
Por Nick Haramis
Fotografía por Ricardo Labougle
Cada primavera, el pueblo de Sent, Suiza, una remota comunidad alpina a 65 kilómetros al noreste de St. Moritz, está prácticamente vacío. Los esquiadores se marchan al ritmo que la nieve se derrite y, salvo uno o dos restaurantes, la mayoría de los negocios locales cierran hasta la siguiente temporada. Este pasado abril, en la vasta galería de la planta baja de su casa de tres pisos y más de mil metros cuadrados, el comerciante de arte Gian Enzo Sperone mira por la ventana y suspira, satisfecho. “No me gusta ver gente”, dice, mientras su pareja, Tania Pistone, la pintora y diseñadora de joyas siciliana de 56 años, aparece con un plato de carne curada de res y de venado. Hoy, en sus ochenta, Sperone, a quien a menudo se le acredita introducir el pop art estadounidense en Italia en la década de 1960, y que más tarde impulsaría las carreras de pintores neoexpresionistas como Francesco Clemente y Julian Schnabel en Sperone Westwater, la galería neoyorquina que abrió en 1975 junto con Angela Westwater y Konrad Fischer, ya casi no viaja. (Fischer, que murió en 1996, dejó la galería en 1982; Westwater dirige ahora el negocio sola). “La forma en la que vivo, en grandes casas llenas de arte”, dice, señalando a su alrededor —donde se miran unas huellas de manos embarradas aplicadas en círculos concéntricos directamente sobre la pared, obra del artista británico Richard Long; una pintura abstracta y vibrante de Peter Halley, artista radicado en Nueva York; un conjunto de testículos de yeso modelados a partir de los del David de Miguel Ángel (aunque 33 veces más grandes) por el artista suizo Not Vital— pero también refiriéndose al tiempo que pasa en Montecarlo, en la campiña romana o en Turín, donde nació, “es lo único [de lo que] quiero hablar. Lo demás no me interesa”.


Hace unos 20 años, Sperone visitaba a Vital, a quien había representado, en el estudio del artista en Sent. Vital y su hermano menor, el arquitecto Duri Vital, de 68 años, que vive en la misma calle, le comentaron que una casa del siglo XVI con fachada de estuco color crema y persianas grises, con vistas a los Alpes, estaba en peligro de ser vendida y dividida en departamentos pequeños. “Era impensable que este edificio, uno de los más hermosos y significativos de todo el valle de Engadina, se sacrificara por una renovación insensata”, recuerda Duri sobre la propiedad, que había sido reconstruida en 1709 como casa señorial para el gobernador de Valtellina, hoy parte de la región Lombardía, al norte de Italia. Convenció a los dueños, una familia de Liguria, de reconsiderarlo y prometió encontrarles al comprador adecuado. Sperone hizo una oferta. Pero antes de cerrar el trato, necesitaba la aprobación del alcalde. Por fortuna, puede llegar a ser bastante persuasivo: en 2007, por ejemplo, convenció al arquitecto británico Norman Foster de que debía diseñar y construir la sede actual de Sperone Westwater en la Bowery de Nueva York, asegurándole que los artistas de la galería lo habían elegido a él sobre Renzo Piano (aunque ni siquiera se les había consultado). “Le prometí al alcalde, que es agricultor e inteligente, que cada año organizaría una actividad cultural en el lugar”, cuenta. “Y lo cumplí”. Debajo de la residencia principal, ha transformado una antigua bodega y un pajar en un espacio de exhibición pública, con muestras recientes del pintor chino Deng Shiqing, radicado en Brooklyn, y del artista estadounidense Tom Sachs. También cuenta con una instalación permanente e inmersiva, en la que las paredes y el techo de una sala están recubiertos con azulejos bañados en cera de abeja, creada por el artista alemán Wolfgang Laib.


