
Carlos Semprún y Joaquín Fernández
Islandia se ha convertido en un destino cada vez más atractivo para viajeros de todo el mundo. Su paisaje de contrastes, donde conviven el fuego y el hielo, una
naturaleza que conserva buena parte de su carácter salvaje, su fauna y la sensación de encontrarse todavía ante un territorio remoto explican buena parte de ese interés.
Situada en el Círculo Polar Ártico, la isla tiene una superficie de 103,000 kilómetros cuadrados y un paisaje determinado por volcanes, glaciares, fiordos, playas de arena negra y grandes extensiones prácticamente deshabitadas. Nos disponemos a recorrerla durante ocho días por mar y tierra. Desde el agua, a bordo del barco de exploración L’Austral, bordearemos buena parte de sus costas; por tierra, seguiremos la carretera N1 alrededor de la isla con el objetivo de encontrar diferentes perspectivas de un territorio marcado por una geografía extrema.
Antes de embarcar, la primera parada es Reikiavik. La capital, cuyo núcleo urbano concentra más de la mitad de la población del país, está dominada por Hallgrímskirkja, la iglesia que condiciona buena parte de la silueta de la ciudad. Con casi 75 metros de altura, e inspirada en las columnas de basalto características de los paisajes volcánicos islandeses, fue proyectada por el arquitecto islandés Guðjón Samúelsson en 1937. También visitamos Blue Lagoon, laguna geotermal cuyas aguas contienen sílice, microalgas y azufre, y Perlan, museo situado en lo alto de la ciudad que propone una aproximación inmersiva a algunos de los fenómenos naturales del país, desde los
glaciares hasta los volcanes.
El viaje marítimo comienza a bordo de L’Austral, un barco de exploración preparado para navegar por aguas árticas capitaneado por Jouslin de Noray, marino formado en Marsella con más de cinco años de experiencia en este tipo de expediciones. “El hielo se mueve en cuestión de minutos”, dice De Noray cuando le preguntamos por las dificultades de navegar en condiciones tan extremas. Hemos elegido el verano para realizar la travesía, cuando el sol apenas llega a ocultarse y la luz acompaña prácticamente toda la jornada. A las cuatro de la mañana, desde la cubierta, el mar continúa iluminado con las aves tan activas como si fuera media tarde. “A diferencia del Mediterráneo, aquí conoces el destino global, no el concreto. Mi objetivo es que los pasajeros estén siempre satisfechos”, continúa el capitán.
La primera escala es Heimaey, la más grande de las islas Vestman, al sur del país, donde el paisaje está dominado por los volcanes y la memoria de la erupción del Eldfell, ocurrida el 23 de enero de 1973. Aquella noche, el volcán envolvió Vestmannaeyjar, su población más importante, en humo y fuego, obligando a la evacuación de sus más 5,000 habitantes. El museo Eldheimar recuerda hoy aquella erupción y conserva algunos de los restos de las casas afectadas. Muy cerca, en Stórhöfði —uno de los principales enclaves de Islandia para la observación de aves— los frailecillos anidan en los acantilados frente a un paisaje compuesto por roca volcánica, paredes de basalto y playas de arena negra.
En la tercera jornada de navegación, L’Austral pone rumbo al norte, hacia la península de Snæfellsnes, para atracar en Grundarfjörður, localidad ubicada a los pies del Kirkjufell, una de las montañas más fotografiadas de Islandia. Su característica silueta cónica preside la entrada a la bahía, rodeada por tundra y playas muy cercanas a las cascadas de Kirkjufellsfoss y Grundarfoss. Desde allí seguimos bordeando la costa hacia el norte, con cadenas montañosas cubiertas de nieve (también en verano) como telón de fondo, hasta alcanzar Eyjafjörður, el fiordo más grande de Islandia.

En medio de sus aguas se encuentra Hrísey, una tranquila isla donde los campos y los prados se extienden al pie de las montañas. La ínsula, con apenas unas calles, conserva las historias de pescadores, comerciantes y otros habitantes que ocuparon esas casas hace alrededor de un siglo, además de un observatorio de aves al que se llega por un sendero rodeado de plantas y setas. Todo transcurre aquí a otro ritmo, marcado por el aislamiento y una calma que permite imaginar la dureza de los largos inviernos.
