
Carolina Chávez Rodríguez
Es difícil hablar de Michèle Lamy sin asumir desde el inicio que cualquier intento de orden narrativo será apenas un gesto. Lamy no es lineal, ni transparente, ni complaciente. Su vida cruza oficios y épocas sin obedecer la lógica de la trayectoria profesional. Nació en Oyonnax, al este de Francia, estudió Derecho, fue abogada penalista, bailarina de cabaret, restaurantera en Los Ángeles, diseñadora de ropa, productora musical, artesana del metal, curadora de objetos imposibles y finalmente, pieza central del universo Rick Owens. En cada desplazamiento hay rupturas, invenciones, y la insistencia en escapar de toda categoría fija.
Lamy opera menos como persona que como sistema estético. Ella misma lo ha sugerido sin demasiado énfasis; su presencia es un símbolo. Ahí empieza su mito. Dientes de oro, tatuajes ennegrecidos en los dedos, manos teñidas de henna, un vestuario que oscila entre lo monacal y lo tribal, capas negras, anillos que parecen reliquias. Nada reivindica explícitamente la brujería, pero todo la evoca. Su apariencia es un dispositivo narrativo que juega con la ambigüedad, la sombra y lo esotérico sin necesidad de creer en ello.
No es convicción mística, sino estrategia cultural: una manera de habitar la moda como territorio de significación. Lamy convirtió el rumor en lenguaje, el símbolo en postura. Con ella, lo que podría ser una excentricidad se vuelve método. ¡Uf!
Su figura es también inseparable de Rick Owens. No como musa dócil, sino como fuerza creativa lateral. Ha impulsado proyectos, gestionado espacios, colaborado con artistas y diseñado muebles y joyería bajo una estética que desobedece cualquier tendencia. En su taller —una mezcla de templo, herrería y laboratorio— el metal se funde, se dobla, se quema, se transforma. Hay algo profundamente ritual en su forma de trabajar, un gesto antiguo reencontrado dentro del diseño contemporáneo.

En años recientes, su proyecto Limbo confirmó que su producción no es solo visual, sino emocional. Una meditación sobre autonomía, vulnerabilidad y poder, que entiende el arte como un espacio donde el cuerpo femenino no se explica: se afirma. Lamy siempre ha preferido insinuar antes que declarar. Invocar antes que describir. Sus obras funcionan como presencias que no buscan acomodarse en un sistema, sino tensarlo.

Quizá por eso, durante décadas se le ha señalado de hechicera, de practicar rituales ocultistas, de operar con una suerte de magnetismo oscuro. Ella nunca lo desmiente. No porque sea cierto, sino porque desmentirlo sería banal. El misterio es parte del material con el que trabaja. Y si algo ha demostrado es que un símbolo solo funciona cuando no se explica.
Lo que sostiene su figura no es la bruma que la rodea, sino su talento para construir una estética que no obedece a nadie. No hay complacencia en Lamy. Tampoco impostación. Solo la certeza de que el mundo de la moda —tan obsesionado con la transparencia, la novedad y la velocidad— necesita, a veces, una grieta. Un espacio donde lo inexplicable recupere su poder.