
Carolina Chávez
La historia de Regina Martínez comienza en la inquietud de una niña que soñaba con los Juegos Olímpicos sin saber aún en qué disciplina.

CC: Regina, pudiendo haber elegido cualquier otro deporte de invierno, incluso uno más visible o más mediático, ¿por qué el esquí de fondo?
RM: Es una buena pregunta porque en realidad todo este camino fue inesperado. Yo crecí haciendo muchos deportes y el principal era el fútbol. Desde niña tenía el sueño de ir a unos Juegos Olímpicos, pero nunca lo había visualizado en un deporte específico. Después me enfoqué más en mis estudios. Decidí estudiar medicina y me mudé a Minnesota.
Ahí me enfrenté por primera vez a inviernos muy duros. Llegaban a ser temperaturas de menos cincuenta grados con el polar vortex. Yo soy muy friolenta y me preguntaba qué hacía ahí. Entonces empecé a observar cuántos atletas llegaban a los Juegos Olímpicos de Invierno y pensé que tenía meses de nieve para intentar algo.
Cuando lo intenté por primera vez me sentí torpe. Me parecía hasta un poco chistoso verme haciéndolo. Pero cuando volví a practicarlo encontré algo inesperado. Sentí mucha paz. Es un deporte muy completo y físicamente muy demandante. Era la única manera de estar afuera sin congelarme y al mismo tiempo conectar con la naturaleza.
Con el tiempo se convirtió en un refugio. Me ayudó incluso a prevenir la depresión estacional que había tenido un año antes. También hubo algo muy curioso. Antes de decidir a qué universidades aplicar, mi abuelo me llamó. Nunca me había pedido nada especial. Me dijo que había soñado que yo estaba muy feliz en Minnesota y que debía solicitar ahí. Cuando meses después estaba viviendo eseinvierno extremo recordé esa llamada y pensé que quizá había una razón más profunda para estar en ese lugar.

CC: Hay algo que me llama mucho la atención. Estudiar medicina absorbe prácticamente todo el tiempo de una persona. Y el esquí de fondo es también extremadamente exigente. ¿Cómo logras conciliar ambas cosas?
RM: Con mucha claridad sobre las etapas. Es imposible hacer las dos cosas al cien por ciento al mismo tiempo. Cuando estaba estudiando medicina estaba también aprendiendo a esquiar. Era una etapa de descubrimiento en ambos sentidos. Entrenaba, pero el foco principal era la escuela. Durante la residencia médica trabajaba hasta ochenta horas a la semana. Con mi entrenador decidimos que la prioridad sería mantener la condición física y mejorar la técnica. Entrenaba unas seis horas semanales para no perder el ritmo. Todas mis vacaciones las dedicaba a entrenar. Hace aproximadamente un año y medio terminé la residencia y desde entonces entreno de forma profesional. Fue cuando todo tomó otro nivel de intensidad.

CC: Quisiera que recordaras el momento en que supiste que ibas a competir en Cortina. ¿Dónde estabas y qué sentiste?
RM: Curiosamente no hubo un momento único. Fue algo gradual. Empezaron a llegar conversaciones con la federación. Me hablaban del abanderamiento, de viajar a México, de los boletos a Italia. Pero yo no quería confiarme hasta ver ese boleto comprado. Cuando finalmente ocurrió sentí alivio. Habían sido meses de mucha tensión porque el lugar podía cambiar. Y luego llegó otra sensación. La responsabilidad de representar a México.
Mi mayor miedo era llegar en último lugar. Y eso fue lo que terminó pasando. Pero cuando miro la experiencia completa entiendo que el resultado no cuenta toda la historia. En competencias anteriores yo había superado a varias de las atletas que estaban ahí. Simplemente las condiciones cambiaron. Un amigo me dijo algo que me dio mucha paz. A veces las cosas ocurren de cierta manera para que el mundo pueda conocer tu historia.

