La artista Rose B. Simpson fotografiada en Santa Clara Pueblo, Nuevo México, el 4 de junio de 2025.

Zoë Lescaze   

Fotografía por Sean Donnola

1. ‘BOSQUE’ (2025)

La artista Rose B. Simpson rodeaba el esqueleto de acero sin tratar de un Buick Riviera de 1964 en el taller de un amigo en Albuquerque, midiendo los agujeros que plagaban el chasis. “Era como un queso gruyère”, gritó por encima del estruendo de golpeteos y vibraciones.  Era principios de mayo y el lowrider había recorrido un largo camino desde el desastre oxidado que Simpson, de 42 años, había empezado a remendar meses atrás. Ahora ese mismo automóvil —pintado, tapizado y nombrado provisionalmente Bosque, en referencia a los improbables oasis que se forman a lo largo de los ríos en los desiertos de Nuevo México— forma parte de Rose B. Simpson: Lexicon, una instalación de un año de duración que se inauguró en 2025 en el museo de Young de San Francisco, donde se presenta junto a su primer carro personalizado, de 2014.

El arte de Simpson siempre es personal, pero Bosque encarna plenamente los dos lugares que la formaron: Santa Clara Pueblo (Kha’p’o Owingeh, como lo llaman sus habitantes), la comunidad tewa al norte de Santa Fe donde creció, y su vecina Española, una ciudad dura en la que los lowriders restaurados con devoción son objeto de un enorme orgullo local. Fue allí donde Simpson —de madre tewa y padre blanco— aprendió por primera vez a ver los autos clásicos como esculturas sociales. De joven, se daba la vuelta por la avenida principal del pueblo; en la época antes de los celulares, “así encontrabas a tu gente”, comenta.

Las relaciones entre la reserva y Española siempre han sido tensas, pero los carros de Simpson, con sus nombres en español y sus acabados pictóricos inspirados en la estética Pueblo, son criaturas híbridas. Los patrones del Buick —diseños elegantes en negro y terracota que flotan sobre un fondo blanco— pueden parecer abstractos para quienes no son de ahí, pero han sido parte de la cerámica local durante cientos de años. Simpson es conocida por sus figuras de barro, que evocan guerreros andróginos, buscadores y guías adornados con metal reusado, cuero y cuentas, pero esas esculturas remiten de manera menos explícita a su herencia tewa que los autos, que ella considera “probablemente la obra más nativa” que ha hecho. También representan un riesgo para Simpson, que ha pasado buena parte de su carrera resistiéndose a que la encasillen como artista indígena. Como mencionó: “Me encantaría que me vieran como una artista que, casualmente, resulta ser nativa”.

Durante años, Simpson pudo mantenerse económicamente dando clases, trabajando en la construcción y en ventas locales en Santa Fe. En los últimos seis años ha alcanzado un nivel poco común de éxito comercial y reconocimiento internacional. En enero instaló una escultura de bronce —una representación monumental de una madre y su hijo— en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. En marzo presenta obra nueva en Australia, en la Bienal de Sídney. Ser una artista reconocida suele implicar viajar sin parar entre exposiciones, residencias, ferias, galas y eventos en todo el mundo. Pero para Simpson, estar arraigada en Santa Clara, donde comienza la mayoría de las mañanas hablando con la tierra y escuchando su respuesta, es parte esencial de su práctica. En tewa, la palabra nung significa tanto “tierra” como “nosotros”. Las montañas, los ríos y las nubes son seres conscientes que observan cada una de sus decisiones. Una se conduce de forma distinta, confiesa, cuando el mundo a su alrededor funge como testigo. “La cultura y los sistemas de creencias Pueblo están anclados al lugar”, explica mientras atravesamos las colinas polvorientas y pardas, salpicadas de las matas de piñón y enebro que rodean el pueblo. “Así que todas las ceremonias, los cantos, todo, tienen que ver con este lugar”. Simpson pasa varias semanas al año participando en ceremonias tewa y muchas más cosiendo ropa, tejiendo canastas, haciendo cerámica y preparando comida para la ocasión. “Se trata de sentarnos juntas y recordar quiénes somos como personas —reír, bromear y llorar mientras trabajamos— y como mujeres”, dice. Las galerías que la representan han aprendido a marcar en sus calendarios los días festivos en los que ella no saldrá del pueblo ni contestará el teléfono, por muy especial que sea la oportunidad o halagadora la invitación. A veces se impacienta ante esas limitaciones, pero no puede imaginarse sin ellas. “Creo que si no hubiera límites, me evaporaría”, menciona.

