Pabellón de la tienda departamental Galerías Lafayette en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París de 1925.

Abraham de Amézaga

La Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París de 1925 brindó cierto optimismo a una Europa que acababa de poner fin a la Primera Guerra Mundial y confirmó al art déco, heredero directo del art nouveau, aunque más simétrico, estructurado y depurado, como uno de los estilos más influyentes del siglo XX.

Capa diseñada por Marguerite Pangon, ca. 1925.

Nacido en Francia, potencia económica y militar de la época, y calificado por algunos como elitista, el art déco no se manifestó únicamente en la arquitectura de edificios como el Chrysler de Nueva York o en fachadas como las de los teatros Folies Bergère, Rex o Champs Elysées, todos ellos en París. También podemos apreciarlo en La Piscine de Roubaix —proyectada en los años treinta del siglo pasado por el arquitecto Albert Baer para los bañistas de la ciudad y hoy Museo de Arte e Industria André Diligent— o en el trasatlántico Normandie, quizá el ejemplo más logrado del art déco llevado al mar. El navío, botado en 1935, apenas un año antes que su rival Queen Mary, destacaba sobre todo por unos interiores en los que podían verse lacas de Jean Dunand, paneles de vidrio firmados por René Lalique y marquetería concebida por Jacques Émile Ruhlmann. Sus lámparas de carácter escultórico, sus cálidos y sobrios salones y su contenido clasicismo lo convirtieron en la encarnación de un lujo francés más teatral.

Salle à manger, ilustración de René Chavance y Charles Moreau, lámina 18 del álbum Une ambassade française (1925).

Muchas de las piezas más importantes de esta corriente artística están resguardadas en el Museo de las Artes Decorativas (MAD) de París, espacio que hasta el próximo 26 de abril acoge la muestra 1925-2025. Cent ans d’art déco. “El objetivo de la exposición es mostrar todas las facetas del art déco”, explica Anne Monier-Vanryb, comisaria de la muestra. “El MAD posee la más bella colección de art déco, por lo que queríamos mostrar el mayor número posible de nuestras obras maestras, pero también obras menos conocidas y tipologías menos esperadas”, detalla Monier-Vanryb sobre una muestra que repasa la mayoría de formatos en los que el art déco tuvo influencia, como papeles pintados, textiles, mobiliario, objetos e interiores firmados por, entre otros, Pierre Chareau, Eileen Gray o Jules Leleu, además de los mencionados Ruhlmann y Dunand.

Detalle del bar del nuevo Orient-Express, diseñado por Maxime d’Angeac.

El millar de obras reunidas en las salas del MAD parisino forma un recorrido visual que, de alguna manera, rinde homenaje a aquella exposición de 1925 en la que marcas como Cartier, Chistofle, Lanvin, Poiret y Hermès mostraron al mundo sus delicadas creaciones, mezcla perfecta de artesanía e industria. Ese es el espíritu, a una escala mucho más contenida, que se ha querido recrear ahora en París. No podía faltar, pues, un apartado dedicado a los grandes protagonistas: artistas, mecenas y patrocinadores e instituciones, “así como un espacio para reflexionar sobre las figuras del art déco que se alejaron de esta estética para aproximarse a la racionalidad y a la posibilidad de la producción en serie, como Francis Jourdain o Eileen Gray”, apunta Monier-Vanryb.

Puerta de Orsay dela Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París de 1925.

Al fin y al cabo, los mayores coleccionistas de art déco se han encontrado históricamente en Francia. Uno de esos ejemplos es la pareja formada por el vizconde Charles de Noailles y Marie-Laure Bischoffsheim, mecenas de Ruhlmann —“el ebanista de los millonarios”, como pasó a ser conocido— y propietarios de Villa Noailles, casa proyectada por el arquitecto Robert Mallet-Stevens a comienzos de los años veinte en la que ya se percibe un temprano estilo art déco. La rama francesa de la familia Rothschild mostró un gusto desmedido y una notable sensibilidad por esta tendencia, encargando lujosos muebles para sus mansiones a artistas y diseñadores como el propio Ruhlmann y el exquisito Carlos de Beistegui. Nacido en México y residente en la capital francesa, Beistegui se convirtió con el paso del tiempo en uno de los grandes coleccionistas de su época. Al otro lado del Océano Atlántico, la familia Rockefeller apostó por el genio de Jean-Michel Frank —admirado por Jean Cocteau y Elsa Schiaparelli, entre otros— para decorar su apartamento de dos plantas en la Quinta Avenida de Nueva York, camino que siguió la poderosa familia Born para su casa del barrio de San Isidro, en Buenos Aires.

