el largometraje a los veintiún años con Tiempo de morir (1966), un guion escrito por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Aquella película ya contenía algunos de los temas que regresarían una y otra vez a su cine, la fatalidad, la imposibilidad de escapar al pasado y la fragilidad de la libertad individual.

Discípulo de Luis Buñuel durante su juventud, Ripstein heredó del maestro español una fascinación por las contradicciones humanas. Sin embargo, desarrolló una voz propia marcada por una profunda observación de México. Sus películas se desplazan por vecindades, cabarets, hospitales, cárceles, mercados y habitaciones donde la intimidad se vuelve escenario de conflictos universales.


A partir de la década de los noventa, junto con la guionista Paz Alicia Garciadiego, construyó algunas de las obras más relevantes del cine mexicano contemporáneo. Títulos como Profundo Carmesí, El evangelio de las maravillas, La perdición de los hombres y Las razones del corazón exploran personajes que avanzan impulsados por pasiones extremas, a menudo condenados desde el inicio por circunstancias que parecen inevitables.
Su cine ha sido descrito como oscuro, aunque esa oscuridad rara vez proviene del espectáculo. En Ripstein surge de la observación paciente. La cámara permanece cerca de los cuerpos, de los silencios, de los espacios deteriorados y de las relaciones humanas que revelan amor, dependencia, violencia o ternura. Sus personajes existen en zonas donde las categorías morales simples pierden sentido.
La relevancia de Arturo Ripstein trasciende la historia del cine mexicano. Su obra forma parte de una tradición latinoamericana interesada en explorar las fracturas sociales sin convertirlas en discurso didáctico. En sus películas, la pobreza, la religión, la familia y el deseo aparecen como fuerzas complejas que moldean la experiencia humana.

La filmografía de Ripstein conserva una cualidad poco frecuente. Obliga a mirar despacio. Sus películas exigen permanecer frente a aquello que muchas veces preferimos evitar, la vulnerabilidad, la obsesión, el fracaso y la soledad. Precisamente allí reside gran parte de su vigencia.
A sus más de ochenta años, Arturo Ripstein permanece como una de las voces fundamentales del cine en lengua española. Su legado no puede entenderse únicamente por los premios o el reconocimiento internacional. Está en haber construido un retrato persistente de las zonas más incómodas de la experiencia humana y haber demostrado que, incluso en la derrota, existe una historia digna de ser contada.