
Carolina Chávez
México no fue un refugio circunstancial para Luis Buñuel, más bien se trata de un territorio de trabajo arduo, una estructura viva que le permitió observar de cerca las tensiones sociales, los rituales cotidianos y las violencias normalizadas que atraviesan la vida colectiva. Llegó en 1946, en un contexto de industria cinematográfica activa, con estudios consolidados y una demanda constante de producción. Permaneció casi dos décadas y dirigió aquí veinte películas.
Durante esos años, Buñuel desarrolló una relación directa con un país marcado por la desigualdad, la religiosidad, el clasismo y la persistencia de lo simbólico en lo cotidiano. Su cine mexicano no se limita a registrar escenarios o costumbres. Se adentra en estructuras profundas de poder, deseo y culpa. Los barrios, los internados, las calles polvorientas y las casas familiares aparecen como espacios donde el orden social se reproduce con precisión implacable.

Los olvidados se estrenó en 1950 y provocó rechazo inmediato. La película fue acusada de “difamar” a México al mostrar la violencia infantil y la pobreza urbana sin concesiones. Ese mismo año ganó el premio a Mejor Director en Cannes. El contraste reveló una fisura clara entre la imagen oficial del país y la experiencia vivida de millones de personas. Buñuel no ofreció consuelo ni épica. Filmó cuerpos cansados, infancias rotas y una ciudad que no prometía redención.
“Las grandes ciudades modernas, Nueva York, París, Londres, esconden tras de sus magníficos edificios hogares de miseria que albergan niños mal nutridos, sin higiene, sin escuela, semilleros de futuros delincuentes. La sociedad trata de corregir ese mal, pero el éxito de sus esfuerzos es muy limitado. Sólo en un futuro próximo podrán ser reivindicados los derechos del niño y del adolescente para que sean útiles a la sociedad. México, la gran ciudad moderna, no es la excepción a esta regla universal, y por eso esta película, basada en hechos de la vida real, no es optimista y deja la solución del problema a las fuerzas progresistas de la sociedad”. Introducción de voz en off, por Ernesto Alonso. Los olvidados, 1950.
En los años siguientes, su filmografía mexicana profundizó en temas que ya estaban presentes en su obra europea, aunque ahora atravesados por una realidad concreta. Él examinó los celos patológicos y la masculinidad autoritaria. Nazarín abordó la caridad cristiana enfrentada a la miseria estructural. El ángel exterminador situó a la élite mexicana en un encierro absurdo, donde el protocolo social se descompone sin necesidad de una catástrofe externa. Simón del desierto redujo la fe a un ejercicio de aislamiento y orgullo.

Buñuel trabajó con actores, técnicos y productores mexicanos, integrándose a un sistema industrial que le ofrecía ritmo y continuidad. Esa regularidad permitió que su mirada se afilara. Filmó con rapidez, con presupuestos ajustados y con una libertad que surgía de la observación constante. México no aparece como decorado ni como alegoría abstracta. Aparece como estructura viva, con reglas precisas y contradicciones persistentes.
El vínculo con el país fue también personal. Aquí encontró amistades, hábitos y una forma de trabajo que sostuvo hasta su salida definitiva a Europa en 1965. México le ofreció un espacio donde el surrealismo dejó de ser provocación explícita para integrarse a la vida diaria. Los sueños, la fe, la violencia y el deseo conviven sin explicación, como ocurre en la experiencia real. Hoy, hablar de Buñuel en México implica reconocer que una parte central del cine moderno se pensó desde aquí. Sus películas no explican al país, en su lugar, lo exponen. Lo observan con una atención que incomoda y permanece.