
Redacción T Magazine México
El trabajo de Cécile Perra aparece como una constelación de figuras textiles, cuerpos ensamblados, rostros antiguos y materiales que conservan huellas. Hay infancia, memoria y una pulsión manual que sostiene cada pieza. Nacida en Metz en 1978 y formada en artes plásticas en Épinal y Aix-en-Provence, su trayectoria se despliega entre la enseñanza, la práctica artística y una relación íntima con técnicas que exigen cercanía corporal.
Perra trabaja con telas, fotografías antiguas, vidrio pintado y collage. Cose, recorta, superpone. Sus figuras evocan muñecas antiguas, criaturas míticas y presencias silenciosas que cargan historia. En cada obra hay una tensión delicada entre lo lúdico y lo melancólico, una inteligencia material que observa sin explicar.

La dimensión humana atraviesa su práctica. Durante años ha desarrollado talleres y proyectos con personas en situación de discapacidad intelectual en Francia y Bélgica, integrando la creación artística como espacio de vínculo, transmisión y escucha. Esa experiencia permea su obra, donde la fragilidad se afirma como potencia y la atención se vuelve método. Desde 1996, su trabajo circula en galerías y espacios culturales de Francia y del extranjero. Londres, Lisboa, París, Ginebra, Marsella y diversas ciudades europeas han sido parte de un recorrido sostenido que privilegia la constancia sobre el ruido. Las exposiciones, residencias y proyectos públicos dialogan con una ética del hacer que confía en el tiempo y en la repetición como forma de conocimiento.


“Solo con los ojos del alma se puede ver bien”, escribió Antoine de Saint-Exupéry. En la obra de Perra, esa idea se materializa. Sus manos miran. La materia responde. El gesto se convierte en relato. Cada pieza propone una pausa y una forma de atención que resiste la velocidad contemporánea, recordando que la sensibilidad también construye pensamiento.