
Javier Fernández de Angulo
Ídolo popular, compositor, maestro de la ranchera e intérprete excepcional, José Alfredo Jiménez, de quien este año se celebra el centenario de nacimiento, encarnaba, en palabras de Joaquín Sabina, “el alma de México”. “Sus canciones son los últimos suspiros del espíritu romántico”, escribe Gonzalo Celorio, Premio Cervantes, en Ese montón de espejos, su libro de memorias. Para el escritor, la obra del cantante mexicano es, “con toda proporción guardada”, comparable a El Quijote de Miguel de Cervantes o a Las Meninas de Velázquez.
Nacido en Dolores Hidalgo, Guanajuato, el 19 de enero de 1926, la vida de José Alfredo —“es ocioso decir su apellido”, señala Sergio Almanzón, especialista en los íconos populares mexicanos del siglo XX— llegó a la Ciudad de México a los 11 años, tras el fallecimiento de su padre. Mesero de profesión, su acercamiento a la música fue fruto de su fracaso como portero en el Club Deportivo Marte de la Primera División de futbol de México, y de una casualidad: el cantante Andrés Huesca, cliente del restaurante donde trabajaba, escuchó a José Alfredo interpretar alguna de sus canciones. Ya nunca se bajaría de un escenario.

Considerado por el escritor y periodista Carlos Monsiváis como “uno de los poetas más significativos de México”, era natural que su primer gran éxito total le llegara a través de la escritura. En 1950, José Alfredo le regaló a Paloma Gálvez, su novia de entonces y más tarde esposa, la canción Paloma querida. Impresionada por la letra y la melodía, y convencida de que se convertiría en éxito, Gálvez le presentó la canción a Jorge Negrete, el más grande cantante de su tiempo, quien la convirtió en un himno. Era tal la confianza de Negrete en la escritura de José Alfredo, que poco después publicó un álbum íntegramente escrito por el guanajuatense. “Tenía la sensibilidad de hablar al corazón de las personas de una manera sencilla”, nos cuenta Paloma Jiménez Gálvez, hija del matrimonio. Ella misma fue la protagonista de una de las canciones más recordadas de José Alfredo, Arrullo de Dios, escrita durante la complicación que sufrió en el momento de su nacimiento, cuando estuvo a punto de perder la vida. Hoy, Jiménez Gálvez, quien estudió Literatura, es una de las responsables de mantener vivo el legado de su padre, además de desentrañar los secretos de sus letras en el libro Cuando te hablen de amor y de ilusiones.

El pasado enero, el Salón Tenampa, templo de la música popular mexicana en la capital del país, abrió la agenda de eventos de su centenario, que continuarán este verano en España con un homenaje en la embajada de México en Madrid. “Su familia me hizo saber que el Tenampa fue más su casa que cualquier otro lugar. Ahí pasaba noches enteras sin dormir. A veces él y Chavela Vargas veían pasar la luna y el sol”, dice a T México Fernanda Aguilera, responsable junto a su familia de la cantina ubicaba en la plaza Garibaldi, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México. Allí, José Alfredo se sentaba en una de las mesas de la izquierda para pasar a pluma sobre las servilletas del local los versos que iban brotando de su imaginación. “Parranda y tenampa; mariachi y canciones; así es como vivo yo”, escribió José Alfredo en Mi Tenampa, una canción dedicada a su lugar favorito en la Tierra y hoy lugar de peregrinaje de turistas, cantantes, diseñadores, artistas, actores y actrices que hacen escala en la ciudad. “En la canción, José Alfredo nos cuenta cómo la vida entre copas es una forma distinta de vivir y cómo, cuando se cruzan las puertas de este lugar, la vida se pinta de poemas con mariachi para brindar y sufrir”, continúa Aguilera.

Sin estudios de música y sin saber tocar ningún instrumento, José Alfredo creaba sus melodías a través de los silbidos, sonidos que más tarde eran plasmados en partituras por Rubén Fuentes, su arreglista de confianza. “El filósofo que sabía silbar”, como lo bautizó el escritor Juan Villoro. “[José Alfredo] descifró nuestros más íntimos anhelos y descalabros. En sus canciones, México pudo verse en el espejo. El rencor, el despecho, la nostalgia adolorida, el revanchismo, la idolatría romántica, la posesión machista, el generoso desprendimiento, la desaforada necesidad de querer, ¡las chingadas ganas de llorar a gusto! No han tenido entre nosotros interprete más profundo”, escribió Villoro. También la doctora en filosofía María Victoria Arechabala se ha sumergido en sus letras en su libro Las canciones de José Alfredo Jiménez, donde concluye que, en sus canciones, José Alfredo se mezcla con la cultura ranchera y del mariachi. “Su música trasciende, El Rey lo cantan en Pamplona o en Tokio. Es un gran misterio”, reflexiona la autora.
Para el argentino Andrés Calamaro, quien habitualmente incorpora canciones del mexicano en sus repertorios en directo, una canción trasciende verdaderamente cuando el público pierde la pista de su autor. A José Alfredo le ocurrió precisamente con El Rey, un himno de la cultura popular y el folklore mexicano que José Alfredo compuso en los últimos momentos de su vida, poco antes de fallecer en 1973. Para entonces, ya contaba con un legado de más de 25 películas estrenadas y más 300 canciones escritas o interpretadas por él mismo o por nombres como Pedro Infante, Chavela Vargas, Vicente Fernández, Lola Beltrán, Amalia Mendoza, Cuco Sánchez, Armando Manzanero o el propio Negrete, entre muchos otros. Sus melodías se convirtieron en himnos y su leyenda no dejó de crecer tras su fallecimiento. Sabina y Calamaro, pero también Rocío Dúrcal, Joan Manuel Serrat, Julio Iglesias, Alejandro Fernández o Luis Miguel han interpretado alguna vez sobre el escenario alguna de sus canciones, consideradas por el cineasta Pepe Bojórquez como “las historias de amor de todos los mexicanos”. “Las llevamos todos en nuestro ADN, sin importar la edad. Con su música, José Alfredo hizo de México un símbolo único de romanticismo y pasión por la vida”, agrega.

Tras su muerte, su primera casa en Dolores Hidalgo se transformó en un museo, además de un espacio para talleres y conciertos, donde cultivar la leyenda a través de documentos, imágenes y vestuarios de la época y una experiencia digital inmersiva que sumerge al visitante en un profundo recorrido por su biografía. También su mausoleo, proyectado por el arquitecto Javier Senosiain, a su vez yerno del cantante, está en Dolores Hidalgo. Un epitafio corona su tumba: “La vida no vale nada”. Años más tarde, el propio Senosiain completaría la estructura con dos grandes símbolos: un sarape de Saltillo y un sombrero charro elaborados en cerámica y mármol. “Su obra es tan contemporánea que parece que cada vez compone mejor. Su figura no deja de crecer”, afirma Senosiain a T México. Como cantaba Sabina “las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”.