
Daniel González
Hace cuarenta años, Steven Spurrier, un intrépido comerciante de vinos británico radicado en Francia, tuvo una epifanía: aprovecharía las celebraciones del bicentenario de la fundación de Estados Unidos para organizar una cata ciega en París en la que los grandes vinos franceses se enfrentaran a los entonces advenedizos vinos de Napa Valley, en California. Lo que no sabía Spurrier, que llegó a reconocer a la revista Newsweek que creía haberlo “manipulado todo para que ganaran los franceses”, es que la victoria de los vinos californianos aquella tarde en el Hotel Intercontinental, el conocido como Juicio de París, cambiaría para siempre la industria del vino, elevando a países como Sudáfrica, Nueva Zelanda, Chile o Argentina a productores legítimos de la cada vez más competitiva (y fratricida) industria vinícola mundial.
Estamos en Mendoza, al oeste de Argentina, y antes nuestros ojos, a las faldas de los Andes, se levanta una construcción que es también uno de los grandes símbolos de aquella rebelión que California inició en París mediados los 70: la pirámide sede de Bodega Catena Zapata, la más antigua de Argentina, productora de algunos de los mejores vinos del planeta. Acá, todo comenzó a finales del siglo XIX, cuando Nicola Catena partió de Italia en busca de un mejor futuro al otro lado del Océano Atlántico. Lo encontró en Mendoza y allí plantó en 1902 su primera cepa de la variedad malbec. La revolución, sin embargo, llegó a comienzos de los 80, cuando Nicolás Catena Zapata, tercera generación, viajó a California y descubrió Napa Valley. Aquella “visión californiana”, como él mismo la definió, culminó en 1992 con Adrianna, terroir nombrado así en homenaje a la bisnieta del fundador y ubicado en una de las colinas del viñedo familiar, a 1,500 metros sobre el nivel del mar. Considerado por Robert Parker “como el Grand Cru de Sudamérica”, en 2018 Adrianna destrozó el inamovible statu quo del universo del vino, con dos de sus etiquetas –Gran Enemigo Gualtallary Single Vineyard Cabernet Franc 2013 y Catena Zapata Adrianna Vineyard Riverstone Malbec 2016– sumando por primera vez 100 puntos en la lista que el reconocido crítico publica anualmente en la revista Wine Advocate.

“A finales de los ochenta, cuando Nicolás propone a su padre dar un cambio a la bodega, llegan acá, pero acá no había nada. La única manera de llegar era a caballo o en helicóptero. Los resultados de una muestra de suelo tardaban tres semanas en llegar, era un emprendimiento mucho más arriesgado de lo habitual”, nos dice Federico Guzzo, encargado del Adrianna, en el mismo terruño, sobre cómo los Catena lograron transformar una tierra a priori yerma en uno de los terruños más respetados por sus pares. “Al principio comenzaron con variedades merlot, pinot noir y chardonnay porque son de ciclo corto. No se sabía nada, así que no quisieron arriesgarse con maduraciones prolongadas”, añade Guzzo. A nuestro alrededor, con el sol de montaña golpeando las vides, confirmamos esas características que han permitido a esta bodega competir sin complejos con barolos, riojas, priorats, borgoñas y medocs; a saber: suelo calcáreo, que confiere a los vinos color, notas minerales y un gran potencial de envejecimiento; profundidad, que ofrece capacidad de guarda, una alta concentración de taninos y notas como orégano, romero y frutos del bosque; y pedregosidad, que contribuye a dar a los vinos armonía, untuosidad y una alta intensidad.

Ya en los sótanos de la pirámide, tras haber disfrutado de un excelente estofado de conejo con vistas a la cordillera y las vides, Ernesto Bajdi, uno de los enólogos de la casa, insiste en esta idea. “Nosotros en terroir avanzamos en 20 años lo que el Viejo Mundo hacía en 300 o 400 años”, nos explica ante una copa de Catena Zapata Estiba Reservada 2018, una joya surgida del equipo de enología dirigido por Alejandro Vigil, una leyenda de la industria. Y es que, apoyado en la tecnología, el equipo de Catena Zapata ha logrado resolver en un año “preguntas que antes se respondían en décadas”, dice Bajdi, quien también reconoce el gran inconveniente al que se enfrenta una bodega que hace apenas 35 años que comenzó a dar rienda suelta a su vocación de producir vinos tan complejos, equilibrados y estructurados como cualquier europeo. La gran diferencia radica, explica, en que a los enólogos de Borgoña, Rioja, Burdeos o Toscana esa longevidad histórica les ha permitido recibir información privilegiada sobre el envejecimiento, “una máquina del tiempo que acá todavía no hemos podido inventar”, bromea. “Tenemos vinos de 25 o 30 años que nos están mandando mensajes muy lindos y también sabemos que la variedad malbec es una gran añejadora, una pregunta que ya nos hacíamos en el 2000”, explica el enólogo.

