Jorge Campos diseñó gran parte de los uniformes que utilizó durante su carrera profesional, inspirándose en la cultura visual de Acapulco, donde creció entre el fútbol y el surf. Foto: Getty Images

Redacción T México

Acapulco: Foto: Pexels Images

Durante décadas, el uniforme del portero respondió a una lógica funcional. Tonos oscuros, patrones discretos y la intención de pasar inadvertido definían una posición cuyo protagonismo dependía casi exclusivamente de las atajadas. Jorge Campos cambió esa idea para siempre.

En la década de 1990 apareció en las canchas con combinaciones de rosa eléctrico, amarillo fluorescente, verde ácido, morado profundo y figuras geométricas que parecían pertenecer más al universo del diseño gráfico o del arte pop que al fútbol profesional. Aquellas prendas, contrario a lo que se podría pensar, no provenían de un estudio creativo ni de una gran casa deportiva: en buena medida nacían de los propios bocetos del guardameta.

Jorge Campos. Getty Images

Las referencias visuales eran profundamente personales y es que Campos creció en Acapulco, una ciudad donde el Pacífico, los atardeceres y la cultura del surf marcaron su sensibilidad estética. Esa experiencia cotidiana terminó trasladándose a los colores saturados, las diagonales, los rombos y las formas dinámicas que caracterizaron sus uniformes. Él mismo ha explicado que buscaba expresar esa identidad mucho antes de que existiera una conversación amplia sobre la relación entre deporte, moda y diseño.

Resulta significativo que esos uniformes surgieran en una época donde el fútbol todavía privilegiaba la uniformidad sobre la individualidad. Campos construyó la idea del uniforme como una extensión del jugador y no únicamente como un código institucional. Su propuesta visual dialogaba con la personalidad de un futbolista que también rompía convenciones dentro del campo: un portero que salía del área, jugaba con los pies y, cuando era necesario, podía ocupar la posición de delantero.

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La historia terminó demostrando que aquellas prendas eran mucho más que una excentricidad. Los patrones geométricos que en su momento provocaron críticas hoy forman parte del imaginario colectivo del fútbol mexicano. Lo que alguna vez fue considerado excesivo terminó convirtiéndose en una referencia estética reconocible para varias generaciones.

Su influencia también anticipó una conversación que hoy resulta habitual. La moda deportiva dejó de limitarse al rendimiento para convertirse en un espacio donde convergen diseño, identidad, cultura popular y lujo. Las camisetas de fútbol aparecen en pasarelas, colaboraciones entre marcas y museos; los archivos textiles del deporte se estudian como parte de la historia del diseño contemporáneo. Vista desde ese contexto, la propuesta de Campos parece sorprendentemente adelantada a su tiempo.

Quizá por eso sus uniformes siguen reapareciendo en editoriales de moda, colecciones contemporáneas e investigaciones sobre la cultura visual del fútbol. En 2023, uno de ellos fue incorporado a una exposición dedicada a la relación entre moda y deporte en el Museo de Artes Decorativas de París, confirmando que su valor trasciende el terreno de juego y pertenece también al patrimonio visual de finales del siglo XX. Los colores de Jorge Campos fueron una declaración de identidad en un deporte acostumbrado a la sobriedad. Tres décadas después, siguen demostrando que un uniforme también puede convertirse en memoria colectiva, y de qué modo.


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