
Carolina Chávez Rodríguez
“Siete pelos de mico,
Cardumen y escamas de trucha,
Una pizca de sales minerales,
Cuatro párpados de hormiga,
Dos gotas de limón, esa era la poción.
Sí, en Catemaco te conocí”.
Black magic – Superpitcher.
Catemaco no es un destino turístico, es un territorio vivo. Allí, en el sur de Veracruz, la bruma baja como si buscara tocar la piel del lago y la selva se cierra con una densidad indomable. Los Tuxtlas siempre han tenido algo de umbral, pero Catemaco ocupa una zona aún más porosa; un punto donde las fronteras entre lo real y lo que excede lo real simplemente no existen.
El paisaje marca el ritmo. El lago respira como un animal antiguo, la vegetación crece con un verdor casi eléctrico y la humedad acompaña cada gesto. La magia —esa palabra que en otros lugares se desgasta con el uso— aquí opera como una forma cotidiana de interpretar el mundo. No es espectáculo, no es artificio, no es performance para visitantes. Es una tradición que se ha sostenido desde tiempos olmecas y nahuas a través de curanderos, yerberos, adivinos y guardianes de conocimiento que no se aprende en libros.


Catemaco se mueve entre el fuego y el agua. Su nombre, “lugar de las casas quemadas”, sugiere destrucción. Su lago, en cambio, habla de renacimiento. Ese contraste es el corazón del territorio: el volcán San Martín dormido bajo la vegetación, la laguna extendida como un espejo inquieto, los manantiales minerales de Nanciyaga, la humedad que cubre todo como si fuera un aviso.
Las leyendas no son ornamento, sino memoria viva. La mujer que se transformaba en cochina, los chaneques que confunden a quienes avanzan sin respeto por la selva, la princesa Rayo de Luna arrebatada por un tigre en medio del furor del volcán. Son relatos que persisten no por romanticismo, sino porque siguen explicando aquello que la modernidad prefiere ignorar; que la naturaleza tiene voluntad y que los territorios conservan su propio temperamento.
Quien recorre Catemaco comprende que el misterio no necesita demostraciones. Basta caminar por Nanciyaga para sentir que la selva vigila. Basta acercarse a la laguna al atardecer para percibir que el agua guarda algo más que reflejos. Aquí cada sombra tiene peso, cada sonido parece arrastrar una historia anterior al lenguaje.
Por la noche, las luces en la orilla se duplican sobre el agua, como si estrellas fugadas del cielo hubieran decidido reposar un instante. En el aire flotan rezos, cantos, murmullos. No es liturgia organizada, es una especie de respiración colectiva que acompaña al paisaje.
Catemaco no pide credulidad, solo atención. Lo sobrenatural no aparece como truco, sino como una forma distinta de leer el entorno. Y eso transforma. Quien llega como visitante se va con una certeza nueva: que hay territorios donde lo tangible y lo invisible conviven de manera feroz, antigua, inevitable. Territorios donde la magia no es pasado, sino presente, y qué presente.
Catemaco no se entiende: se escucha, se intuye, se siente. Y en esa percepción, algo se mueve.