Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.

Karla Álvarez

Una mano reconoce la fibra. Los dedos distinguen el hilo, acompañan su movimiento, ajustan… En esos gestos hay decisiones: cuánto sostener, cuándo soltar, cómo permitir que una materia se transforme. Las fotografías de Elvira Espejo nos acercan a ese instante en el que una persona pone en práctica lo aprendido de otra. El tejido comienza en una relación.

En Amparanakan Amayupa, la memoria de las manos, presentada en Galería Claroscuro, la artista boliviana reúne imágenes realizadas en una comunidad de su país. Su atención se concentra en las acciones que hacen posible un textil, desde la selección de las fibras y la hilatura hasta las distintas formas de tejer. 

Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.
Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.

Espejo conoce esa relación desde su propia práctica. Artista, tejedora, escritora e investigadora, trabaja entre disciplinas que aquí se encuentran en una misma pregunta: ¿cómo reconocer un conocimiento cuando su forma de expresión es un movimiento? La cámara permite observarlo. Un dedo que distingue una textura o unas manos que comprenden la resistencia del hilo hacen visible una precisión adquirida con tiempo, atención y experiencia.

Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.

Hay una dimensión profundamente humana en esa cercanía. Aprender a tejer supone mirar a alguien, repetir un gesto, equivocarse, volver a intentar aunque canse… Cada persona incorpora lo recibido a su propia manera de hacer. En ese tránsito entre generaciones también caben la invención y el cambio; la continuidad se construye con decisiones tomadas en el presente.

La llegada de estas fotografías a México encuentra una resonancia particular. Para un público familiarizado con la presencia de los textiles en la vida cotidiana, la exposición ofrece una oportunidad de revisar la manera en que los mira. Entre la admiración por una pieza y el reconocimiento de su autora hay preguntas sobre trabajo, remuneración, circulación y prestigio. La obra de Espejo lleva nuestra atención hacia la persona que sabe hacerla.

Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.

Desde esa perspectiva, el vínculo entre Bolivia y México adquiere espesor. Ambos países pueden reconocerse en una conversación latinoamericana sobre quién produce conocimiento y quién tiene la facultad de nombrarlo. Acercarse a los saberes comunitarios exige considerar a sus portadores como interlocutores del presente, con capacidad de investigar, interpretar y transformar su propia práctica.

Foto: Elvira Espejo, cortesía de Claroscuro.

Esa es una de las aportaciones contemporáneas de Espejo: hacer perceptible el pensamiento que ocurre durante una acción. Sus fotografías invitan a seguir el proceso, a considerar la sensibilidad y el criterio que intervienen antes de que exista el objeto. La belleza del tejido adquiere entonces una responsabilidad, recordar que hubo alguien decidiendo cada paso.

Ante estas imágenes, mirar puede convertirse en una forma de atención hacia otra persona. Las manos sostienen fibras, pero también dejan ver una vida de aprendizaje. Elvira Espejo nos acerca a ella.

Amparanakan Amayupa, la memoria de las manos se presenta hasta el 27 de octubre de 2026 en Galería Claroscuro, Tecoyotitla 122, La Florida, Ciudad de México. Visitas con cita previa, a través de @galeriaclaroscuro.


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