
Alexa Brazilian
El pasado abril, durante el Salone del Mobile, la feria anual de mobiliario en Milán, Sten Studio, la firma de diseño con sede en la Ciudad de México, presentó 11 esculturas de hasta dos metros de altura compuestas por piedras geométricas coloridas apiladas unas sobre otras. En ellas se integraban rocas de todo el mundo —calcita azul de México, ónix verde y rosa de Oriente Medio, mármol Calacatta Lincoln de Estados Unidos—, y la base de cada estructura totémica estaba rodeada de arena color turquesa que, según explicó José Miguel Schnaider, el fundador y director creativo del grupo, simbolizaba tanto el polvo que se acumula al tallar las piedras como un paisaje intergaláctico imaginario. La muestra, que se llevó a cabo en una villa del siglo XIX en ruinas a las afueras de la ciudad, se inspiró en la alineación planetaria, las ruinas arqueológicas y la unidad global, señala Schnaider, de 34 años. “Todas las sociedades observan el cosmos. Los tótems y el arte vertical son un concepto universal que se puede encontrar en muchas culturas. En este tiempo tan intenso, quisimos crear arte que representara lo que tenemos en común”.
Las columnas de Sten Studio son solo un ejemplo del creciente número de piezas monumentales y verticales que están creando hoy artistas de todo el mundo. El término tótem proviene de la palabra ojibwa que designa al clan de una persona, pero los primeros tótems con los que se toparon los europeos —en la costa norte del Pacífico, a finales del siglo XVIII— fueron tallados en troncos de cedro rojo por otros pueblos indígenas de América. Sin embargo, los creadores contemporáneos pueden sentirse igualmente inspirados por la antigua tradición de apilar piedras —incluyendo los cairns, o montículos, usados en las culturas celta, gaélica, nórdica, sudamericana y africana para marcar tumbas, senderos y otros lugares importantes— que por dichos pilares de madera elevados.

“Este tipo de arte puede encontrarse de oriente a occidente”, comenta Casey McCafferty, artista radicado en Nueva Jersey de 36 años que comenzó en 2010 creando mobiliario comercial en Santa Mónica, California, y hoy crea esculturas abstractas en cedro rojo y roble. Según menciona, le gusta “cómo se mueve instintivamente mi cuerpo cuando esculpo libremente. Es ergonómico y gravitacional, el camino de menor resistencia”. Con el tiempo, su trabajo evolucionó hasta convertirse en los tótems de más de dos metros y medio por los que es conocido: formas ameboides, imponentes, con alguna nariz por aquí, una oreja o una mano por allá. La artista multidisciplinaria Olivia Cognet, originaria de Niza, Francia, produce esculturas de gres sin esmaltar influenciada por la obra de Costantino Nivola, escultor originario de Cerdeña, Italia, que a mediados del siglo XX utilizó concreto colado en arena para crear tótems inspirados en estructuras prehistóricas. “Las esculturas de estilo totémico fueron una parte fundamental de la decoración de mediados de siglo”, explica Cognet, de 43 años, quien dirige un taller en Vallauris, una localidad de la Costa Azul, y también fabrica lámparas compuestas por cerámica en círculos, cuadrados y otras formas apiladas que evocan el contorno de una cabeza de esfinge egipcia o las alas de un águila. “No veo una frontera entre los objetos funcionales y mi escultura. Nada se hace con molde; todo es arte”.
Las esculturas minimalistas del artista mexicano José Dávila —cilindros de concreto, orbes metálicos pulidos o piedras de lava apiladas— reflejan una búsqueda creativa distinta. Formado originalmente como arquitecto en Guadalajara, Dávila aborda su práctica con una mirada de ingeniero. “Me atrae el acto fundamental de colocar: el equilibrio, la tensión y la liberación. Desde siempre, los humanos han apilado objetos para dotarlos de significado espiritual”, comenta el artista, de 51 años, quien también se inspira en las ruinas romanas y en las líneas gráficas y coloridas de los edificios de Luis Barragán. “Se trata de resistir la fuerza de gravedad, lo cual es un acto de desafío en sí mismo”.
