
Redacción T México
La historia del arte suele escribirse cuando las apuestas ya han demostrado que eran correctas. Los nombres entran en los museos, las obras alcanzan cifras extraordinarias y aquello que alguna vez resultó incomprensible termina convertido en patrimonio cultural. Mucho más difícil es reconstruir el instante anterior: cuando una obra todavía incomoda, un artista carece de legitimidad y elegir qué merece ser visto implica necesariamente asumir un riesgo.
Ese territorio es el que recupera Peggy Guggenheim in London: The Making of a Collector, la exposición que abrirá el 21 de noviembre de 2026 en la Royal Academy of Arts de Londres y permanecerá hasta el 14 de marzo de 2027. Organizada junto con la Peggy Guggenheim Collection de Venecia, la muestra reúne obras vinculadas con Guggenheim Jeune, la galería que la coleccionista fundó en Londres en 1938, a unos pasos de la propia Royal Academy.
La distancia temporal puede hacer que la figura de Peggy Guggenheim parezca inevitable: heredera, mecenas, coleccionista, personaje excéntrico y finalmente una de las grandes arquitectas del relato del arte moderno. Sin embargo, su influencia resulta más interesante cuando se despoja de esa aura retrospectiva. Guggenheim Jeune permaneció abierta apenas hasta junio de 1939 y, durante ese breve periodo, presentó más de veinte exposiciones dedicadas al arte abstracto y surrealista.
Ahí aparece una cuestión que continúa siendo pertinente: ¿quién decide qué arte merece sobrevivir a su propio presente?
Coleccionar nunca es una actividad completamente neutral. Implica seleccionar, excluir, otorgar visibilidad y construir jerarquías. Un museo, una galería y una colección privada producen relatos culturales mediante aquello que eligen conservar. Vista desde esa perspectiva, Guggenheim fue también una editora de imágenes: alguien capaz de ordenar sensibilidades dispersas hasta producir con ellas una lectura de su tiempo.
La exposición londinense resulta especialmente significativa porque desplaza la atención desde la colección ya consagrada hacia su proceso de formación. Varias de las piezas regresarán a la capital británica por primera vez desde que fueron exhibidas originalmente en Guggenheim Jeune, reconstruyendo los primeros pasos de lo que décadas después se convertiría en la célebre Peggy Guggenheim Collection de Venecia.
También permite reconsiderar una figura que durante décadas fue narrada a través de su fortuna, sus relaciones personales y su extravagancia. Reducir a Guggenheim a la imagen de la heredera excéntrica resulta particularmente insuficiente frente a una trayectoria construida alrededor de una convicción muy concreta: los artistas necesitaban espacios, recursos y espectadores antes de que la historia estuviera preparada para reconocerlos. Su manera de coleccionar fue profundamente personal y contribuyó a crear lugares de encuentro entre artistas, ideas y movimientos.

Ese poder tampoco debería romantizarse. La historia del coleccionismo moderno está atravesada por fortunas privadas capaces de determinar qué circula, qué se conserva y finalmente qué adquiere valor simbólico. Peggy Guggenheim pertenece inevitablemente a esa historia. Su caso, sin embargo, permite examinar una tensión que sigue vigente en el ecosistema cultural contemporáneo: la relación entre capital privado y producción artística, entre intuición individual e institución, entre el gusto de una persona y aquello que posteriormente una sociedad aprende a reconocer como patrimonio.
Que la exposición cuente con el apoyo de Bottega Veneta añade otra capa a esa discusión. La participación de las casas de moda en museos, fundaciones y proyectos artísticos se ha convertido en una presencia habitual dentro de la cultura contemporánea; una relación donde conviven financiamiento, legitimación cultural y construcción de identidad corporativa. En este caso existe además una genealogía territorial: la firma nació en Vicenza y el legado de Guggenheim quedó profundamente asociado con Venecia. El patrocinio se suma a colaboraciones previas de la casa con instituciones como Punta della Dogana, Leeum Museum of Art, Bangkok Kunsthalle y la Pier Luigi Nervi Foundation.
La muestra está curada por Gražina Subelytė y Simon Grant, con Sylvie Broussine como curadora asociada de la Royal Academy. Después de Londres viajará al Guggenheim de Nueva York en abril de 2027.
Pero quizá su desplazamiento más interesante ocurra en otra dirección: hacia atrás. Antes de Venecia, antes del museo y antes de que Peggy Guggenheim se convirtiera ella misma en una figura histórica, existió una pequeña galería londinense que duró poco más de un año. Regresar a ella permite recordar que los cánones que hoy parecen inamovibles alguna vez dependieron de decisiones inciertas, miradas individuales y apuestas capaces de equivocarse.