Hace un año y medio, Simpson me había dicho que todos los días batallaba con las exigencias “vampíricas” del mundo del arte. Ahora, asegura, es más bien cada hora. “En serio me cuestiono cuánto me quita”, comenta en la casa modesta que comparte con Cedar Rain, su hija de 8 años. Pero rápidamente Simpson vuelve a burlarse de sí misma, lamentando el amor incurable por la comida gratis que la lleva a decir que sí a cenas del mundo del arte que preferiría evitar. Sin embargo, se queda atrapada en sus pensamientos por un momento. Le pesa pensar que la energía que invierte en su carrera podría usarse de mejor manera en su comunidad.

Detrás de esa inquietud de Simpson está una larga historia de personas de fuera que han convertido a  las culturas nativas en un fetiche. Simpson recuerda los camiones turísticos que llegaban a Santa Clara cuando era niña y a los visitantes que le tomaban fotos. “Tengo un detonante emocional muy fuerte cuando estoy con personas blancas —o con turistas que, casualmente, suelen ser personas blancas— que se sienten con derecho a acceder a mi espacio, a mis ideas, a mi cuerpo físico”, menciona. Como artista, se enfrenta a una paradoja fundamental. Ha pasado su carrera excavando las partes más profundas de sí misma, intentando que cada obra sea más honesta, pura y real que la anterior. Pero cualquier obra verdaderamente auténtica que haga sin duda revelará algunos aspectos de ese mismo yo vulnerable que ha luchado por proteger, y un sistema de creencias más amplio que no quiere comprometer.

2. ‘THE REMEMBERING’ (2020)

Bosque (2025), de Simpson, aún en proceso, en un taller de Albuquerque.

Simpson trabaja con metal, madera, cuero y tela, pero “el barro es familia”, comenta. “Es de donde venimos”. Su linaje materno ha trabajado con él durante 700 años. Los padres, de Simpson, con quienes mantiene una relación cercana, son artistas. Su padre, Patrick Simpson, hace esculturas en metal que ella nombra como una influencia en su propio trabajo. Su madre, Roxanne Swentzell, fue de las primeras ceramistas en Santa Clara en hacer esculturas figurativas en lugar de recipientes utilitarios. La pareja se separó cuando Simpson era una bebé y, aunque veía a su padre de manera frecuente en Santa Fe, fue Swentzell quien crió tanto a ella como a su hermano mayor, Porter Swentzell, hoy director de la Kha’p’o Community School.

La familia vivió en la reserva dentro de una tienda de campaña militar, con una manguera de jardín como regadera y sin electricidad, antes de mudarse a una casa de adobe que la madre de Simpson construyó con sus propias manos. Simpson creció almacenando semillas y recogiendo leña. Tenían abejas para hacer velas y criaban pavos para comer. Aunque Swentzell y sus hijos vivían de la tierra en parte por necesidad, Simpson reconoce ahora la decisión de su madre como un acto desafiante. En aquel momento se sentía como la niña menos cool —sus primos comían en McDonald’s y veían la televisión—, pero su infancia le enseñó a ser autosuficiente. Lo primero que hizo cuando se mudó a su casa actual, menciona, fue “borrar” la secadora, y sigue sin encontrar una postura clara respecto a tener refrigerador.

Simpson compró su primer carro a su madre cuando tenía 12 años. (No es raro que los niños en Santa Clara empiecen a manejar en cuanto sus pies alcanzan los pedales, dice). El Jeep se convirtió en un refugio. Otros niños nativos se burlaban de ella por ser alta y tener la piel relativamente clara. Más amenazantes eran los hombres borrachos, amigos de un hombre con el que su mamá empezó a salir cuando Simpson tenía unos 9 años, cuyas insinuaciones esquivaba durmiendo en su carro. Porter y ella se mudaron a su propio departamento cuando Simpson tenía 16.

Para ella, el trauma personal y las injusticias históricas son inseparables. The Remembering, una obra de 2020, habla de la violencia y la vergüenza que ella identifica como una herencia colectiva de su tribu. Tres niños de arcilla roja, con los ojos reducidos a finas hendiduras, miran al frente con solemnidad. La mandíbula tensa, los labios carnosos cerrados. Desde el interior de muros cerámicos lisos que envuelven sus cuerpos emergen, en vertical, varas de madera. Las manos grandes de las figuras cuelgan inertes, sostenidas por cadenas de metal.

