OBRA EN LA PARED: Enrico Donati, Walking Stones, 1972-84 © Legado de Enrico Donati, cortesía del Legado de Enrico Donati.

Kurt Soller
Fotografía por Danilo Scarpati

Milán es una ciudad con tanta belleza oculta —resguardada tras elaboradas rejas de hierro forjado, inmensos patios y estructuras que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial que parecen fortalezas— que decirlo casi resulta poco original. En parte, esto se debe al Salone del Mobile, la feria de diseño que cada abril se apodera de la ciudad y durante la cual se disputa una competencia cada vez más feroz por organizar instalaciones en los espacios más grandiosos y hasta entonces inaccesibles. Ese era un juego que Mario Milana, de 44 años, diseñador de muebles, iluminación y objetos que creció en el barrio de Città Studi, al este de la ciudad, solía jugar. Hace una década, fundó el estudio que lleva su nombre mientras vivía y trabajaba en Clinton Hill, Brooklyn, pero regresaba a Italia cada año para presentar nuevos productos. Sin embargo, en 2021, después de que él y su esposa —la actriz convertida en terapeuta somática Gabriella Campagna, de 40 años— tuvieran al primero de dos hijos, decidieron que quizá había llegado el momento de cambiar la ciudad natal de ella, Nueva York, por la de él. Así fue como descubrieron que rentar un departamento en Milán durante todo un año costaba prácticamente lo mismo que apartar un espacio temporal de exhibición durante la semana más concurrida de la feria. “Me preocupaba que la ciudad no fuera lo suficientemente internacional o abierta de mente”, dice Campagna. “Pero sentí cuánto había crecido y cambiado”.

Hoy saben que acabaron exactamente donde debían estar, en pleno corazón del floreciente distrito de diseño de Milán, después de lo que pareció una intervención divina. Ahí, sobre Via Palermo, tres edificios contiguos de piedra caliza y formas macizas —uno de ellos alberga la sede de Dimorestudio, el venerado estudio de diseño milanés—, construidos hace aproximadamente un siglo y del mismo propietario, ya habían sido parcialmente ocupados por varios conocidos de la pareja. Un amigo les contó que en el tercer piso había quedado libre un antiguo showroom de zapatos de unos 158 metros cuadrados; unos meses después, cuando viajaron para visitar a los padres de Milana tras el levantamiento de las restricciones de la pandemia, visitaron el espacio. Llevaba tiempo vacío y, para sorpresa de la agente inmobiliaria, le pidieron firmar el contrato de inmediato. “Estos edificios son bastante famosos por estar un poco deteriorados: el dueño en realidad no hace renovaciones”, cuenta Campagna. “En edificios más elegantes, los pisos habrían estado cubiertos de parquet o algo así, pero nos gustó que tuviera esta sensación imperfecta, muy auténtica”.

OBRA SOBRE LA CHIMENEA: Santiago Uribe-Holguín, Untitled, 2015 © Santiago Uribe-Holguín, cortesía del artista y Beatriz Esguerra Art, Bogotá, Colombia.

En un principio, esto iba a ser un pied-à-terre donde Milana exhibiera su mobiliario. Gran parte de su trabajo está hecho con materiales naturales y se adapta al uso humano; una de sus primeras piezas es una silla de comedor con un respaldo circular que se inclina suavemente hacia atrás con la presión del cuerpo, permitiendo que se abra el diafragma. Pero entonces los vecinos del otro lado del pasillo regresaron a Alemania, así que Milana y Campagna se quedaron también con esa parte, y pasaron el último año creando un departamento de unos 372 metros cuadrados que funciona como showroom y refugio familiar. “Nadie más quería embarcarse en este proyecto que, para nosotros, era bellísimo”, dice Milana. “Pero no era funcional en absoluto: no había clósets, no entraba mucha luz”. Al unir ambas secciones, también rehicieron los baños y remodelaron una planta que terminó convirtiéndose en un laberinto de cuartos con techos altos, la mayoría todavía con sus suelos originales de mosaico o terrazo.

Santiago Uribe-Holguín, Untitled 12-87, 1987 © Santiago Uribe-Holguín, cortesía del artista y Beatriz Esguerra Art, Bogotá, Colombia.

En la parte que rentaron primero, ahora hay un área más formal de sala y comedor —lo que ellos llaman su galería— frente a la cocina-estudio, que Campagna, quien también colabora con el negocio, usa además como botica herbal. Más allá de la cocina, un pasillo lleva hasta un espacio compacto que ella usa como oficina y, del otro lado, a una habitación donde da talleres de bienestar y meditación. En el otro extremo del edificio, atravesando la oficina de Milana, que conecta ambas viviendas, la pareja instaló su propia cocina industrial junto a tres recámaras, un recibidor y una sala familiar con un sofá blanco afelpado y hecho a medida, lo único que han diseñado juntos: “Yo quería un sillón muy suave, que no se sintiera demasiado de diseño”, explica Campagna.

En la cocina-estudio, repisas de Tommaso Fantoni, manijas de Milana y una lámpara Akari de Isamu Noguchi.

El resto del departamento está lleno de prototipos del mobiliario hecho sobre pedido de Milana, del cual ha creado gran parte desde que regresó a Italia, donde tiene mejor acceso a los artesanos con quienes colabora en distintas partes del país. “Todo pasó de manera muy orgánica: necesitábamos una credenza, así que hice una. Necesitábamos un sillón, así que hice uno”, cuenta. Todas las piezas están concebidas pensando en flexibilidad y movimiento: por ejemplo, una chaise longue puede transformarse en una banca plana donde pueden sentarse dos o tres invitados mediante un mecanismo de palanca. Milana realizó muchas de sus primeras piezas con ayuda de la ingeniería de su padre, quien dedicó su carrera a diseñar sistemas modulares de exhibición usados en ferias comerciales y desfiles de moda.

En la recámara principal, una lámpara Saraceno de Fortuny y cortinas de tela World de Arjumand; una cama Famiglia con cabecera tapizada en tela de Dedar; burós flotantes de Milana; una alfombra bereber Rehamna de principios del siglo XX y una pintura thangka.

“Por ejemplo, ¿cómo comes?”, pregunta Milana mientras estamos sentados alrededor de la mesa del comedor de la galería, que diseñó en 2016 para el Salone con tres discos giratorios de hierro oxidado. “Tal vez esto cambia la cosa porque, en lugar de ir a un bufet y servirte el plato, hay una lazy susan dentro de otra lazy susan…”. “No creo que nos guste el término lazy susan”, lo interrumpe Campagna. “¿Mesa giratoria?”. Ambos se ríen, pero el punto de Milana permanece intacto: “Como yo veo las cosas, primero encuentras una funcionalidad que no habías planeado y luego aparece la evolución [visual]”, continúa. “Así funciona también este espacio. … Es casi como un taller”. Eso significa que el próximo año —o incluso la próxima semana— estos cuartos probablemente ya no se verán iguales ni se usarán de la misma manera. Después de todo, Milán sigue cambiando. Sus mejores casas quizá también deberían hacerlo.

En la sala de meditación de Campagna, una silla de piso Asana tapizada en tela de Fortuny, pufs Funghetto, un perchero Spino y una pared revestida con paneles textiles hechos a medida, todo de Milana; un armario italiano de principios del siglo XIX que perteneció a su madre y una lámpara colgante Philosophical Egg de Michael Anastassiades.

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