Filomena y las flores de mayo. Foto cortesía de Enrique Leyva


Carolina Chávez

La imagen ocurre antes de la técnica, antes de la industria, antes de cualquier encargo. En el caso de Enrique Leyva, esa imagen nace en una caja de galletas, de aluminio, guardada por sus abuelas. Un archivo simbólico, reconocible por mí y seguramente por muchos mexicanos… fragmentado, atravesado por las memorias de infancia, donde cada fotografía pesa más de lo que muestra. Desde ahí se estructura una mirada que busca recuperar lo que ya existe y ha sido relegado.

En su trabajo, la piel no se blanquea, el gesto se atesora, la escena se protege. Hay una insistencia en lo que permanece, en aquello que ya está ahí, esperando ser reconocido.

Foto: cortesía del artista

CC: Tu trabajo parte de la memoria, en concreto la de tus abuelas, tu familia, tu territorio. ¿Qué imagen fundacional recuerdas como el inicio de tu mirada?

EL: Siempre regreso a las fotos de mis abuelas. Esa caja de galletas donde guardaban imágenes, hilos, objetos. Para mí era un archivo íntimo… Desde niño me marcó abrirla y encontrar esas fotografías en blanco y negro, dobladas, con marcas del tiempo. Ahí empezó todo.

También entendí muy pronto que ese archivo era limitado. Una foto por persona, si acaso. Mis abuelas no tenían acceso constante a la fotografía. Entonces empecé a preguntarme qué historias no se registraron, cuántas imágenes nunca existieron. Esa ausencia también forma parte de mi mirada. Trabajo desde ahí, desde lo que se perdió o nunca se pudo tener.

Foto: cortesía del artista

CC: En tus fotografías hay una construcción específica de la piel, del gesto, de la quietud. ¿Cómo diriges a tus modelos para que esa presencia no se vuelva artificio?

EL: Yo no trabajo desde el artificio. Me interesa lo genuino. Busco personas que habiten los espacios que fotografío. No llevo personajes a contextos ajenos, eso elimina una capa de ficción innecesaria.

La estética aparece cuando el contexto es coherente. Si algo no encaja, se percibe una disonancia. La gente lo siente, aunque no sepa explicarlo. Para mí, la piel es central. Me interesa tal como es. Durante mucho tiempo, la industria no supo trabajar la piel morena. Se alteraba, se blanqueaba sin intención consciente. Eso me dolía.

Hoy hay otros lenguajes, otras herramientas. Pero mi postura sigue siendo la misma. La piel no se corrige, se comprende.

Foto: cortesía del artista

CC: La moda históricamente ha exotizado y borrado identidades indígenas. En tu caso, hay una afirmación. ¿Dónde colocas el límite entre representación y apropiación?

EL: Es un límite que se revisa todo el tiempo, o sea no es fijo. Yo trabajo desde el cuestionamiento constante.

La moda puede amplificar historias, pero también puede vaciarlas. El punto de quiebre lo marca la gente. Si una imagen conecta, si alguien se reconoce, hay una validación. Si no, algo falla.

Vivimos un momento donde muchas narrativas se volvieron tendencia. Eso genera visibilidad, pero también superficialidad. Mi trabajo intenta sostenerse en otra parte. Si en algún momento cruzo una línea, tendré que asumirlo y corregir.

Foto: cortesía del artista

CC: ¿Qué relación tienes con la paleta de colores, viene de la intuición o de una investigación previa?

EL: Un poco de ambas, viene de lo vivido. Crecí en Oaxaca, el color está en todo. En las casas, en los mercados, en los textiles, en la comida. No es una decisión estética nada más así, es una condición.

Cuando entré a la industria de la moda, entendí que mi diferencia estaba ahí. Todo era neutro, blanco, gris. Yo no podía replicar eso. No tenía sentido. Entonces decidí trabajar desde mi contexto. El color y la piel morena se volvieron una base.

Después hay investigación, claro. Pero el origen siempre es vivencial.

Foto: cortesía del artista

CC: Tu práctica atraviesa lo editorial y lo comercial. ¿Cómo sostienes una ética visual al trabajar con grandes marcas?

EL: Desde el principio establecí límites. Antes de aceptar un proyecto, investigo. Quiero saber de dónde vienen los materiales, quién participa, qué historia se está contando.

He rechazado proyectos importantes por una cuestión de principios. También he propuesto cambios dentro de producciones grandes. Me interesa que las personas involucradas tengan presencia real y no solo decorativa.

La ética no se negocia. Si un proyecto contradice lo que creo, no lo hago.

Foto: cortesía del artista

CC: ¿Qué te interesa que el espectador sienta primero, emoción, incomodidad, reconocimiento?

EL: Antes buscaba incomodar. Era una forma de sacudir.

Hoy me interesa la conexión. Que alguien vea la imagen y se reconozca. Que entienda de dónde viene. La incomodidad sigue presente, pero no es el centro.

No busco visibilizar. Las historias ya existen. Mi trabajo es ponerlas en un lugar donde puedan ser vistas con dignidad.

Foto: cortesía del artista

CC: Si piensas en el futuro de la fotografía en América Latina, ¿qué urgencias ves hoy y qué imágenes hacen falta?

EL: La urgencia es la reflexión. Muchas narrativas se volvieron tendencia. Eso atrae a gente que trabaja sin cuestionarse.

También hace falta responsabilidad. Las personas que fotografiamos no son recursos visuales, tienen historias, necesidades reales, económicas. He platicado con gente que me comparte que han llegado fotógrafos, les han pedido fotos y nos los han visto a ver, creo que es importante que se remunere a las personas a las que se les toman fotos, y se les de la relevancia que requiere. Si una imagen genera valor, ese valor debe compartirse.

Al mismo tiempo, hay algo muy potente sucediendo. Nuevos fotógrafos están mirando hacia sus propios territorios. Ya no buscan validar su trabajo afuera, eso cambia todo.

Yo estoy en un punto de replanteamiento. Pensando cómo seguir contando estas historias sin repetirlas. Esa búsqueda también forma parte del proceso…

Esas historias se seguirán contando por Enrique, y en T Magazine México, no perderemos detalle.


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