
Carolina Chávez Rodríguez
La Ciudad de México suele pensarse como una extensión infinita de asfalto, pero basta llegar a Xochimilco para recuperar la memoria previa al concreto. Esta zona, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, es uno de los pocos lugares donde el origen acuático de la capital sigue respirando. Navegar sus canales no es solo un paseo turístico, es un gesto íntimo de reconocimiento hacia una tradición que sobrevivió a la modernidad.
El recorrido en trajinera —colorido, festivo, a veces caótico— tiene raíces profundas. En el México prehispánico, los pueblos que habitaban la Cuenca se desplazaban por un sistema lacustre que unía Tenochtitlan con Xochimilco, Tláhuac y Tacubaya. Las chalupas y embarcaciones de fondo plano permitían transportar cosechas, flores, cerámica y vida cotidiana. Era un tránsito sostenido por la ingeniería agrícola de las chinampas, uno de los sistemas ecológicos más sofisticados de Mesoamérica.
El tiempo transformó la ciudad, entubó sus ríos y secó sus lagos, pero Xochimilco resistió. Durante el Porfiriato, las élites capitalinas —los llamados catrines— acudían a estos canales para escapar de la urbanización creciente. Querían naturaleza, sombra y un poco de misterio. Con ellos surgió la tradición de adornar las embarcaciones, colocar techos y pintar nombres al frente: ofrendas para cortejar, celebrar o simplemente dejar constancia del momento. Con el tiempo, esa estética derivó en las trajineras que hoy conocemos: exuberantes, brillantes, casi teatrales. Y obviamente emblemáticas.



Navegar por Xochimilco es adentrarse en un territorio de relatos. La Isla de las Muñecas, las historias de la Llorona, los ecos de antiguas ceremonias… Todo convive en un mismo paisaje donde lo sagrado y lo popular comparten escenario. A la orilla de las trajineras aparecen vendedores que ofrecen antojitos, pulque fresco, flores o música en vivo. La experiencia tiene algo de ritual: se come, se celebra, se conversa y se observa la vida como si el tiempo se expandiera sobre el agua.
Pero Xochimilco no es solo postal. Su valor cultural está ligado a su fragilidad ecológica —y esto nos lo tenemos que tomar muy en serio—. . Los canales albergan una biodiversidad única que incluye especies endémicas como el ajolote, cuya supervivencia depende del equilibrio del ecosistema. Las chinampas, todavía en uso por familias agricultoras, sostienen un modelo agrícola que ha resistido siglos de transformación urbana.
Conocer Xochimilco es entender que la ciudad también se narra desde sus bordes, desde aquellos lugares donde la historia sigue viva a pesar de la presión del tiempo. Cada travesía en trajinera es, en el fondo, un recordatorio de la forma en que el agua moldeó a la capital y del legado de los pueblos originarios que imaginaron un mundo flotante. No importa si el plan es recorrer la Laguna del Toro, visitar la Isla de las Muñecas o simplemente dejarse llevar por el ritmo de los remos. En Xochimilco, el viaje siempre es más profundo que el paseo; es entrar en contacto con uno de los últimos territorios donde la Ciudad de México sigue siendo, todavía, un lago.
Si prefieres llegar de forma práctica desde distintos puntos de la ciudad, varias opciones de transporte conectan directamente con Xochimilco, permitiendo que la experiencia sea accesible sin perder su encanto.