Simpson creó esta pieza más o menos al mismo tiempo en que las excavaciones de fosas comunes sacaron a la luz nuevos horrores del sistema de internados indígenas que desintegró a familias nativas en todo el país desde principios del siglo XIX hasta la década de 1960. Su bisabuela y homónima, Rose Naranjo, fue una de los cientos de miles de niñas y niños arrancados de sus comunidades y mandados a escuelas donde padecieron hambre, golpizas y otras formas de abuso diseñadas para convertirlos en sirvientes y mano de obra dócil. “¿Qué clase de sociópata, qué clase de persona sin corazón…?”, dice Simpson, mientras se le quiebra la voz. “¿Cómo agarras a unos seres humanos y los conviertes en un recurso natural? Para romper a la gente, rompes a los niños. Lo hicieron a propósito”.

3. ‘TRANSFORMANCE’ (2014)

La escultura The Remembering (2020), de la artista.

No mucho tiempo después de regresar en 2011 a Nuevo México con una maestría del Rhode Island School of Design, Simpson compró un Chevy El Camino de 1985, lo pintó de negro satinado con patrones brillantes inspirados en la estética Pueblo y lo equipó con una transmisión para las carreras de arrancones y un motor que apenas aguanta velocidades por debajo de los 180 kilómetros por hora. Lo llamó Maria (2014). “Maria quiere ir por el mundo a toda velocidad”, comenta. Simpson quería algo parecido: ser tan rápida y ruda que nadie se metiera con ella.

Durante la mayor parte de su vida, ser mujer se sentía como una desventaja. Las mujeres y niñas indígenas son asesinadas en mayor medida que otros grupos en Estados Unidos. No hace mucho, Simpson se despertó de una pesadilla en la que un carro lleno de hombres la perseguía a ella y a un niño que llevaba a la espalda. Al final, la alcanzaban. “Supongo que aquí quedé”, recordó haber pensado. “Este es el momento en el que desaparezco”.

La masculinidad se convirtió en una estrategia de supervivencia. “Entre menos me viera como mujer, más empoderada me sentía”, menciona. Como estudiante en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, donde empezó la licenciatura antes de cambiarse al Institute of American Indian Arts en Santa Fe, Simpson se refugió en el skate y el grafiti, tenía un arete de picos en el tabique de la nariz, se dilataba los lóbulos con expansores del tamaño de una moneda, y dormía con una pistola de 9 milímetros bajo la almohada. Cantaba como vocalista principal en la banda nativa de punk Chocolate Helicopter y en el grupo de hip-hop Garbage Pail Kidz. Buscaba relaciones románticas con mujeres, en parte porque le parecían más seguras, y se vestía como los tipos que adoptó como hermanos. “No uso nada que me impida saltar una barda para escapar de la policía”, recordó haberle dicho a una reportera de estilo de vida que le preguntó por su “sentido de la moda”.

Cuando terminó Maria en 2014, Simpson empezó a pensar en cómo se veía a las mujeres en el mundo del automovilismo, que solían aparecer como modelos en bikini recostadas sobre los cofres de coches clásicos remodelados en exposiciones y carreras. Se preguntó cuál podría ser una alternativa más empoderadora. Ese mismo año, cerró Canyon Road, una zona turística de edificios históricos de adobe en Santa Fe, para una intervención sin permiso. Flanqueada por mujeres indígenas y amistades queer vestidas con cuero negro hecho a la medida, como si se tratara de un batallón postapocalíptico, Simpson condujo lentamente a Maria frente a las tiendas y galerías de arte que vendían cuadros de indos estoicos vestidos con gamuza y plumas. Un latido retumbaba desde las bocinas mientras el grupo avanzaba ante la mirada incrédula de quienes paseaban por ahí. Llamó a la pieza Transformance.

4. ‘TWO SELVES’ (2023)

La performance de Simpson Transformance (2014), que se llevó a cabo en una concurrida zona comercial de Santa Fe.

La hija de Simpson nació en su casa dos años después, en 2016. El padre de Cedar Rain, un viejo amigo de Simpson, no comparte actualmente las tareas de crianza con ella. “Me di cuenta de que mi energía masculina no me servía mucho en esta situación tan difícil en la que tienes a una bebé con cólicos llorando toda la noche”, confiesa Simpson. “Debes recurrir a una fuente muy profunda y antigua para mantener a esta niña con vida y mantenerte cuerda, ¿no? Y ahí encontré una fuente de poder que no sabía que estaba ahí antes”. Esperaba que, al enfrentar sus propios miedos y su autodesprecio, pudiera evitar que su hija los viviera también.

