Foto por Peter Lindbergh

Carolina Chávez

Hay imágenes tempranas que constituyen una visión global del mundo. Apariciones que llegan antes del lenguaje y se quedan. Para mí, Pina fue eso. Una compañía afectiva en momentos en los que pensaba que la sensibilidad era un defecto de carácter. Café Müller marcó mi vida sin ser ni pretender ser bailarina. La vigencia de Pina no es negociable.

Nacida en Solingen en 1940, formada en la Folkwang Hochschule bajo la guía de Kurt Jooss y más tarde en la Juilliard School de Nueva York, Pina Bausch construyó una gramática propia desde la experiencia. Al asumir la dirección del Tanztheater Wuppertal en 1973, desplazó el centro de la danza hacia la emoción, la memoria y la vida cotidiana. Su escena alojó cuerpos que hablan, tiemblan, repiten, se cansan. Cuerpos que existen.

El Tanztheater fue un método. Pina preguntaba a sus intérpretes por sus miedos, deseos, recuerdos. Esas respuestas se convertían en material coreográfico. El escenario se pobló de sillas, tierra, agua, flores. Espacios que exigen una presencia total.

The Rite of Spring (1975), Pina Bausch.

La danza dejó de buscar perfección formal y empezó a producir verdad sensible.

Obras como Café Müller, Kontakthof o Vollmond sostienen una potencia intacta porque trabajan con lo que no caduca. El amor, la pérdida, la repetición del gesto, la violencia sutil, el anhelo. Pina entendió que el movimiento nace del interior y que la escena puede sostener fragilidad sin convertirla en espectáculo.

Bausch revolucionó la danza al fusionarla con elementos teatrales, explorando las emociones humanas, las relaciones y utilizando movimientos cotidianos. Ella, en Café Müller.
Escena de Pina (2011), dirigida por Wim Wenders

Su influencia se extiende más allá de la danza. Cineastas, artistas visuales y músicos han reconocido en su trabajo una ética del mirar. Wim Wenders dedicó Pina en 2011 como un gesto de traducción afectiva al cine. Desde entonces, su legado se cuida, se reinterpreta y se expande mediante la Fundación Pina Bausch y el trabajo continuo de la compañía en Wuppertal.

Hablar hoy de Pina implica hablar de un permiso. El permiso de sentir, de habitar la incomodidad, de sostener la duda. En un mundo que exige velocidad y dureza, su obra insiste en la atención. En quedarse. En escuchar el cuerpo.


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