Aunque se necesitó una estricta aprobación para realizar grandes cambios en la estructura catalogada, Sperone, que usa lentes de armazón azul y mantiene su barba blanca recortada, logró la autorización para instalar un elevador que ahora conecta la recámara principal en el último piso con el resto de la casa. La idea de ponerlo, recuerda, le llegó después de una noche de copas con el escritor estadounidense Gore Vidal. “Estuve enfermo durante una semana”, dice. “Y él ya estaba en silla de ruedas. Pensé: ‘Algún día, quizá yo también lo necesite’.” Para Duri, que supervisó el proyecto de casi dos años, era esencial preservar lo que llama la “sustancia histórica” y la “integridad estética” del edificio. Según cuenta, el mayor problema fue el daño por agua en el lado oriental de la casa. Además de cavar zanjas de seis metros para evitar más inundaciones, su equipo volvió a aislar los muros, reemplazó el techo, instaló un sistema de calefacción geotérmica, actualizó la fontanería y la electricidad y construyó una pequeña casa de visitas en el jardín. A pesar de esos retos, Duri asegura que él y Sperone nunca discutieron “por absolutamente nada”.

Más tarde esa noche, Pistone pone la mesa en un pequeño comedor iluminado por la luz de las velas frente al vestíbulo de la cocina. Su pareja, con quien lleva casi 30 años, rememora su carrera en el arte: las exposiciones que montó en los sesenta con Roy Lichtenstein y Robert Rauschenberg; los grandes descubrimientos y pérdidas; el torbellino de disputas, amores, plagas, crisis e incluso un secuestro. Mientras tanto, una hilera de bustos de yeso centenarios proyecta largas sombras sobre las paredes revestidas de pino suizo, cubiertas de obras antiguas y modernas: un grabado del siglo XVI del artista italiano Agostino Carracci; una pintura de McDermott & McGough, el ahora disuelto dúo que vivió gran parte de los años ochenta y noventa como si aún estuviera en la era victoriana. Sperone menciona El ángel exterminador, la película de 1962 de Luis Buñuel, una de sus favoritas, sobre un grupo de gente adinerada invitada a una cena que se descubren incapaces de irse. “Al final fue una tragedia”, dice. “Pero en mi caso no es tan grave. Cada día me quedo aquí, caminando, contemplando la montaña”.

Desde la galería de la planta principal, donde conserva otras tantas esculturas de Vital —incluyendo dos hileras de esferas plateadas moldeadas a mano por artesanos tuareg en Níger y, según el artista, rellenas con los restos de un camello— sube al segundo piso. Allí, en una sala de estar junto a la biblioteca y al final de un pasillo que lleva a una recámara con piso de frescos y bóveda gótica, cuelga un retrato de Sperone, también de Vital, hecho únicamente con moldes de bronce de sus dedos, orejas y nariz. En cada rincón, se pueden encontrar pequeños recordatorios de quienes lo han acompañado en su trayectoria y de aquellos a quienes él ha ayudado: el volante de su exposición de 1965 de serigrafías de Andy Warhol en Turín; una fotografía de Schnabel dedicada al mismo “G.E.S.”; el programa fúnebre del pintor estadounidense y activista contra el sida Frank Moore, quien falleció en 2002. “Esto es lo que me hace sentir vivo”, afirma. “Comprender que somos parte de una comunidad; no una comunidad nacional, sino universal”.

Un piso más arriba, en lo que alguna vez fue el ático, la recámara y la oficina de la pareja ocupan un espacio tipo loft con suelos de madera y techos de vigas expuestas. Junto a su cama, hay una pintura del artista nacido en Italia Alessandro Twombly, hijo de Cy; una escultura de calavera hecha con naipes del artista turinés Nicola Bolla; y una fotografía granulada del padre de Sperone, intendente, y de su madre, ama de casa, ambos fallecidos en la madurez. Sperone, que tiene dos hijos de un matrimonio anterior, ninguno demasiado interesado en el arte, últimamente ha estado pensando en su legado. Empezó a escribir una columna en Il Manifesto, un periódico italiano de izquierda, donde comparte anécdotas sobre un Nueva York ya olvidado y las grandes personalidades que conoció en el camino: desde el galerista Leo Castelli, a quien considera un héroe, hasta el artista minimalista Carl Andre. Este mayo pasado, en su cumpleaños número 86, donó 33 obras de maestros antiguos a la Accademia di San Luca, en Roma. “Me dieron una sala”, dice. “Es estrecha, pero lleva mi nombre”.

Tras más de medio siglo como coleccionista, Sperone ahora está más enfocado en asegurarse de que sus piezas terminen en las manos correctas. El zeitgeist, cree, es algo que solo aprecian quienes lo viven en el momento. “No puedes entender el arte de tu tiempo cuando eres un viejo”, afirma. “A mi edad, lo que quiero es conocer más sobre el pasado, no sobre lo que aún no existe”.