
Carolina Chávez
En España, lugar de refugio para la escritora Lydia Cacho, eran las cinco de la tarde. Iniciamos puntuales una conversación que, en apariencia, seguía la estructura de una entrevista, ese ejercicio que repito con frecuencia, aunque esta vez algo se intensificaba. Frente a mí estaba una mujer que influyó en mis decisiones vitales, que trazó rutas posibles cuando apenas comenzaba a intuir el peso de las palabras, cuyo nombre todavía hoy me provoca una vibración física, casi involuntaria.
Había en ese instante una memoria precisa, una Carolina de dieciséis años con las manos sudadas, con la respiración contenida, sosteniendo libros como si fueran una forma de resistencia. Esa misma sensación regresaba, intacta, aunque la voz permanecía firme, al tener la oportunidad de conversar no sólo con la autora, sino con la mujer que sigue marcando una línea clara para quienes creemos en la importancia de contar historias verdaderas, historias que no ceden ante la comodidad ni ante el silencio.
CC: Lydia, cuando piensas en tu infancia, en qué momento reconoces por primera vez esa intuición por observar y narrar lo que ocurre alrededor
LC: Crecí en una familia grande, con hermanos mayores y menores, yo fui justo la de enmedio, y eso me colocó desde muy temprano en un lugar donde tenía que abrirme paso, encontrar una voz propia en medio de muchas voces. Recuerdo con mucha claridad esa sensación de no encajar del todo, de no responder a lo que se esperaba de una niña. Había algo en mí que rechazaba ese guion, ese mundo de gestos aprendidos, de comportamientos esperados, y al mismo tiempo había una fascinación por observarlo todo, por registrar, por entender qué estaba ocurriendo a mi alrededor. Jugaba en la calle, me gustaba el fútbol, pero también buscaba el silencio, me encerraba, dibujaba, escribía, escuchaba música. Era una niña que necesitaba espacios para procesar lo que veía.
Recuerdo una escena muy clara, cuando me regalaron un teléfono de juguete y yo pasaba horas hablando, organizando, dando órdenes, construyendo algo desde la imaginación. Cuando mi padre me preguntó si jugaba a ser secretaria, le dije que no, que estaba jugando a ser presidenta. Esa afirmación, vista hoy, tiene que ver con una necesidad profunda de nombrar el mundo desde un lugar propio, de no aceptar la narrativa que ya estaba dada.

LC: Llegué a la adolescencia con una urgencia muy clara por crecer, por salir de un espacio que me resultaba limitante, quería ser adulta para poder pensar con libertad, para no ser cuestionada desde ese lugar donde la infancia invalida todo lo que una intenta decir o construir.
Nunca sentí miedo de mostrar lo que escribía, al contrario, había un deseo muy profundo de compartir esa forma en la que veía el mundo, incluso cuando eso generaba incomodidad en quienes me rodeaban, mis hermanas reaccionaban con palabras que intentaban reducirlo, me decían dramática, exagerada, pero ese tipo de lecturas nunca logró frenar el impulso.
Había algo más fuerte que cualquier juicio, una necesidad de decir, de contar, de dejar registro, y en ese proceso también apareció una relación particular con el llamado síndrome de la impostora, que en mi caso nunca operó desde la duda de si tenía derecho o no a escribir, sino desde un asombro constante frente a lo que surgía, frente a la capacidad de construir sentido desde la palabra, como si cada texto fuera también una forma de preguntarme de dónde viene esto, en qué momento tomó forma.
Creo que ahí se sostuvo una continuidad, una decisión silenciosa pero firme de permanecer en la escritura como un espacio propio, incluso cuando no había validación externa, incluso cuando el entorno no ofrecía un lugar claro para esa voz.

CC: Hoy, qué lugar ocupa la poesía en tu vida
LC: La poesía es un lugar esencial, un territorio al que regreso constantemente. Hace poco regalé gran parte de mi biblioteca y me quedé con los libros que realmente sostienen mi historia, y una gran parte de ellos es poesía.
La poesía enseña a condensar, a comprender la emoción desde un lugar preciso, a entender que una sola línea puede tocar una vida entera. En los últimos años, sobre todo en el exilio, volví a ella con más intensidad, como una forma de reorganizar lo que siento, de darle sentido.
También me interesa llevarla a otros espacios, compartirla con jóvenes, abrir ese acceso donde la emoción puede circular de otra manera, donde algo se quiebra suavemente para permitir que aparezca lo que está contenido.
CC: En tu escritura hay una sensibilidad muy particular, cómo se construye hoy esa voz, desde dónde escribes ahora
LC: Sigo escribiendo desde el asombro, desde esa sensación de no saber del todo de dónde viene lo que aparece en la página. Cada vez que termino un libro y lo entrego, incluso cuando recibo una buena respuesta, hay un momento en el que me pregunto qué fue lo que ocurrió, cómo se construyó eso.
No es una duda paralizante, es una forma de estar en el proceso, de reconocer que la escritura tiene algo que no se puede controlar completamente. Para mí siempre ha sido una manera de organizar el caos, de darle estructura a lo que no entiendo, de acercarme a la vida con una pregunta constante.

