
Andrew Russeth
Retrato por Emiliano Granado
I. «BUNCH #2» (1995)
UNA TARDE DE este pasado septiembre, el artista B. Wurtz, de 77 años, estaba de pie, descalzo, en el sótano de su casa adosada de casi 200 años de antigüedad en el Lower East Side de Nueva York donde vive con su esposa, Ann Bobco, de 71 años, quien es diseñadora gráfica. El espacio estaba ordenado pero abarrotado, lleno de cajas de cartón que albergaban sus obras, ensambladas a partir de objetos producidos en masa, de los que suelen terminar en la basura, acumulados en cajones desordenados o en contenedores de reciclaje: botones, tornillos, bloques de madera, pinzas de ropa, agujetas. Allí también guardaba parte de sus materiales en bruto, entre ellos una gran cantidad de envases vacíos de yogur (Stonyfield, Trader Joe’s European Style) apilados en forma de torre.
“Esto no es nada comparado con lo que uso”, dice Wurtz. “Como yogur todos los días”. Una vez colgó los envases en un tendedero para crear un móvil que se mecía en el aire, como un Alexander Calder de supermercado.
Wurtz estaba a punto de inaugurar su 58ª exposición individual, en la Garth Greenan Gallery de Chelsea. Lleva cuatro décadas exponiendo con regularidad en Manhattan, pero sigue siendo una figura de culto. Alto, delgado y calvo, come bien, nada y no ha tomado alcohol desde la universidad, cuando una sangría le hizo darse cuenta de que “era una forma de intentar escapar de mí mismo, y no me pareció buena idea”. Nunca ha tenido asistente. Durante la mayor parte de su carrera ha tenido trabajos paralelos —jardinero, guardia de seguridad, limpiador de diapositivas de 35 mm, encargado del montaje de presentaciones audiovisuales para reuniones corporativas y maquetista para diversas publicaciones—. Cuando no está haciendo arte, pasa gran parte del tiempo recorriendo la ciudad en bicicleta para ver exposiciones de arte.
Desde principios del siglo pasado, muchos artistas han recurrido a objetos cotidianos. En 1912, Pablo Picasso incluyó un pedazo de lona estampada que imitaba la rejilla de una silla en un bodegón; poco después, Marcel Duchamp fijó una rueda de bicicleta sobre un taburete. Los readymades de Duchamp, dijo una vez, eran “elevados a la dignidad de una obra de arte por el acto de elección del artista”. Más tarde, Robert Rauschenberg incorporó papel de periódico, hierba seca, focos y almohadas a sus Combines, y David Hammons hizo esculturas con botellas de licor vacías y huesos de alitas de pollo frito.
Wurtz ha continuado esta tradición, utilizando objetos banales para evocar una grandeza inesperada. Un ejemplo es Bunch #2 (1995), un árbol de casi dos metros y medio de altura cuyo tronco es la base de una mesa de una tienda de muebles para restaurantes. En lugar de follaje, sus ramas sostienen 41 bolsas de plástico de lugares como Gourmet Garage y Duane Reade. Wurtz las utilizó, según dijo, porque eran “la cosa más ordinaria y pasada por alto que se me podía ocurrir”. En Bunch #2, estos desechos adquieren una belleza obstinada e improbable: Observa lo que tiramos y piensa en lo que podría haber sido.
II. ‘THREE IMPORTANT THINGS’ (1973)

Junto a la computadora en la oficina de Wurtz, en el piso superior de su casa, hay una impresión de uno de sus primeros dibujos: una lista escrita con letra de niño en 1973. Tenía 25 años, vivía en Santa Bárbara, California, y luchaba por construir una carrera después de haber estudiado arte en la Universidad de California, en Berkeley. En aquel momento, el arte conceptual estaba en auge, y algunos artistas escribían instrucciones para obras que nunca llegarían a realizar. “La obra no necesita ser construida”, declaraba Lawrence Weiner en 1969 en uno de los muchos textos al estilo manifiesto que circulaban entonces. La aportación de Wurtz a esa genealogía es cómicamente escueta. Dice: “Tres cosas importantes 1. Dormir 2. Comer. 3. Mantenerse abrigado”.
En la secundaria, Wurtz hacía arte poniendo en cajas objetos que encontraba; más tarde empezó a construir esculturas a partir de elementos rudimentarios. Handbag (1970), un trabajo que hizo en sus inicios, es una bolsa hecha con láminas de plástico transparente y un alambre doblado como asa. Intuía que ese enfoque reducido a lo esencial tenía potencial —quizá demasiado—. “Pensé: ‘Hay tantos objetos encontrados’”, menciona. “‘Necesito poner algún tipo de regla o esto me va a desbordar”’. Con esa lista, se dio cuenta: “Ya tengo mi tema. Es bastante obvio: se trata de las cosas ordinarias”.
III. ‘UNTITLED (LOCK SERIES #2)’ (2012)

