
Redacción T Magazine México
En la moda contemporánea, el estilo rara vez se sostiene en el estreno perpetuo, en su lugar, se repite, se ajusta. Repetir look ha sido, durante años, un gesto de vergüenza social y afirmación personal. Es ahí donde se negocia la autenticidad y la seguridad propia.
El ritual de vestirse no responde solamente a la necesidad de cubrir un cuerpo, es una coreografía íntima, desde doblar la misma camisa blanca, ajustar los jeans para que no te queden muy largos, pinchar con un seguro tu vestido favorito, es ahí donde utilizar tus prendas se vuelve un ritual de personificación.
La cultura digital sembró la idea del “outfit único”, la fotografía en redes sociales consolidó la idea de que cada aparición debe ser distinta e irrepetible. Pero yendo un par de décadas atrás, esto no era para nada un taboo social. Figuras como Jane Birkin, quien construyó su identidad y persona a través de sus piezas statement, Carolina Herrera, quien ha sido fiel defensora de la camisa blanca como un uniforme sofisticado, o Kate Middleton quien ha hecho públicas repeticiones de look, resignificando la constancia como elegancia y porte.

La repetición no es un descuido, es una postura. La ciencia confirma lo que el hábito ya sabía… el cuerpo siempre responde a lo conocido. Vestir lo mismo no es estancarse, es construir una identidad.