De ese proceso nació Two Selves, un autorretrato de 2023 en cerámica de doble cuerpo y casi dos metros de altura. El rostro de la figura más alta está desgastado por la vida —incluso se le nota triste—. Sin embargo, tiene el mentón elevado y los labios entreabiertos, como si acabara de vislumbrar algo esperanzador en el horizonte. Un niño andrógino atado a su pecho se inclina hacia delante, con los brazos extendidos. Ese ser “soy yo de pequeña”, confiesa Simpson. “Es como el corazón, la parte vulnerable a la que no he dejado hablar, a la que no suelo permitir que me guíe. Y es la que está diciendo: ‘Este es el camino’”.

Cuando llegó el momento de esculpir el rostro de la figura mayor, Simpson tuvo que enfrentarse a sí misma. Regresó a un ejercicio que no practicaba desde la maestría. Al estudiar su propio rostro —la mandíbula fuerte, la frente alta, las finas arrugas— se concentró en los rasgos que detestaba. El objetivo de Simpson no era convencerse de que era bella. Era simplemente aceptar lo que veía, sostener su propia mirada y pensar: “Esta soy yo. Esto es lo que soy”.

5. ‘DAUGHTERS: REVERENCE’ (2024)

Two Selves (2023), una obra inspirada en la experiencia de Simpson al convertirse en madre.

Simpson ve sus esculturas como “caballos de Troya de la conciencia” que se infiltran en espacios donde podrían alentar  a otras personas a examinar sus propias heridas y puntos ciegos. Aun así, a menudo le preocupa engañarse a sí misma, sobre todo cuando se enfrenta a la evidencia de que, para algunos coleccionistas, sus esculturas son poco más que trofeos. “Cuando escucho a la gente preguntar: ‘¿Tienes un Rose? Yo tengo un Rose’, pienso: ‘¿Qué [grosería] es eso? ¿Acabo de convertirme en leña para el fuego?”, confiesa. Hace poco tuvo un sueño en el que intentaba salirse con cuidado de un nido de serpientes, “una metáfora casi demasiado perfecta del mundo del arte”, menciona.

Desde que surgió el movimiento Black Lives Matter hace una década, las galerías comerciales y los museos públicos han intentado corregir sesgos, entre ellos la escasez de obras indígenas en las instituciones estadounidenses. En 2020, la Galería Nacional de Arte de Washington, D.C. adquirió su primera obra importante de una artista nativa, Jaune Quick-to-See Smith, quien murió a principios del año pasado y fue la primera persona indígena en recibir una retrospectiva en el Museo Whitney de Arte Estadounidense en 2023. Hace apenas dos años, Jeffrey Gibson se convirtió en el primer artista indígena en representar a Estados Unidos en la Bienal de Venecia. Simpson desconfía de la prisa que tienen algunas instituciones por incluir perspectivas nativas, que a veces termina en agrupaciones de artistas curadas sin tacto. Cuando los curadores proponen eventos paralelos a sus exposiciones, el discurso estándar suele ser: “‘Busquemos a todos los indios de la zona y hagamos un powwow [una reunión de personas nativas] o algo para honrarlos’”, comenta. “Y yo siempre me pregunto: ‘Cuando expusieron a un artista asiático, ¿hicieron eso?’”.

Daughters: Reverence (2024), una instalación escultórica presentada en la Bienal del Whitney de 2024.

Su respuesta al tokenismo es crear figuras que existen por sí mismas. En la Bienal del Whitney de 2024 instaló Daughters: Reverence (2024), un grupo de cuatro figuras ceremoniosas —en ocre, negro, rojo y gris— adornadas con cascadas de cuentas hechas a mano. Simpson no intentó alisar ni pulir su piel, dejándola marcada con cientos de huellas dactilares. Las figuras monumentales se alzaban frente a frente, aparentemente indiferentes a los espectadores que las rodeaban. “No están haciendo algo para el público”, menciona. “En realidad están trabajando entre ellas”.

Poco a poco, Simpson trata de hacer lo mismo: borrar distracciones y expectativas externas. En parte por eso está aprendiendo a pilotar helicópteros. “En cada momento hay como mil cosas que podrían matarte”, comenta; el peligro la obliga a estar presente. Sueña con construir uno algún día, una hermana alada de Bosque y Maria pintada con patrones similares e inspirados en la estética Pueblo. Sería una obra de arte, pero también algo realmente útil. Con un helicóptero, su tribu no tendría que depender de gente de fuera para llegar a zonas remotas de la reserva. Sería solo para ellos, dijo, “no para nadie más”.


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