Foto: Cortesía de la marca

Kira Alvarez

Abierta desde el 5 de febrero y en exhibición hasta el 31 de mayo de 2026 en LagoAlgo, juntxs no se presenta como una simple muestra, sino como un territorio donde la memoria se vuelve colectiva y el cuidado, resistencia. En ella, Rafa Esparza reúne escultura, pintura, video, sonido e instalación para articular una pregunta urgente: ¿cómo se construyen los vínculos cuando el entorno insiste en fragmentarlos?

El título puede parecer directo, incluso didáctico, pero esa frontalidad es deliberada. “Quería ser muy claro sobre las formas de acercamiento y unión”, explica el artista en entrevista exclusiva con T: The New York Times Style Magazine Mexico. Juntxs nombra una ética de proximidad que abarca relaciones íntimas, familiares, queer y comunitarias, pero también una cercanía con la tierra y con los espacios vulnerables que habitamos. No es únicamente una cuestión de identidad de género inclusiva; es una declaración sobre la necesidad de permanecer, literalmente, juntxs.

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En el centro de la exposición está el adobe: tierra, agua y fibra mezcladas a mano. En el suroeste de Estados Unidos suele asociarse con lo antiguo, lo vernáculo, incluso lo folclórico. Para Esparza, en cambio, es profundamente contemporáneo. Creció visitando el pueblo de sus padres en Durango, donde las casas siguen construyéndose con ese material. “Para mí nunca fue algo del pasado. Siempre fue presente”, recuerda.

Pero el adobe es también biografía. Tras salir del clóset, su relación con su padre atravesó un periodo de distancia. Fue a través del trabajo manual con la tierra que encontraron una forma distinta de coexistir. “Yo imaginaba grandes conversaciones significativas”, dice. “Pero lo único que hablábamos era de cómo mezclar la tierra, cuánta arcilla debía tener, qué fibra usar. Y aun así, fue la primera vez que pudimos compartir un espacio pacífico, simplemente con las manos en la tierra”.

Ese gesto —trabajar sin necesidad de verbalizar— se convirtió en método. En juntxs, las figuras no sólo ocupan el espacio: lo sostienen. Se vuelven arquitectura afectiva cuando la reunión es amenazada por la vigilancia, la migración forzada o la violencia estructural. En el contexto actual de Estados Unidos, donde agencias migratorias continúan separando familias, la intimidad misma se convierte en territorio vulnerable. “Somos todo lo que tenemos”, afirma Esparza. “Cuidar y mantener esas relaciones íntimas es algo muy importante ahora”.

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Los retratos que integran la muestra operan como actos de reparación simbólica. En una de las obras, el artista reúne a su abuela fallecida con una tía que migró a Los Ángeles en los años ochenta y no pudo regresar para despedirse. “Visualmente fue imposible, pero quería crear esa unión que no pudo suceder en vida”.

La pintura extiende la temporalidad de la imagen; el adobe, en cambio, introduce fragilidad. Porque el adobe respira. Se expande con la humedad, se agrieta, puede germinar. “Es lo contrario de lo que quiero para los retratos, que es preservar la imagen”, señala. Allí aparece la tensión central de la exposición: ¿cómo sostener algo que por naturaleza cambia? ¿Cómo cuidar simultáneamente la memoria y la materia?

La muestra marca también un momento de expansión formal. Por primera vez en México, Esparza presenta esculturas figurativas hechas de adobe. “Lo había pensado muchas veces y sentí que ya estaba listo”, comenta. El paso no es menor: implica dialogar con una temporalidad geológica que excede la humana. La tierra contiene memorias invisibles, historias que no le pertenecen del todo al artista, y que exigen respeto antes de ser intervenidas.

Nacido en Los Ángeles en 1981, Esparza ha desarrollado una práctica que cruza identidad, territorio y comunidad. Ha presentado exposiciones individuales en Artists Space en Nueva York y MASS MoCA, y ha participado en colectivas en el Whitney Museum of American Art y el San Francisco Museum of Modern Art, entre otras instituciones. Sin embargo, en juntxs la escala institucional cede ante una experiencia más íntima y sensorial.

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En las salas, los cuerpos parecen emerger de la tierra, como si la arquitectura misma estuviera hecha de memoria. Lo doméstico, lo queer y lo clandestino se funden en paisajes afectivos que operan fuera de la lógica de la visibilidad institucional. Aquí, el cuidado no es metáfora ni gesto decorativo: es estructura.

A casi un mes de su apertura, juntxs se revela como una síntesis madura de años de trabajo, pero también como una declaración hacia el futuro. Esparza quiere seguir colaborando, expandiendo estas comunidades de creación, pero reconoce la necesidad de algo más. “También quiero aprender a cuidarme”, dice. “Para poder sostener esta práctica que requiere tanto trabajo, no solo en el estudio, sino en el mundo”.

En tiempos donde las fronteras se endurecen y la vigilancia redefine lo íntimo, juntxs propone otra arquitectura posible: una hecha de tierra viva, de cuerpos que sostienen espacio y de la convicción de que el cuidado, cuando se construye colectivamente, puede convertirse en forma de resistencia duradera.


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