Aunque muchos amigos lo llaman Bill, profesionalmente Wurtz siempre ha firmado como B. “Me gusta mucho que no revele el género de la persona”, comenta. En una reseña de su retrospectiva de 2011 en la ya desaparecida Metro Pictures de Chelsea, la crítica Roberta Smith, admitió para The New York Times que durante años había asumido que se trataba de una mujer. “Para mí, el arte debería tratarse sobre la relación del espectador con la obra”, dice Wurtz. “Y sí, probablemente sientan curiosidad por el artista. Pero si quieren pueden averiguarlo después”.
Nació en 1948 en Pasadena, California, y sus padres lo llamaron William. Su madre era “una ama de casa de los años cincuenta”, menciona. “También tenía muchos problemas emocionales”. Era hermosa, “una mezcla entre Lauren Bacall y Katharine Hepburn, y cantaba muy bien”. Tenía una hermana menor con “una enfermedad mental extrema”, que murió en 2016. Su padre era ingeniero especializado en criogenia, temperaturas ultrabajas —” extremadamente brillante, también psicológicamente complicado”, comenta Wurtz—. “Básicamente estaba ausente. Simplemente me ignoraba”. Pero, añade, “tengo mucho de él, porque siempre estaba haciendo cosas”. La familia vivía en Santa Bárbara y su padre tenía un taller en el garaje. “Me daba pedacitos de madera, y yo me sentaba en el suelo a pegarlos para formar casitas, y les dibujaba puertas y ventanas”.
Algunas de las obras mejor logradas de Wurtz conservan ese aire de niño que juguetea, se entretiene y quizá trata de llamar la atención de sus padres. Entre 1985 y 2012, el artista realizó unas 20 esculturas atornillando sencillos cerrojos con pasador a pedazos de madera y, en algunos casos, añadiendo topes de puerta como patas. Las dos partes del cerrojo siempre están separadas y, aunque Wurtz suele hablar de su arte en términos principalmente estéticos, menciona que estos cerrojos hablan “de la frustración o la tristeza”, porque “nunca se encontrarán”.
IV. ‘UNTITLED (ROMAINE)’ (2025)

“En un momento dado me di cuenta de que, con el tipo de arte que hacía, no podía quedarme en Santa Bárbara”, comenta Wurtz. Necesitaba ir a una gran ciudad o a estudiar un posgrado, así que eligió el California Institute of the Arts, un semillero de la vanguardia en Valencia, en parte porque allí enseñaba el conceptualista John Baldessari. A principios de los 70, Baldessari había hecho una obra con dos fotos: un lápiz con, y uno sin, punta. Debajo escribió: “No estoy seguro, pero creo que esto tiene algo que ver con el arte”. A Wurtz le encantó aquella pieza, que encajaba con su visión de un arte que surge de lo cotidiano.
En CalArts conoció a Bobco y, al terminar los estudios, se mudaron a Los Ángeles y luego, en 1985, a Nueva York, donde Wurtz encontró su voz como artista. Había una abundancia de cosas ordinarias de las cuales sentirse inspirado, y la ciudad sigue influyéndolo hasta hoy. Tras el éxito de la muestra en Metro Pictures en 2011, realizó una residencia en Dieu Donné, una organización sin fines de lucro neoyorquina dedicada al arte con papel hecho a mano, donde creó obras en papel que imitaban bolsas de plástico de las que te dan en la tienda.
La exposición en Garth Greenan, que se exhibió hasta el diciembre pasado, incluyó una colagrafía, un tipo de grabado que Wurtz aprendió recientemente de otro miembro de Dieu Donné, institución de cuya junta forma parte. El proceso consiste en disponer materiales sobre una plancha, pasarla por la prensa, entintarla y volver a prensarla para transferir la imagen al papel. La serie incluye impresiones de bolsas de malla para frutas y verduras, tapas de envases de yogur y clips para cerrar el pan. En algún lugar de cada obra aparece el anuncio de un producto —melón, apio, calabaza— recortado de un folleto de supermercado. “Me gusta que podría ser de los años cincuenta”, comenta, “y aun así se vería igual”.
V. ‘UNTITLED (PAN PAINTING)’ (2022)

A veces Wurtz también recoge bandejas desechables de aluminio para el horno cuando va al mercado, y luego rellena sus relieves con distintos tonos de pintura, como si coloreara abstracciones geométricas prefabricadas de la posguerra. Cada vez que los fabricantes modifican sus diseños, siente el impulso de hacer nuevas pinturas. Desde 1990, ha realizado cientos de Pan Paintings.

Por sí solas, estas bandejas son lo contrario de objetos de colección: endebles, pensadas para no reutilizarse. Las bandejas pintadas, dice, “me hicieron pensar en flores. Una flor es algo muy estable. Pero también puede ser aplastada”. Cuando se muestran juntas, resultan espléndidas, aunque también pueden ser ligeramente desconcertantes: se convierten en otra cosa. Como todas las obras de Wurtz, desplazan la perspectiva sobre la propia naturaleza de los objetos: para qué sirven, cuánto tiempo están destinados a durar y cuáles tienen derecho a ser bellos.
