
Kira Alvarez
En lugar de responder al autoritarismo con solemnidad, Marcel Dzama apuesta por el juego, el humor y la fantasía como formas de confrontación. I Am The Sun, I Am The New Year, abierta desde el 3 de febrero y hasta el 11 de abril de 2026 en OMR, despliega una constelación de dibujos, esculturas, vitrales, filmes y un tablero de ajedrez que funciona como declaración estética y política.
El título de la muestra condensa su impulso emocional. “El año pasado estaba muy deprimido”, admite Dzama. “Quería tener esa sensación de una revolución alegre”. El sol y el Año Nuevo funcionan como metáforas de renovación, pero no desde la ingenuidad, sino desde la necesidad. En un contexto político que percibe regresivo, el artista decide producir imágenes donde la rebeldía no anule la esperanza.

Del mismo modo las referencias no son arbitrarias. Dzama invoca el espíritu del dadaísmo como respuesta histórica al absurdo de la Primera Guerra Mundial. “Había algo en ese humor, en ese uso del sinsentido, que habla directamente de este momento”, explica. “Siento que en Estados Unidos estamos viviendo otro tipo de absurdo colectivo”. Lejos de la nostalgia, el dadaísmo aparece aquí como herramienta vigente: un modo de desarticular discursos rígidos mediante la ironía, la teatralidad y la ruptura de lógica.
La figura de Marcel Duchamp introduce el ajedrez como metáfora estructural. Duchamp abandonó la producción artística durante años para dedicarse obsesivamente al juego; su relación con la escultora Maria Martins detonó después una nueva etapa creativa, materializada en Étant donnés. Dzama retoma esa tensión entre deseo, silencio y regreso, y construye un tablero inspirado en personajes de sus propios filmes. El ajedrez no funciona solo como homenaje, sino como sistema simbólico: estrategia, anticipación y movimiento contenido.

La presencia de Federico García Lorca introduce otra dimensión. Asesinado por fuerzas fascistas en 1936, su cuerpo nunca fue recuperado. En uno de los filmes que articulan la exposición, Lorca reaparece transformado en luna. “Su cuerpo nunca fue encontrado, así que en mi película renace como la luna”, dice Dzama. El gesto es poético, pero también político: ante el borramiento histórico, la ficción se convierte en acto de restitución.
La exposición se organiza como una serie de escenarios interconectados: pista de baile, océano, superficie lunar. Cada uno habilita una lectura distinta del presente. El entorno submarino surge de una sensación contemporánea: “Era como sentir que toda la información te sobrepasa, que estás sumergido”, comenta el artista. Sin embargo, incluso en esa saturación, introduce peces y criaturas marinas como signos de persistencia natural. La naturaleza aparece como contrapunto al control autoritario. “Lo que no es natural siempre termina por romperse”, afirma.
La danza atraviesa la exposición como estructura formal y conceptual. Desde sus años en Winnipeg hasta su consolidación en Nueva York, Dzama ha utilizado el ballet para ordenar la proliferación de personajes en sus dibujos. “Cuando me mudé a Nueva York, mis obras se llenaron de cientos de figuras. Para darles estructura, empecé a colocarlas en poses de ballet”. Lo que comenzó como solución compositiva devino lenguaje propio. El cuerpo, en esta muestra, es simultáneamente celebración y vulnerabilidad: un territorio donde se negocian poder y libertad.

Esta etapa marca también un giro cromático. Tras un periodo más austero y cínico, Dzama reconoce una transformación personal. Un viaje a Marruecos y estancias frecuentes en Guadalajara reactivaron su relación con el color y la naturaleza. “Antes era más cínico”, explica. “Ahora siento que necesito un mensaje más esperanzador”. El cambio no suaviza su postura crítica; la desplaza hacia una energía más luminosa.
La coincidencia con la exhibición de Leonora Carrington en el mismo espacio intensifica ese diálogo surrealista. Dzama celebra la afinidad: máscaras, estudios escénicos y criaturas fantásticas parecen compartir un mismo pulso imaginativo. La magia no es evasión; es estrategia simbólica frente a sistemas que buscan imponer uniformidad. En I Am The Sun, I Am The New Year, la fantasía no niega la violencia del presente. La confronta mediante coreografía, ironía y exceso visual. Frente a discursos autoritarios que promueven rigidez, Dzama propone movimiento. Frente al miedo, propone luz. Y lo hace sin solemnidad, pero con convicción.