La siguiente escala es Akureyri, cuyo puerto aparece rodeado de montañas. Su jardín botánico permite acercarse a la flora de una isla que observa de cerca las transformaciones provocadas por el cambio climático y el retroceso de sus glaciares. El viaje continúa entre algunos de los elementos que definen el paisaje del norte islandés, desde las aguas termales, donde nos bañamos frente a las montañas nevadas en albercas que alcanzan entre 35 y 37 grados, hasta las cascadas de Goðafoss, rodeadas de ríos y numerosas especies de aves.
La actividad geotermal convive aquí con una naturaleza marcada por el agua y, a medida que nos acercamos de nuevo a la costa, también por el mar. El océano ha determinado durante siglos la vida de estas costas. En el siglo XIX, muchos pescadores todavía vivían en pequeñas cabañas, con escasos recursos y sometidos a condiciones especialmente duras. La cabaña-museo de Bolungarvík, cerca de la bahía de Ísafjörður, conserva parte de aquella historia y recuerda la importancia de una actividad que continúa siendo fundamental para la economía islandesa, especialmente la pesca del bacalao.
El recorrido por tierra ofrece otra lectura del territorio. Islandia es la tierra del hielo, pero también del fuego. Volcanes, playas negras, superficies hirvientes, fumarolas, géiseres y piscinas geotermales se suceden a lo largo de una isla en la que algunas imágenes parecen difíciles de asimilar. Montañas de basalto erosionadas por el agua y el viento, grandes extensiones de musgo, ballenas, frailecillos y focas forman parte de un paisaje en el que la sensación de vacío acompaña buena parte del trayecto.
La carretera N1 rodea todo el país a través de una vía de doble sentido en la que algunos puentes solo permiten el paso de un vehículo cada vez, una particularidad que también se repite en algunos túneles. El escaso tránsito facilita el recorrido y permite que el paisaje permanezca siempre presente, ya que buena parte de la carretera funciona como un mirador continuo desde el que se suceden volcanes, cascadas, lagos, fiordos y playas.

A medida que avanzamos, esa sensación de amplitud y aislamiento parece trasladarse también al carácter local. El silencio es, en esta isla, una forma de vida, y hasta el alojamiento responde a esa misma lógica: casas rurales, cabañas y apartamentos donde se recoge una llave o se introduce una clave y de los que uno puede salir sin haber visto a nadie. Eso sí, si estacionas y olvidas pagar el estacionamiento incluso en un páramo inaccesible, el cargo terminará llegando por correo electrónico.
La ruta comienza en Reikiavik, donde llama la atención el uso generalizado del hierro corrugado en las fachadas, pero también la variedad de colores de las casas y los
numerosos murales que decoran los edificios. Desde la capital partimos hacia Grábrók, un volcán que entró en erupción hace más de 3,000 años y que define el paisaje del cercano lago Hreðavatn, formado después de que la lava transformara el curso de un río. Atravesando bosques y valles, y contemplando cimas, hacemos una parada en las cataratas de Glanni, donde de pronto la tierra se abre por la fuerza del agua, que rompe blanca en chorros entre huecos y boquetes y se esparce por la pared, imparable, ruidosa e infatigable. Es una lección de geología contemplar la tierra zanjada, abierta y atravesada por un agua que esculpe arbotantes y crea puentes de piedra porosa.
Proseguimos entre montañas, fiordos y elevaciones que transmiten las sensaciones de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury bajo su doble luna. Algunas son sólidas, verdes o de pura roca; otras son arenosas, como construcciones infantiles de miles de metros de altura terminadas en pico, mientras la mayoría presenta las cumbres erosionadas y aplanadas, ofreciendo su meseta al sol. Formando parte permanente de este paisaje aparecen las ovejas y las cabras lanudas, como pequeños rastafaris de pelo blanco, abundante y apelmazado, junto a los caballos islandeses, una raza autóctona que al principio puede confundirse con ponis, pero que ha evolucionado hasta convertirse en animales fuertes y resistentes, con unas crines superpuestas que parecen pelucas.
En la segunda jornada alcanzamos Borgarnes, desde donde continuamos hacia el cañón Kolugljúfur, una profunda garganta que el agua ha ido abriendo y horadando a lo largo del tiempo. Los numerosos carteles que advierten de precipicios, desniveles y zonas peligrosas nos dejan, de paso, la primera lección de islandés: hætta significa “peligro”. La carretera continúa hasta Hofsós, donde, frente a una costa de aguas tranquilas, nos encontramos con una imponente familia de focas en su propio hábitat.