Más allá de los referentes de la arquitectura interior, en el terreno de la moda fueron especialmente relevantes los diseños de Madeleine Vionnet y Jeanne Lanvin, creadoras de propuestas en las que refinamiento y sofisticación avanzaban de la mano. En el terreno de la pintura destacaron las creaciones de Tamara de Lempicka —“no pinto sueños, pinto mi vida”, repetía—, y Sonia Delauney, también diseñadora y una de las protagonistas de la exposición Les années folles de Coco Chanel, organizada el pasado verano por el Nouveau Musée National de Mónaco; en ella se desvelaba la enorme influencia que las líneas, la modernidad y la geometría características de esta corriente artística habían tenido en la creadora francesa.

Grand salon de réception, ilustración de René Chavance y Charles Moreau, lámina 15 del álbum Une ambassade française (1925).

Para Mathieu Rousset-Perrier, encargado de la selección de joyas del MAD, la joyería, una “precursora” de este estilo, no podía faltar en el recorrido. “Mostró las características del art déco ya en 1904-1905, mientras que generalmente se fecha el nacimiento del fenómeno alrededor de 1912, con el proyecto de exposición que al final tuvo lugar en 1925 y el manifiesto de André Vera”, dice Rousset-Perrier a T México.

En este contexto de regeneración de las artes decorativas galas destacan los nombres de Charles Jacqueau, quien según Rousset-Perrier aportó una nueva paleta y “nuevas e inusuales combinaciones de colores” durante su etapa en Cartier, y Paul Iribe, amigo personal y compañero profesional de Chanel. “Rompió códigos y barreras y simplificó líneas combinando piedras según sus cualidades cromáticas”, explica el curador. Una de las piezas más icónicas de Iribe, el Aigrette diseñado por él mismo en 1909 y realizado por Robert Linzeler, está presente en la exposición. “Representa un punto de inflexión en la historia de la joyería por la sobriedad de sus líneas, la influencia oriental y la combinación inédita del azul de los zafiros y el verde de las esmeraldas”, detalla Rousset-Perrier. Igualmente, se pueden apreciar creaciones de Boucheron, Chaumet y Van Cleef & Arpels junto a otras de Raymond Templier y Jean Desprès. La radicalidad del estilo está representada por un broche que diseñado por Jean Lambert-Rucki para Jean Fouquet.

Reloj Pendulum (1927), de Louis Cartier y Maurice Couët, una de las piezas art déco que pueden verse en la exposición parisina.

La exposición 1925-2025. Cent ans dArt déco, para cuyo disfrute son necesarias al menos dos horas, finaliza con una galería temática en la que se explora el art déco desde puntos de vista como el cine y los viajes, con el Orient-Express, que volverá a la vida en 2027, como protagonista del espacio más amplio de la exposición. Se pueden apreciar objetos y diseños del lujoso e histórico tren, así como la reconstrucción de un compartimento de los coches-cama Lx, lanzados a finales de la década de los veinte. Pero, sobre todo, este apartado pone de relieve el tren que circulará a partir del próximo año, cuyos salones y cabinas han contado con la dirección artística de Maxime d’Angeac.

No es el del MAD, sin embargo, el único homenaje parisino al mundo del viaje de la primera mitad del siglo XX. En la misma orilla derecha de la capital, mirando al Pont-Neuf, el puente más antiguo de la ciudad, el espacio LV Dream acoge la exposición Louis Vuitton Art Déco, con más de 300 piezas de sus archivos históricos relacionadas con este estilo artístico y repartidas en ocho salas. La muestra cuenta además con una reproducción exacta del stand utilizado por la maison en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de París de 1925.

La diversidad (de tendencias estilísticas, sensibilidades individuales y propuestas locales) es una de las claves de la muestra. Una pluralidad que, según explica en el catálogo Bénedicte Gady, directora del MAD, “pretende destacar sin ser exhaustiva”. “Es por naturaleza ilusorio: se asemeja así a una sucesión de puntos de vista. La propia exposición de 1925 solo ofrecía una imagen puntual de una renovación estética y técnica iniciada casi veinte años antes y que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial”, escribe Gady.

Aún hoy, la presencia y la influencia del art déco continúan vigentes. Aunque su peso no siempre resulta fácil de percibir, son innumerables los edificios —tanto en sus exteriores como en sus interiores—, así como restaurantes, cafés, cines o estaciones de tren, en los que sigue presente. También lo vemos en lámparas, alfombras o papel pintado, entre otras creaciones decorativas. Un lenguaje visual elegante y estilizado, audaz y moderno, asociado a los locos años veinte, que continúa inspirando. Recordemos, como bien señaló el historiador británico Bevis Hillier, quien ha dedicado varios libros al tema desde 1968, que “el art déco ha disfrutado de varios renacimientos desde su apogeo”, con lo que aún le quedan múltiples vidas por delante.


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