Foto: cortesía de la marca


Redacción T Magazine México

El cine de moda regresa a un punto conocido, ahora con una conciencia distinta sobre los códigos que construyen imagen y poder. The Devil Wears Prada 2 incorpora a Tiffany & Co. dentro de su narrativa, como parte del tejido visual que sostiene la historia. La alianza con 20th Century Studios sitúa a la Casa en un lugar preciso, donde el objeto adquiere peso dramático y el espacio se vuelve memoria activa.

La filmación en octubre de 2025 ocurre en la boutique de Via Montenapoleone, en Milán. David Frankel elige el sitio por su densidad arquitectónica y su inscripción en la ciudad. La apertura de este interior a una producción cinematográfica introduce una tensión interesante entre exclusividad y exposición. El lujo se deja mirar, aunque bajo control.

Foto: cortesía de la marca

En paralelo, la boutique presenta una instalación que permanece hasta finales de mayo de 2026. En el centro aparece un collar de Alta Joyería Blue Book, pieza que también entra en la película. Platino, una aguamarina talla esmeralda de más de 31 quilates, diamantes que se distribuyen con precisión. La composición sostiene una idea clara de permanencia material, donde cada piedra participa en una narrativa de acumulación y detalle.

El vestuario incorpora los brazaletes Bone Cuff de Elsa Peretti® en platino, cada uno con más de 100 diamantes montados a mano. La pieza conserva su potencia escultórica, cercana al cuerpo, con una lectura directa sobre forma y presencia. Los lentes Tiffany T, en acabado marfil a rayas y degradados grises, completan una secuencia de apariciones que expanden la marca dentro del relato.

Foto: cortesía de la marca
Foto: cortesía de la marca

La colaboración continúa fuera de pantalla con una serie de contenidos digitales que retoman el monólogo del suéter azul cerúleo. La reinterpretación propone una revisión del imaginario que sostiene la industria, ahora filtrado por la identidad de Tiffany & Co. Un grupo de creadores viaja a Milán, registra el espacio, observa el cruce entre herencia y producción contemporánea.

El resultado mantiene una línea clara. La joyería entra en el cine con una función narrativa, el espacio se convierte en escenario y archivo, la imagen adquiere una capa adicional de lectura.


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