En realidad, y a diferencia de las grandes bodegas europeas, en Catena Zapata no necesitan esperar a 2045 para descubrir el comportamiento que pueda ofrecer una uva cosechada en 1995. Varias de sus etiquetas (Catena Zapata Adrianna Vineyard River Malbec, Catena Zapata Adrianna Vineyard Mundus Bacillus Terrae Malbec, Nicolás Catena Zapata, Catena Zapata Malbec Argentino, Catena Zapata Estiba Reservada, Catena Zapata Adrianna Vineyard White Bones Chardonnay, entre otras) figuran año tras año entre las más reconocidas por críticos y clientes, y sus etiquetas pueden verse no solo en Argentina, México y Estados Unidos, mercados tradicionales de la industria vitivinícola argentina, sino que también son habituales en las cartas de los grandes restaurantes del mundo. “Catena Zapata Estiba Reservada es el vino con el que más hemos aprendido sobre añejamiento y cabernet sauvignon”, reconoce Bajdi. “[Nicolás Catena] siempre tuvo el desafío de elaborar un vino que fuese comparable con los mejores cabernet sauvignons de Francia y del hemisferio norte en general. Después de muchos años de investigación, conocimiento y energía identificamos que la zona de Agrelo [localidad cercana a Mendoza en la que se ubica la bodega] tenía la capacidad de entregar un vino que respetaba las características del cabernet Sauvignon, pero con identidad propia”, nos dice Bajdi frente a una copa de Catena Zapata Estiba Reservada de 2018, uno de los caldos mejor valorados del mundo.
Estrella Michelin

Absolutamente integrados en el star system del vino, en Catena Zapata no se limitan únicamente la producción de caldos. El pasado año, la bodega fue nombrada la mejor del mundo por The World’s Most Admired Brands, lista elaborada por Drinks International. “Catena es número uno en una lista que en su top 10 incluye los vinos que degustaba con mi padre cuando yo tenía 17 años. En ese entonces, mi padre me contaba de su sueño, de la aspiración de hacer vinos deenArgentina que compitieran con los mejores del mundo, que eran Gaia, Antinori, Sassicaia y Romanée-Conti… Este reconocimiento demuestra que el terroir de altura y el malbec argentino son marca número uno en el mundo”, decía entonces al periódico La Nación Laura Catena, directora general de Catena Zapata, fundadora en 1995 del Instituto del Vino y autora de Vino argentino, libro imprescindible para comprender esa revolución enológica que dio comienzo a finales de los ochenta.

No es, sin embargo, el único galardón recibido por esta bodega centenaria. En 2023, Catena Zapata fue premiada como la mejor del mundo por The World’s 50 Best Vineyards en una ceremonia celebrada en La Rioja en la que la casa argentina competía con otras como Marqués de Riscal, Château Smith Haut Lafitte, Maison Ruinart o Château d’Yquem, y ese mismo año, abría las puertas el restaurante Angélica – Cocina Maestra, ubicado a apenas unos metros de la pirámide principal del viñedo. El local, que semeja un pequeño borgo italiano, homenaje a la madre de Nicolás Catena Zapata, representa, según la Guía Michelin, que en 2025 lo reconoció con una estrella, “la vuelta a los sabores mendocinos desde la modernidad” en un entorno enológico único en el mundo. La experiencia en Angélica comienza con un recorrido por las cavas privadas de la propiedad, a las que se accede a través de una escalera que protege la piedra de obsidiana más grande de Latinoamérica. Allí, ante una imponente mesa de madera, entre fotografías históricas del viñedo y la familia Catena Zapata, barricas de cobre, botellas de vermú local y un alambique de cobre con el que se proyecta una más que probable próxima elaboración de brandy argentino, se resguardan las grandes etiquetas elaboradas por la bodega a lo largo de su historia, punto de partida del concepto gastronómico de un restaurante regido por el lema “el vino es primero”. Y es que en Angélica no es el vino el que se marida con los platos, sino a la inversa; es decir, en la mente de Josefina Diana, chef a cargo de las cocinas de Angélica, son los chinchulines a las brasas los que se maridan con un Angélica Zapata Chardonnay 2005 o el ojo de bife el que acompaña al Malbec Argentino 2008. Aquella tarde del 24 de mayo de 1976, en el Hotel Intercontinental de París, Spurrier logró reunir un jurado de ocho miembros para juzgar su histórica cata a ciegas. Sin embargo, solo un periodista estuvo presente en la cita. “El Juicio de París destruyó el mito de la invencibilidad francesa y marcó el comienzo de la democratización del mundo del vino. Fue el evento que cambió el vino para siempre”, escribió George Taber en la revista Time. Quizás, sin la inocencia de aquellos lejanos años setenta del siglo XX, los racimos del Nuevo Mundo jamás hubieran existido.