CC: Qué prácticas cotidianas te permiten sostener claridad y una forma propia de bienestar
LC: Hay una disciplina que atraviesa todo, pero también hay una comprensión profunda del autocuidado que va más allá de lo superficial. Tiene que ver con reconocer que la vida importa, que el cuerpo sostiene esa vida y que hay que atenderlo con una conciencia real.
Cocinar, por ejemplo, es una forma de cuidado, preparar mis alimentos, detenerme, observar, elegir, habitar ese momento con presencia. También el movimiento, la respiración, el contacto con la naturaleza. Son prácticas que se han ido construyendo con los años, que responden a lo que mi cuerpo necesita y no a una fórmula externa.
CC: Has acompañado historias profundamente complejas, qué has aprendido sobre cuidar tu energía mientras sigues presente
LC: He aprendido que hay momentos que no se pueden suavizar, que requieren ser nombrados con claridad. Esa idea de que todo va a estar bien puede ser profundamente violenta cuando alguien atraviesa algo difícil.
Cuidar la energía tiene que ver con sostener una mirada honesta, con acompañar sin negar lo que ocurre, con entender que las ideas cambian, que no son una identidad fija. Esa flexibilidad permite mantenerse presente sin perderse en el proceso.
CC: Qué hábitos han transformado tu relación con el cuerpo y la salud en los últimos años
LC: Ha sido un aprendizaje largo, entender que cada cuerpo necesita cosas distintas. Durante años cultivé mi propio alimento, sembré, cociné lo que producía, generé una relación directa con la tierra.
Hoy sigo sosteniendo prácticas que me permiten estar en equilibrio, desde la alimentación hasta el movimiento, siempre desde una elección consciente, desde una escucha atenta del cuerpo.

CC: Qué relación tienes con la moda como una extensión de tu lenguaje personal
LC: Para mí la ropa es un juego, una posibilidad de construir distintas versiones de una misma. Desde joven entendí que vestirse implica elegir un disfraz, una forma de habitar el mundo. No sigo tendencias, me visto desde lo que necesito sentir en ese momento.
Hay prendas que se convierten en una especie de armadura, en una forma de afirmarme, de sostenerme cuando lo necesito. Vestirse puede ser un acto de libertad, una decisión íntima que no responde a la mirada externa.
También creo que la ropa envía mensajes, igual que el desnudo. Hay diseñadoras como Carla Fernández en México o Mesa Bouzas en España que trabajan desde un lugar mucho más cercano al arte. Cuando me visten, como con la capa de la mujer águila de Carla o el vestido negro que usé en los Premios Platino, entras en un personaje, en una puesta en escena que te transforma.
Esa es la ropa de diseño para mí, la que expresa más allá de ti, la que construye un lenguaje propio. La elegancia no tiene que ver con el precio ni con las etiquetas, tiene que ver con el estado del ser, con el mensaje que decides sostener.
CC: Has acompañado a muchas mujeres a lo largo de tu trayectoria, qué implica para ti la mentoría hoy
LC: La mentoría implica una responsabilidad que se construye con la experiencia. Tiene que ver con compartir lo aprendido desde un lugar honesto, sin suavizar lo que es difícil, con la disposición de estar presente.
Acompañar a otras mujeres es reconocer que cada camino es distinto, pero que hay aprendizajes que pueden compartirse, que pueden abrir espacio. No se trata de dar respuestas, se trata de estar ahí, con claridad, con verdad.

GLOSARIO SEGÚN LYDIA CACHO
Periodismo – Verdad indispensable
Lucha – Libertad
Dignidad – Vida
Belleza – Naturaleza
Elegancia – Estar presente
Poesía – El todo
Hay algo que permanece después de la conversación, una sensación de claridad que no se impone, que se construye desde la experiencia, desde una vida atravesada por decisiones que no buscan comodidad sino sentido. Escuchar a Lydia Cacho es entrar en un ritmo distinto, donde las palabras no se acumulan, se sostienen.
Al cerrar la entrevista, queda la impresión de que escribir, para ella, sigue siendo una forma de permanecer en el mundo con los ojos abiertos, de insistir en mirar de frente incluso aquello que incomoda, de no soltar nunca la posibilidad de nombrar la vida con precisión.