
Carolina Chávez
Hoy habría nacido Alexander McQueen, una fecha digna de recordar en homenaje a una figura que además de transformar la moda, también la empujó hacia un terreno donde la belleza dejó de ser complaciente.
Nacido en Londres en 1969, en una familia trabajadora, McQueen creció lejos de los circuitos tradicionales del lujo. Su padre era taxista, su madre ama de casa. Fue el menor de seis hermanos. Ese origen trazó su biografía y especialmente su mirada. Desde ahí desarrolló una sensibilidad capaz de leer las tensiones sociales que más tarde convertiría en lenguaje visual.
Desde muy joven encontró en la ropa una forma de pensamiento. Leía libros de moda desde la infancia y comprendió pronto que el diseño podía ser una herramienta para intervenir el mundo. Su formación en Savile Row consolidó una técnica precisa, que después llevaría hacia territorios donde la sastrería era un asunto verdaderamente serio.
En los años noventa, su irrupción en Londres alteró las coordenadas de la moda. Sus colecciones mostraban una insistencia por revelar aquello que suele permanecer oculto. El cuerpo como campo de expresión, la fragilidad expuesta, el poder como construcción estética, una premisa que siempre defendió. Ganador de cuatro premios del British Fashion Council, su reconocimiento convivió siempre con una postura incómoda frente a la industria.

Cada desfile se armaba como un sistema completo. La ropa, el espacio, la música y la imagen construían una escena donde el espectador no solo observaba, también era interpelado. En colaboración con Nick Knight, McQueen expandió la pasarela hacia el terreno de la instalación y la performance. La tecnología, el artificio y el cuerpo coexistían dentro de una misma narrativa. ¡Qué viaje!
Su imaginario se sostenía en obsesiones constantes; hablamos de aves, anatomía, romanticismo oscuro, historia, erotismo. Encaje, plumas, flores y cuero adquirían una carga emocional que desbordaba lo decorativo. Cada pieza parecía contener una tensión interna, como si la ropa pudiera hablar desde un lugar propio.

Recuerdo el momento con una precisión extraña, yo era estudiante en una secundaria pública en el Estado de México. Entre clases y la biblioteca de mis papás, desarrollé el hábito de hojear revistas de moda como quien busca una puerta hacia otro mundo. Fue ahí donde apareció el nombre de Alexander McQueen, fue toda una revelación.
No sabría precisar el año. Apenas una imagen, una síntesis de colección, suficiente para alterar algo. Rojos intensos, ornamentos llevados al límite, una violencia estética que se parecía a lo que sentía entonces. Esa energía encontró una traducción inmediata en mi forma de vestir. Estoperoles, coronas de plástico de feria, una insistencia casi intuitiva por habitar el exceso. Sin entenderlo del todo, ese impulso ya estaba en diálogo con McQueen.
Desde entonces, esa fuerza no ha dejado de habitarme.
Siento una gratitud profunda por ese artista incómodo. Por haber abierto una grieta cuando aún no sabía nombrarla. Por haber sostenido una postura donde la incomodidad era celebrada; hay algo en McQueen que permanece como una advertencia y también como un refugio.
A modo de homenaje, más que de manda, mientras pueda volveré a escribir sobre él cada año. Como un recordatorio persistente de que existir fuera del molde tiene un costo, pero también una potencia. De que para las ovejas rosas de la familia —como él mismo se nombraba— la incomodidad no es una etapa, es una forma de vida.

Ahí radica una de las huellas más persistentes de su obra. No se limita a la pasarela ni al archivo, se infiltra en la vida cotidiana, empuja hacia los bordes, legitima la diferencia y sostiene identidades que no quieren suavizarse.
Hoy, la maison Alexander McQueen continúa ese pulso bajo la dirección creativa de Seán McGirr, quien asumió el cargo en 2023. Su trabajo reciente marca un momento de transición donde la casa mantiene sus códigos esenciales mientras ensaya nuevas formas de expresión.
La sastrería estructurada, la relación entre cuerpo y prenda, el dramatismo contenido y una lectura emocional de la silueta siguen presentes. También persiste un lenguaje constante entre fragilidad y fuerza, entre control técnico y desborde expresivo. La maison reinterpreta el archivo desde el presente.
En ese tránsito, McQueen se convierte en una forma de pensamiento. Una manera de entender la moda como lenguaje poderoso, incidente y dinámico que sigue activo, capaz de atravesar generaciones sin perder intensidad.