Hay películas que se recuerdan por sus diálogos y otras por sus silencios. Paris, Texas pertenece a la segunda categoría. Wim Wenders construyó en 1984 una historia donde el paisaje tiene voz propia y donde el protagonista, Travis Henderson, reaparece después de cuatro años como si el mundo hubiera seguido sin él. Camina por el desierto con una gorra roja, cargando una ausencia que el espectador aún no conoce. Su mutismo no es una pose, es una herida, y lo que termina fascinando, es que es una herida que no solo le pertenece a él, sino en cierto punto, al espectador.

Imagen, cortesía de la película

La premisa es simple: Travis pierde la memoria, y su hermano Walt lo encuentra para llevarlo de vuelta a lo que queda de su vida. Pero entre el punto de partida y la llegada se despliega el verdadero corazón de la película. La road movie no es movimiento, sino desplazamiento interior. Travis regresa a su hijo, regresa a la imagen de su esposa Jane, regresa a un pasado que lo expulsó. Wenders nunca busca explicar, solo sugiere.

Sam Shepard escribió un guion en el que cada palabra pesa y cada gesto funciona como brújula emocional. Robby Müller filmó el desierto como un territorio suspendido entre la historia personal y el mito americano. Y Ry Cooder compuso una guitarra que no acompaña la trama, sino que la abre. Esa slide guitar es el hilo delgado que une los silencios del protagonista con el paisaje.

Imagen, cortesía de la película

La película avanza con una calma casi documental. No hay estridencias, no hay redenciones fáciles. El reencuentro entre Travis y Jane —en esas cabinas de peep show que funcionan como confesionario— está hecho de miradas que nunca coinciden y verdades que llegan tarde. Wenders filma la vulnerabilidad con una delicadeza que aún hoy incomoda: muestra, pero no invade.

En Paris, Texas la identidad no es un conjunto de certezas, sino un territorio en ruinas que se recorre a tientas. El viaje no salva a Travis. Solo lo revela. Y quizá esa sea la razón por la que la cinta se mantiene viva; sigue preguntando qué hacemos con aquello que destruimos y con las personas que esperan que volvamos.

Cuarenta años después, la película conserva su capacidad de conmover sin artificios. Es un relato sobre el extravío, sobre las familias que se rompen y sobre la nostalgia de lo que no supimos sostener. En su último plano, Paris, Texas deja un espacio abierto, casi un susurro: a veces, el regreso solo es posible si uno aprende a irse.


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