CC: Lo que dices me parece muy poderoso. Muchas mujeres terminamos haciendo historia incluso en actos aparentemente pequeños, como ser la primera en terminar una carrera universitaria en una familia. La carga simbólica puede ser enorme. Ser la primera mujer mexicana en competir en esquí de fondo en unos Juegos Olímpicos tiene una dimensión histórica. ¿En qué momento dimensionaste lo que estabas haciendo?
RM: Todavía lo estoy procesando. Han pasado semanas desde la carrera y sigo recibiendo mensajes de personas en todo el mundo. Finlandia, Londres, Nicaragua. Gente que me escribe para decir que se sintió inspirada. Muchos hombres me han contado que lloraron viendo la carrera. Eso también me parece hermoso, que exista esa vulnerabilidad. Mi mamá me dijo algo que me hizo entender la magnitud. Hay niñas que ahora dicen en la escuela que soy su prima. Me han invitado a dar charlas. Poco a poco estoy entendiendo que esta historia tiene un impacto más grande del que imaginé.

CC: ¿Ha cambiado algo en la forma en que te percibes?
RM: Sí y no. Sigo siendo la misma persona. Pero todo el proceso olímpico me llevó a lugares emocionales muy intensos. Hubo días muy difíciles y días hermosos. Lo que sí cambió es la confianza en mí misma. Haber logrado algo que parecía imposible te abre una puerta mental enorme. Empiezas a preguntarte qué más es posible.
CC: Ayer hablaba con otra atleta y reflexionábamos sobre ese momento en que una barrera se rompe. Es como un músculo que se desgarra y se vuelve a reconstruir distinto. Aparece una fisura nueva en la identidad. Después de los Juegos, ¿hubo emociones inesperadas?
RM: Muchísimas. Después de la carrera lloré durante cinco días. Estaba procesando todo. Los sacrificios, las pérdidas, el estrés acumulado.También sentí alivio. Había sido un año muy duro, especialmente en lo emocional. Durante meses estuve tan cerca del objetivo que la presión era enorme. Lo que me sorprendió fue descubrir que, después de todo eso, mi motivación creció. Al principio pensé que quizá no quería volver a pasar por algo así. Ahora tengo más ganas que nunca de hacerlo de nuevo. Si en un año y medio logré llegar a unos Juegos Olímpicos, ¿qué podría pasar en cuatro años?
CC: ¿Qué es lo que más te conecta con la nieve?
RM: La sensación de volar. Es lo más cercano que he sentido en mi vida a volar. Cuando deslizas por la nieve parece que los sueños de infancia se vuelven posibles. También me fascina que es un deporte infinito. Siempre hay algo que mejorar, incluso para los campeones. Y luego está el silencio. Estar en medio de la naturaleza, rodeada de nieve, genera una paz que es difícil encontrar en otros lugares.
CC: Quisiera cerrar con algo que para mí es importante. Muchas veces cuando una mujer abre camino termina convirtiéndose en referencia para quienes vienen detrás. Para las niñas y niños mexicanos que ven la nieve como algo lejano o inaccesible, ¿qué les dirías?
RM: Que crean en ellos mismos incluso cuando el camino no exista todavía. Cuando nieva y caminas sobre la nieve fresca dejas huellas. Esas huellas permiten que alguien más camine después. Eso es lo que más me emociona de esta experiencia. Ser la primera no significa ser la última. Mi mensaje es que confíen en su capacidad. Que nadie defina lo que pueden o no pueden hacer. Que estudien, que se mantengan curiosos, que sigan aprendiendo. Yo empecé siendo estudiante de medicina sin dinero. Caminaba perros para pagar mis esquís. Hice un plan financiero de cuatro años para poder competir. El talento ayuda, pero no lo es todo. La perseverancia, la disciplina y la creencia en uno mismo pueden llevar mucho más lejos. Y si México puede estar en unos Juegos Olímpicos de Invierno, entonces realmente nada es imposible.