Redacción T Magazine México

Para John Sonsini, volver a México no es un gesto nostálgico ni un simple hito profesional. Es un acto de coherencia vital. “Mis primeras estancias en México, en los años ochenta, moldearon profundamente la manera en que pensé el trabajo que vendría después”, dice el artista. “Presentar hoy una exposición en la Ciudad de México es algo que siempre imaginé, pero nunca supe cómo ocurriría. Es, literalmente, un sueño cumplido”.

La exposición Francisco, Roger, Jorge, David, Enrique, Rodney, Carlos, Gabriel, Ramiro, Luis, Fernando, Rian, and Carlos, presentada en la galería PARA A, marca la primera muestra individual de John Sonsini en México. Reúne una selección de obras recientes en óleo y acuarela derivadas de su extensa serie Day Workers, desarrollada desde principios de los años 2000, y funciona como una condensación precisa de los ejes que han atravesado su práctica durante más de tres décadas: el retrato como experiencia social, la pintura como forma de presencia y la mirada como acto ético.

El vínculo de Sonsini con la Ciudad de México se remonta al verano de 1985, cuando vivió aquí durante varios meses. Aquella estancia fue decisiva y quedó marcada por dos experiencias simultáneas: el descubrimiento de los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional y el terremoto que sacudió la ciudad ese mismo año. Obligado a evacuar su estudio, el artista perdió toda la obra que había producido en México. “Hay experiencias tan profundas que te vinculan para siempre con un lugar”, recuerda. “Siempre sentí que la Ciudad de México quedó ligada a mi vida desde ese momento”.

Más allá de la pérdida, aquel periodo detonó una transformación profunda en su manera de entender la pintura. Frente a la escala monumental de los murales y a la intensidad de la vida urbana, Sonsini atravesaba una crisis creativa. “Había empezado a exponer, pero no estaba satisfecho con la dirección de mi trabajo”, admite. El viaje operó como una ruptura. Al volver a Los Ángeles, tomó una decisión radical: dejar de buscar temas abstractos y pintar a las personas que tenía delante. “Volví con una certeza muy clara: iba a pintar a los hombres de mi vecindario. Nada más”.

Desde entonces, su obra ha insistido en expandir la noción de retrato más allá de la representación. Sonsini pinta siempre a partir de la presencia física del modelo, en sesiones largas y repetidas. “Lo que quería era estar en la habitación con otra persona”, explica. “La pintura debía ser un registro de ese encuentro”. Para él, el retrato no es una captura psicológica ni una ilustración social, sino la evidencia de una relación. “En cuanto hay dos personas en un espacio, hay sociedad. La dimensión social ya está ahí, no necesito imponerla”.

Ese intercambio se vuelve especialmente visible en la manera en que trabaja la mirada. Sonsini pide a sus modelos que lo miren directamente. No busca comodidad ni poses neutras. “Mirarnos significa que estamos en el presente”, dice. “Si ambos estamos ahí, en ese momento, la pintura puede dar testimonio de eso”. Lejos de entender el retrato como una revelación del otro, el artista propone una inversión sutil: “La intimidad no surge porque yo aprenda sobre el modelo, sino porque el modelo aprende sobre mí. Entran a mi estudio, a mi vida, a mi forma de trabajar”.

En un contexto contemporáneo marcado por la velocidad y la saturación visual, Sonsini defiende la lentitud como una forma de claridad. “Pintar del natural me permite eliminar el ruido”, afirma. “Quita todo lo innecesario del acto de mirar”. Por eso no pinta a partir de fotografías: no le interesa la fidelidad literal ni la acumulación de información. “Quiero que la pintura se vea exactamente como pintura, y que el retrato se parezca más o menos al modelo. Eso es suficiente”.

La exposición en PARA A pone especial énfasis en dignificar a los trabajadores retratados —en su mayoría inmigrantes latinos en Estados Unidos— no como símbolos ni alegorías, sino como individuos irreductibles. La inclusión de acuarelas, realizadas durante la pandemia a partir de obras previas, introduce además una nueva tensión en su método: estudios que no funcionan como bocetos, sino como una segunda estancia reflexiva, más solitaria, sobre la presencia y la memoria.

A sus 75 años, Sonsini mira su trayectoria con una lucidez desarmante. Nunca planeó proyectos ni eligió “temas”. “La pintura siempre fue parte de mi relación con la vida”, dice. Quizá por eso, su obra sigue recordándonos algo esencial: que mirar con atención —de verdad— sigue siendo un acto profundamente radical.

Francisco, Roger, Jorge, David, Enrique, Rodney, Carlos, Gabriel, Ramiro, Luis, Fernando, Rian, and Carlos puede visitarse en PARA A, ubicado en Parque Melchor Ocampo 38, Cuauhtémoc, CDMX del 4 de febrero hasta el 13 abril de 2026. Es necesario hacer cita: [email protected].


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