Foto: Cortesía de la artista

Carolina Chávez

La pintura de Shirley Villavicencio Pizango,nace de una doble pertenencia. Lima y la Amazonía peruana forman su primer paisaje vital. La infancia transcurre entre la ciudad y Santiago de Borja, un antiguo asentamiento inca en la selva, donde su abuelo cultivaba cacao. Ese vaivén temprano entre mundos marcó una sensibilidad que hoy atraviesa toda su obra.

El dibujo aparece pronto para ella y es que, a los doce años comienza a retratar rostros, cuerpos, escenas cercanas. El camino artístico, sin embargo, no se presenta como una posibilidad clara en el Perú de entonces. Estudia derecho durante un breve periodo y pronto decide cambiar de rumbo. A los dieciocho años se traslada a Gante, Bélgica, para estudiar Lengua y Literatura. Allí, una familia de acogida se convierte en punto de apoyo decisivo. Su madre la introduce al arte occidental a través de visitas constantes a museos como el SMAK, el Musée d’Orsay y la Tate Modern.

Foto: Cortesía de la artista
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La formación artística se consolida en la KASK de Gante, donde obtiene la licenciatura en pintura en 2012 y la maestría en 2013. Más tarde completa su formación pedagógica y se titula como docente en arte. Ese tránsito académico se traduce rápidamente en un lenguaje pictórico reconocible. Figuras de gran formato, fondos planos, colores intensos y una línea negra rápida que define el contorno sin someterlo a jerarquías académicas.

En sus pinturas, la perspectiva se diluye y las proporciones anatómicas se expanden o se tensan. Los labios blancos aparecen de forma recurrente como señal de una comunicación suspendida. Una memoria del desplazamiento lingüístico que vivió al llegar a Bélgica hablando solo español. El dominio del neerlandés en pocos meses convive con ese silencio simbólico que permanece en la superficie de la obra.

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La pintura de Villavicencio Pizango se sitúa entre realismo y abstracción, entre dibujo y color. Las escenas retratan hombres, mujeres y niños que ocupan el espacio con una presencia frontal, directa. La melancolía y la vibración cromática remiten al Perú, a la selva, a la cultura inca. El juego formal, la libertad compositiva y las referencias históricas dialogan con la tradición europea. Muchas de sus piezas parten de experiencias personales y construyen una autobiografía fragmentada, corporal.

Su mirada feminista atraviesa la representación de la figura femenina. Las mujeres aparecen desde la agencia, la dignidad y la autonomía visual. La sensualidad no estructura la escena. El cuerpo existe como territorio de identidad, historia y resistencia. A esa investigación se suman exploraciones en cerámica, textiles y objetos intervenidos, ampliando la pintura hacia otros soportes sin perder coherencia conceptual.


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