Rodolfo con gallo, 2006. Foto: cortesía de Roj Rodriguez.


Redacción T Magazine México

La fotografía de Rojelio “Roj” Rodriguez parte de una fractura silenciosa. Una distancia cultural instalada desde la infancia, cuando crecer en Estados Unidos implicaba aprender inglés rápidamente y ocultar el español fuera de casa para evitar la violencia cotidiana dirigida hacia quienes “eran distintos”. Ese desplazamiento, íntimo y político al mismo tiempo, terminó convirtiéndose en el motor de Mi Sangre, un ensayo fotográfico desarrollado entre 2005 y 2016 que busca reconstruir la relación del artista con México desde la experiencia, la memoria y la observación directa.

Foto: Maternal, 2005

En 2006, mientras atravesaba un momento de cuestionamiento personal y creativo, Rodriguez comenzó a recorrer carreteras, pueblos y ciudades entre México y Estados Unidos. Había formado una familia, iniciaba una carrera independiente como fotógrafo y, aun así, percibía una sensación persistente de desarraigo. El nacimiento de su hijo y el desgaste emocional de Nueva York terminaron por empujarlo hacia una búsqueda más profunda. Quería entender aquello que había quedado suspendido entre generaciones, lengua, migración y deseo de pertenencia.

Diablo, 2005. Foto: cortesía de Roj Rodriguez.]
Rebozo, 2016. Foto: cortesía de Roj Rodriguez.

Así comenzó un archivo visual donde aparecen iglesias, carnicerías, cementerios, músicos de mariachi, escaramuzas, charros, caminos sin pavimentar y rostros detenidos en una mirada frontal. Las imágenes conservan una cualidad emocional; nunca fuerzan el dramatismo. Hay una atención precisa sobre las manos, las cicatrices, la ropa ceremonial, los animales, los silencios que habitan ciertas comunidades rurales. Cada retrato parece construido desde la paciencia y la cercanía, como si el fotógrafo entendiera que documentar también implica permanecer.

Lazo, 2009. Foto: cortesía de Roj Rodriguez.

Entre todas las fotografías del proyecto, una terminó adquiriendo una resonancia especial. La de Rodolfo, un niño de ocho años sosteniendo un gallo frente a un árbol antiguo en el patio de su abuelo. La imagen viajó por el mundo durante años hasta convertirse en una de las piezas más reconocidas de la serie. Sin embargo, para Rodriguez la historia permanecía abierta. Necesitaba volver.

Una década después decidió buscar nuevamente a aquel niño. Preguntó por él en pueblos cercanos hasta descubrir que estudiaba en la región. Amigos locales ayudaron a localizarlo y le avisaron que el fotógrafo regresaba para retratarlo otra vez. El reencuentro ocurrió en el mismo sitio donde había sido tomada la primera imagen. Rodolfo acababa de cumplir dieciocho años. El árbol seguía ahí. También la memoria compartida entre ambos.

Rodolfo con gallo, 2016. Foto: cortesía de Roj Rodriguez.

El gesto de regresar contiene gran parte de la fuerza emocional de Mi Sangre; el proyecto sostiene una conversación mucho más personal con la herencia, el linaje y la posibilidad de reconocerse dentro de una historia colectiva. Rodriguez habla de orgullo, raíces y legado como elementos profundamente humanos, capaces de atravesar cualquier frontera.

Quizá por eso Mi Sangre conmueve desde un lugar tan específico. Porque detrás de cada retrato aparece alguien intentando regresar a sí mismo.


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