
Carolina Chávez
Peggy Guggenheim solía describirse a sí misma con una palabra que en su boca adquiría otro peso, adicta. La expresión no respondía a una ironía ligera ni al entusiasmo de quien compra objetos por impulso. En su caso nombraba una relación intensa con el arte, una necesidad vital de permanecer cerca de aquello que le provocaba asombro y pensamiento.
Esa relación quedó registrada en Confessions of an Art Addict, el libro en el que narra cómo fue construyendo una de las colecciones más influyentes del siglo XX. Guggenheim desarrolló una intuición poco común para reconocer el talento cuando todavía no encontraba consenso ni mercado. Apostó por artistas que trabajaban en los márgenes del gusto dominante y acompañó sus trayectorias con una mezcla de curiosidad intelectual y determinación.
Durante los años en que el régimen nazi calificó al arte moderno como “arte degenerado” , su mirada se dirigía justamente hacia esas corrientes perseguidas. Surrealismo, abstracción y vanguardia encontraron en ella una defensora decidida. La coleccionista adquiría obras, las protegía y contribuía a que circularan en un momento de fuerte hostilidad política hacia las expresiones experimentales.


Nacida en Nueva York en 1898, Peggy Guggenheim pertenecía a una de las familias industriales más poderosas de Estados Unidos. Su padre, Benjamin Guggenheim, falleció en el hundimiento del Titanic, hecho que marcó profundamente su vida. La herencia familiar le otorgó independencia económica, aunque el rumbo que dio a esa fortuna dependió siempre de sus propias decisiones.
En 1920 se instaló en París, ciudad que entonces concentraba buena parte de la efervescencia artística internacional. Allí estableció vínculos con escritores y artistas de la vanguardia, un círculo creativo que incluyó figuras como Djuna Barnes, Leonora Carrington y Dorothea Tanning, además de nombres clave del arte moderno como Marcel Duchamp, Max Ernst, Yves Tanguy y Jackson Pollock.

Su actividad como galerista comenzó formalmente en 1938 con la apertura de una galería de arte moderno en Londres. Pocos años después, en 1942, inauguró en Nueva York el espacio Art of This Century, una galería que se convirtió en punto de encuentro para artistas emergentes y en plataforma decisiva para el desarrollo del expresionismo abstracto. Allí impulsó de manera significativa la carrera de Jackson Pollock y apoyó a creadores como Hans Hofmann.
Su vida personal se entrelazó con ese mismo mundo artístico. Entre 1941 y 1946 estuvo casada con el pintor surrealista Max Ernst, relación que reforzó su cercanía con los círculos creativos europeos y estadounidenses.
A finales de la década de 1940 regresó definitivamente a Europa. En Venecia adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, un palacio inacabado del siglo XVIII ubicado sobre el Gran Canal. Desde 1949 abrió sus puertas al público para mostrar la colección que había reunido a lo largo de tres décadas. Ese espacio se convirtió en uno de los centros más activos para el arte moderno en Europa.
Guggenheim también cultivó una estética personal que acompañaba su carácter independiente, y cómo no si ella misma encarnaba una obra. En Venecia solía aparecer con gafas escultóricas diseñadas por artistas, aretes distintos en cada oreja, capas y telas de estampados audaces. Su estilo reflejaba una personalidad que encontraba en el arte una forma cotidiana de expresión.
En 1969 decidió integrar su colección a la Solomon R. Guggenheim Foundation, fundada por su tío Solomon Guggenheim, consolidando así uno de los acervos más relevantes del arte moderno.
Peggy Guggenheim falleció en Padua en 1979. Su legado permanece asociado a una convicción firme, la idea de que el arte requiere miradas capaces de reconocer la potencia de lo desconocido y de sostenerlo incluso cuando el mundo todavía no sabe cómo nombrarlo.