El viaje prosigue poco después hasta Árskógssandur, desde donde cruzamos en barco hacia Hrísey en un trayecto de aproximadamente media hora. Continuamos después hacia Húsavík para el deseado avistamiento de ballenas, una experiencia que comienza con la emoción de embucharse en un traje de neopreno para no empaparse y embarcarse en un navío al encuentro de la vida animal. La
expectativa genera movimientos y susurros ante la posibilidad de verlas, hasta que todo se convierte en grito cuando surgen las aletas que emergen de las profundidades para volver a ocultarse, trasladándonos a la sorpresa infantil del encuentro con otros seres vivos.

Después nos dirigimos, en la siguiente página de esas ya citadas Crónicas marcianas, hacia la zona geotérmica de Hverir, donde el suelo hierve y trastorna su estado hasta convertirse en burbujas grises y ruidosas. ¿Desde cuándo? ¿Hasta cuándo? Del Hades emana humo y su olor a azufre —tan relacionado con el diablo— nos envuelve y afecta a los sentidos. Hay agujeros de los que brotan fumarolas y se elevan columnas de humo como hocicos de dragones enterrados; alrededor de estas fugas quedan restos de los minerales transportados por el vapor, que dibujan un mosaico de colores según su composición. Llegamos después a Egilsstaðir, cerca de Reindeer Park, un santuario donde varios renos son atendidos. Allí encontramos
nuevamente piscinas al aire libre a diferentes temperaturas junto a un lago rodeado de montañas.
Al día siguiente ponemos rumbo a Höfn. Durante una parada frente a la bahía, un cuerpo que en un primer momento parece un tronco flotando termina revelándose como una foca. Más adelante observamos en un lago al menos ocho aletas de orcas desplazándose por el agua. Después llegamos a una extensa playa negra situada al pie de una cadena montañosa. En Stokksnes, el mar golpea contra la base de las montañas y sobre la arena volcánica aparecen medusas y pequeñas zonas de vegetación. Aquí, antes de refugiarnos en una cabaña situada frente a un glaciar para pasar la noche, observamos cómo el campo, la montaña y el océano parecen superponerse en un mismo paisaje.
Seguimos el camino zigzagueante de los fiordos hacia el glaciar de Jökulsárlón. Desde la costa, los ojos enfocan primero los bloques azules de hielo desprendidos y a
la deriva sobre el lago para dirigirse después hacia la enorme mole congelada. De pronto llega el estruendo de un trozo de hielo que se rinde antes de lanzarse al agua, seguido por el sobresalto de quienes escuchamos y sentimos el ruido y el temblor de esos cambios. Enfrente, cruzando un puente, la conocida como playa de los Diamantes recibe también los bloques de hielo y los deposita sobre la orilla.
Seguimos hasta Vík y visitamos Reynisfjara, otra de las grandes playas negras de Islandia. El océano rompe con fuerza contra la costa y en sus extremos aparecen grandes formaciones de basalto, con columnas, cavidades y torres naturales. Desde la playa llegamos incluso a distinguir el vapor expulsado por una ballena. Más adelante nos detenemos en una pequeña iglesia luterana de tejado rojo rodeada por un cementerio.
La siguiente parada es Skógafoss. Su gran cascada cae desde lo alto con un caudal poderoso y, sobre la cortina de agua, aparece en ese momento un arcoíris. El recorrido continúa hacia la zona geotérmica de Geysir. Antes de llegar ya se distinguen las columnas de vapor. Hay charcos de agua hirviendo y, aproximadamente cada cinco minutos, uno de los géiseres entra en erupción. La repetición no resta fuerza al fenómeno. Cada explosión vuelve a sorprender por el sonido y por la columna de agua que emerge del suelo.
Dormimos en Selfoss, en unas estructuras transparentes desde las que se contempla directamente el paisaje. Después llega la vuelta a la multicolor Reikiavik, donde disfrutamos de su Museo Nacional, que incluye tablones bizantinos, cuadros religiosos, monedas, hachas de los primeros pobladores y cuernos vikingos labrados que, reunidos, conforman una historia real. Por la tarde nos despedimos de Islandia desde la bahía, amplia, luminosa y atravesada por gaviotas, junto a la escultura del Viajero del Sol, que, como el propio país, se mueve entre el pasado vikingo y la ensoñación de su belleza.